El encuentro de Xi Jinping con Donald Trump y los derechos olvidados
de Bernardo Cervellera

Son muchos los temores y expectativas en torno a la cumbre del 6 y 7 de abril. Después de las declaraciones de fuego de los últimos meses, ahora la administración de los EEUU quiere potenciar una colaboración mutua, “sin conflictos, sin contrastes”. La probabilidad del financiamiento chino al proyecto de infraestructuras emprendido por Trump. El pedido de liberar a los disidentes. ¿Será que Trump es diferente a Clinton? 


Roma (AsiaNews) – El 6 y el 7 de abril, los líderes supremos de China y Estados Unidos - Xi Jinping y Donald Trump- se reunirán en Florida, en Mar-a-Lago, en la finca de este último. Dicho encuentro –que recién fue confirmado hace pocos días, el 30 de marzo- es definido por las dos diplomacias como “informal”, amigable, y sin mayores pretensiones. Pero el mismo suscita muchos temores y expectativas en el mundo.

Los temores provienen de las premisas: en los meses de campaña electoral y en sus primeros meses de presidencia, Trump acusó a China de ser una “manipuladora de monedas” para favorecer sus exportaciones; la acusó de ser causante de la pérdida de puestos de trabajo en los EEUU; amenazó con aplicar tasas de hasta un 45% sobre los productos chinos. En los últimos días, se quejó de que Beijing no hacía lo suficiente para contener las pretensiones nucleares de Corea del Norte y amenazó con acciones unilaterales, incluso militares. Llegado un punto, Trump puso en discusión el principio de una sola China, asestando un golpe al nacionalismo absoluto chino, que quiere que la isla rebelde de Taiwán haga su retorno a la madre patria.

Y también es cierto que ha habido señales de distensión: una conversación telefónica entre los dos líderes, la reafirmación del principio de una sola China, las declaraciones de Rex Tillerson, el secretario de Estado de EEUU, acerca del deseo de una relación “sin conflictos, sin contrastes, en un respeto mutuo, de una cooperación recíproca, en la cual ambas partes ganen (win-win)”.

Una solución que sea “win-win” no es algo fácil de hallar. Trump ha prometido poner a “América en primer lugar” y “volver a ser una América grandiosa”, creando millones de nuevos puestos de trabajo en los EEUU; Xi Jinping, en la vigilia del Congreso del Partido (en octubre), donde se planea la continuidad o no de su plana de líderes, quiere mostrar que China es una gran potencia, que está “a la par”, y debe llevar resultados que confirmen su proyecto del “sueño chino”, que es casi como decir “hacer que China sea grandiosa”.

Una guerra comercial basada en golpes arancelarios sería un desastre para toda la región de Asia-Pacifico, al igual que para los dos interlocutores: China, cuyo modelo de desarrollo aún sigue estando basado en las exportaciones, no puede perder el mercado americano; los Estados Unidos no pueden desligarse de los productos “made in China” de un día para otro, con sus precios absolutamente competitivos que –se calcula- hacen que las familias estadounidenses lleguen a ahorrar hasta 850 dólares al año.

En estos días, los analistas están sugiriendo que China podría invertir una parte de los fondos del proyecto “One belt, one road” [una cinturón, una ruta: el relanzamiento de una nueva Ruta de la Seda - ndr] en infraestructuras en los EEUU. Trump ha lanzado un proyecto de obras de infraestructura por cerca de 8 billones, pero necesita encontrar financiamiento para llevarlo adelante. La contribución de China le permitiría crear muchos puestos de trabajo nuevos y daría a Beijing un nuevo espacio en la economía de los EEUU.

Sin embargo, esto no debiera afectar cuestiones más profundas que frenan el comercio entre Beijing y Washington. En Davos, Xi Jinping se mostró como el paladín de la globalización, pero su país continúa poniendo límites y aranceles a las importaciones de bienes del exterior, así como a las reglas para las joint-ventures con empresas extranjeras. Pero es probable que los dos interlocutores también lleguen a un acuerdo sobre este aspecto.

Un elemento que, por el contrario, no parece encontrar un lugar en el diálogo es el de los derechos humanos. Una comisión ejecutiva del Congreso le ha pedido a Trump que utilice esta “oportunidad histórica” que es el encuentro entre los dos líderes, para impulsar la liberación de los disidentes chinos.  

El jefe de la comisión, Marco Rubio, explica en una declaración: “No podemos olvidar a los hombres y mujeres que languidecen en prisión de un modo injusto, a los familiares que no saben cuál ha sido la suerte de sus seres queridos, y a los profesionales que han desaparecido por la sola razón de estar haciendo su trabajo”.  

“Estas personas no son estadísticas –continúa la declaración- sino que son editores y pastores, escritores y Premios Nobel, abogados y defensores de los derechos. A la vez que reconocemos cuán amplios son los objetivos de las relaciones bilaterales de EEUU y China, resulta inaceptable que el presidente Xi reciba una carta blanca en lo que respecta a los derechos humanos”.

Chris Smith, copresidente de la comisión, ha comentado: “Nosotros olvidamos con facilidad que detrás de los déficits comerciales y las preocupaciones en materia de seguridad, hay personas de carne y hueso que pagan un precio altísimo al ser quitadas de en medio por defender la libertad. Por esto, ellos son héroes y su liberación incondicional debiera ser parte de esta reunión cumbre”.  

Para Trump, esta podría ser una buena ocasión para diferenciarse realmente de Hillary Clinton.  En el año 2009, en su primer viaje a China en calidad de secretaria de Estado, a un periodista que le preguntó si mencionaría los derechos humanos, Clinton respondió: “Con los Chinos hablamos de todo, pero nosotros ponemos en primer lugar los intereses [económicos] de los Estados Unidos”. 

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