Misionero del PIME: la Sagrada Familia, símbolo y esperanza de las personas heridas
de Luca Bolelli

La carta de Navidad del padre Luca Bolelli, quien está en Camboya hace 9 años. La historia de la Pet, madre de dos hijos, que huyó de un marido alcohólico. La acogida de Bora y Rose, otra familia “especial”, como la extraña pareja de María y José, que Dios eligió para venir al mundo. 


Kdol Leu (AsiaNews) – Queridísimos amigos:

La Navidad está a la puerta, y les escribo la acostumbrada carta. Es una relato que espero logre comunicarles algo del aire saludable que se respira en este rincón de Mekong. Quiere ser un signo de gratitud por toda vuestra ayuda.

Como es costumbre, somos sólo cuatro gatos. La abuela Niang, que llega inmediatamente después de tocar la campana, para preparar el altar. Luego está la Sokha, que hace de lectora y guía los cantos. A veces viene también el Phan, el marido de Sokha, y entonces ella puede tener un respiro y le delega la lectura. Ciertamente no son las multitudes oceánicas de las misas con el Papa, pero a nosotros nos basta la palabra de Jesús, que prometió estar presente toda vez que dos o tres se reúnan en su nombre. Y hasta ahora, ¡siempre hemos alcanzado el quórum!  

En algunos días, el número de presentes llega incluso a duplicarse. Dos veces por semana, de la ciudad vienen a hacernos compañía Katherine y Jonathan, una pareja de misioneros chinos de Hong Kong, que desde hace un par de meses están atendiendo nuestro asilo. Y desde la semana pasada también está Brieuc, un joven voluntario francés que vino a enseñar… inglés.

Pero, cada tanto, se registran algunas presencias que son realmente especiales, como pasó el jueves pasado.

En la primera fila, con sus dos niños pequeños agazapados a su lado, estaba Pet. Era la primera vez en su vida que ponía un pie en una iglesia. Camboya es un país budista, y al caminar son muy pocas las iglesias que se ven, mucho menos en esta localidad, donde nuestra iglesia es la única que existe. Además, en torno a los cristianos se rumorean leyendas un poco extravagantes, una de las más cómicas es que en los funerales, no sólo no podemos llorar, ¡sino que incluso hasta bailamos y festejamos! Estos prejuicios ciertamente no hacen que las personas simples, como Pet, tengan ganas de entrar en una iglesia cristiana. ¿Y entonces? ¿Cómo es que llegó ella?

Me la encontré por casualidad un martes por la tarde en el hospital, cuando iba a visitar a una abuela de nuestro pueblo. Pero no fue Pet quien se me acercó, sino una señora que, al escuchar que yo era cristiano, me pidió que ayudara a una mujer necesitada, que había escapado de su marido. Luego de explicarme lo mejor que pudo su historia, comprendí que la situación era seria, incluso porque el marido, la noche anterior, había sido capaz de venir a perseguirla hasta el hospital y la había golpeado frente a todos. Era un borracho empedernido que llevaba ya muchos años siéndolo. La tía Pet, con sus dos niños, se refugió allí pensando que estaría segura, y en cambio…  

Entonces nos organizamos y a la mañana siguiente, Sokha fue a buscarla enseguida para traerla con sus niños adonde estamos nosotros, en Kdol Leu. Actuó justo a tiempo, porque pocos minutos después llegó el marido en busca de ella.

En el asiento de una moto-taxi, Pet, la pequeña Srey-Pech y su hermanito Vin llegaron a Kdol Leu, donde finalmente pudieron respirar aliviados. A los dos niños les costó muy poco hacerse amigos de los pequeños de la parroquia. Cuando volví, por la tarde, los encontré en las mecedoras del asilo jugando alegremente juntos, como si se conocieran desde hace años.

Por cierto que no esperaba encontrármelos a los tres en la misa, al día siguiente. Es más, había sido muy claro en el hospital, cuando uno de los presentes, tal vez queriendo agradarme, había incitado a Pet a volverse cristiana. “Ve con él, luego entras a formar parte de su religión, así él te ayuda”. “Nosotros ayudamos a todos, quédese tranquila –expliqué- no hay necesidad de volverse cristiana para esto”. Sabía que mis palabras no habrían calado muy hondo, teniendo en cuenta la cantidad de prejuicios históricos que circulan en Camboya en torno a los cristianos.  En todo caso, habrá sido el miedo a no ser ayudada,  o una simple curiosidad, o quién sabe qué otra razón; el hecho es que Pet estaba allí, al lado de Sokha, ante el altar.  

Durante la celebración, me pregunté varias veces qué estaría pasando por su mente, sobre todo mientras observaba a este feo extranjero barbudo (es decir, el que suscribe), disfrazado de un modo extraño, gesticulando y hablando de cosas tanto o más extrañas.  No ocultó cierto disgusto en el momento de la homilía, mientras yo trataba de comentar la lectura del profeta Isaías. El texto en sí era bellísimo, una verdadera y auténtica declaración de amor de Dios para con su pueblo de Israel. El disgusto surgía del hecho de que Dios fuera comparado con un marido, fiel, que ama a una mujer, infiel. Exactamente lo contrario de la experiencia de Pet. Entonces me dediqué a explicar el significado de esa imagen pero habrá sido por el horario (a las seis de la mañana, la mitad de mi vocabulario camboyano aún seguía roncando en la cama), o por la mirada de Pet, que para ser sincero no era demasiado atenta que digamos, que poco después preferí desistir de ello.  

Y mientras seguía pensando en estas cosas, mi mirada se posó en las demás personas presentes. Cada uno de ellos, con una experiencia conyugal igual de particular.

Sokha y su marido Phan se casaron en virtud de un matrimonio que fue acordado cuando ella era muy jovencita. La abuela So, separada del marido desde tiempos inmemoriales, con cuatro nietitos en casa. La abuela Niang, viuda desde la época de los Jemeres rojos (hace 40 años), también ella con cuatro nietitos a cargo. Katherine y Jonathan, casados desde hace 20 años, sin hijos. Y por último, el joven Brieuc, único célibe, obviamente junto al que suscribe y a los monaguillos.

Pero he aquí que hay otra familia, igual de extraña en sus circunstancias familiares, que vino a mi mente: la de Nazaret. María, una joven virgen, con un niño, digamos, un poco especial, Jesús. José, un humilde carpintero, llamado a hacerse cargo de ese niño, que no es suyo. Y si prosiguiéramos, la lista de anomalías podría llegar a ser larga. Y sin embargo, esta es la familia que el Señor ha elegido para sí, y como reflejo, se ha convertido en un modelo para todas las demás. Pero si, por un lado, me resulta fácil constatarlo para Sokha y Phan, que de este modelo han recibido mucha fuerza en el fatigoso camino de construir una familia que fuera acordada por otros (hasta llegar a decirse el uno al otro: “Lo odiaba, pero ahora lo amo”), me es más difícil comprenderlo para la abuela So, que se separó del marido hace ya años, o para Pet, ¡que incluso hasta está huyendo del marido! ¿Qué les dice a ellos la familia de Nazaret?

María y José han vivido en una disponibilidad para cambiar sus planes, para marchar por caminos nuevos, no previstos, y para hacerlo por una elección de amor recíproco y por amor a Dios. Lo hicieron sin el rencor y la tristeza que uno tiene cuando siente que ha sido expropiado de sus sueños, sobre todo de aquellos que considera más sinceros y legítimos. Todo eso no fue indoloro en absoluto.

La abuela So entiende bien estas cosas, porque su corazón también ha sangrado, y sigue haciéndolo, al estar a cargo de sus pequeños nietos. Y creo que la tía Pet también podrá entenderlo. Ella, que huye de la violencia del marido, de hecho, está caminando junto a José, a María y el pequeño Jesús, quienes a su vez también huyen de la violencia de Herodes. Por cierto, si ella pudiera saberlo, creo que esto cambiaría mucho las cosas, porque todos tenemos experiencia de ello: cuando tienes a tu lado a alguien que te ama y que comparte sus sufrimientos, éstos se vuelven más soportables y dan menos miedo, e incluso más, éstos pueden tornarse una puerta para una vida con una mayor capacidad para amar y por ende, más plena.

Lamentablemente, Pet desde el sábado pasado tuvo que reemprender la huida. En Kdol Leu estamos demasiado cerca del pueblo de su marido. Por lo tanto, se hace necesario buscar un sitio más seguro, y gracias a la disponibilidad de otra familia especial, lo hemos encontrado. Se trata de  Bora y Rose, cuya casa, con el correr de los años, se ha convertido en un centro para personas necesitadas. Pet se quedará allí algunos meses con sus niños, aguardando encontrar un trabajo que esperamos pueda ser definitivo.

Decía que Bora y Rose también son una familia especial. No tienen hijos, pero el jardín de su casa está repleto de niños: una de las casitas aloja, de hecho, un asilo, y la otra, una comunidad para huérfanos que son seropositivos. El matrimonio de ellos fue un evento del cual se habló durante meses en el pueblo, y no por lo pomposo, sino por lo original que resulta la esposa: Rose tiene veinte años más que Bora, es de Hong Kong, de donde llegó en calidad de voluntaria. Bora, en cambio, es el segundo hijo de Sokha y Phan.

Por ende, ellos también son una familia “extraordinaria”, como la de Nazaret, y quizás es precisamente por eso que, al fin del camino de ingreso, han colocado una estatua de José y María con Jesús en brazos.

¡Familia de Nazaret, modelo de todas las familias “extraordinarias”… camina con nosotros!”

Una vez más, una agradecimiento de corazón a todos ustedes. El Señor done al mundo y a cada uno de ustedes, mucha paz y serenidad. 

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