Cardenal Parolin en Moscú: Ostpolitik para vencer la desconfianza
de Vladimir Rozanskij

Un tema el encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca Kirill, no en Moscú, sino en algún lugar santo del Oriente cristiano, o en Bari. Una conferencia internacional sobre el futuro de Ucrania y Crimea. El compromiso de los cristianos y la paz en el Medio Oriente.


Moscú (Asia News) - Del 21 al 24 de agosto siguiente, el Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin estará en Moscú con un nutrido programa que fue difundido ayer. Esta es la tercera visita de un "primer ministro" del Papa, después de la del Cardenal Casaroli en 1990 y el cardenal Sodano en 1999. De hecho, muchos altos funcionarios del Vaticano han viajado a Rusia en el pasado, por la consideración extraordinaria que Roma siempre ha tenido el mayor país ortodoxo de Europa del Este.

Las visitas “de Estado” de los cardenales se reanudan después de una larga pausa, debido a los muchos malentendidos entre la Iglesia Católica y Rusia al inició de los años dos mil. En realidad, las relaciones diplomáticas se han restaurado tan solo en 1990, después de casi un siglo, no obstante la frialdad y la desconfianza, y se han reavivado significativamente después de la reunión histórica de Cuba entre el Papa Francisco y el Patriarca Kirill, en febrero el 2016.

En 1990 Casaroli inauguró la nunciatura del Vaticano, en ese entonces en un apartamento de servicio, y ahora situado en la antigua residencia del embajador turco. El gran protagonista de la Ostpolitik del Vaticano instaló en Moscú uno de sus más cercanos colaboradores, el cardenal Francesco Colasuonno, ex nuncio en todos los países del Este y Polonia, y finalmente nuncio en Italia.

Colasuonno permaneció en la capital rusos desde 1990 a 1994, restablecimiento en poco tiempo las estructuras de la Iglesia católica en Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán. Su sucesor, el nuncio John Bukowski, que es un miembro del histórico "equipo especial" de Casaroli, duplicó la sede episcopal rusa llevándola a cuatro (Moscú, Saratov, Novosibirsk e Irkutsk) y uniéndola a la Conferencia Episcopal católica rusa, presidida actualmente por el obispo alemán de Saratov, Mons. Klemens Pickel. Al final del mandato de Bukowski, en 1999, el cardenal Sodano podía contemplar el éxito de la reconstrucción de las estructuras católicas, abriendo de nuevo la majestuosa catedral de la Inmaculada Concepción en el centro de Moscú, donde también se encuentra la curia actualmente dirigida por el arzobispo italiano Mons. Paolo Pezzi. Era el sello del vertiginosos "renacimiento religioso" de los años 90, de los cuales la catedral fue uno de los símbolos más llamativos: transformada en una fábrica y oficinas, con un centro de la escuela de ateísmo en las bóvedas, fue reconquistada laboriosamente por los católicos de Moscú, en su mayoría polacos. En 1995, dirigidos por el prelado italiano Mons. Bernardo Antonini, seminaristas y fieles pudieron romper las barreras y recuperar todo el edificio, después de años de vigilias de oración en frente de la entrada, incluso a 20 ° por debajo de cero. Donde fue enseñado el ateísmo militante, se llevaron a cabo durante un período clases de teología para laicos.

La visita de Sodano marcó la distancia máxima entre católicos y ortodoxos, que veía en los éxitos del primero una forma de "proselitismo" invasivo. Ya en 1997, el Parlamento aprobó una nueva ley sobre la libertad religiosa, que estableció límites a todas las denominaciones exaltando como la "Iglesia del Estado” a la ortodoxa". Yeltsin, entonces en pleno declive, no tenía la fuerza para resistir, y dio paso a la nueva política nacionalista y sectaria de Putin, que se convirtió en su primer ministro en 1999, y un año más tarde en presidente. En ese contexto, la visita de un lado Sodano se llevó a cabo por un lado en un clima eufórico por el nuevo orgullo de los católicos, y por el otro en una atmósfera bastante embarazosa, por la desconfianza ortodoxa. En aquellos años de parte del Vaticano se estaba tratando por todos los medios de organizar la visita del Papa Juan Pablo II a Rusia, a la cual en un principio Yeltsin había dado con entusiasmo su consentimiento, pero la oposición del Patriarcado hizo vanos todos los intentos.

Poco después, en enero del 2000, se designó un nuevo nuncio apostólico, Mons. Giorgio Zur, presidente de la Academia diplomática vaticana. Su decisión, en el 2002, de elevar las administraciones apostólicas católicas al rango de diócesis, fue la gota que colmó el vaso: la Iglesia ortodoxa la tomó como una ofensa grave, y la demostración clara de las intenciones del proselitismo del Vaticano en Rusia. Desde entonces, las relaciones se mantuvieron congelados. Cuando en el 2004 el cardenal Kasper entregó al patriarca el icono de la Virgen de Kazan, que el Papa había querido entregar personalmente, se tuvo la impresión de que era una especie de retorno de los anillos de los ex-novios.

El nuevo nuncio Antonio Mennini, en el cargo desde 2002 hasta 2010, tuvo que restaurar la línea más prudente de la Ostpolitik, cediendo a los rusos los propios proyectos de los católicos en el país. Esto lentamente ha calmado la situación, sobre todo después de la elección como Patriarca de Moscú en 2009 del metropolitano Kirill (Gundjaev), viejo amigo de los católicos y los jesuitas. La reunión en Cuba fue el sello de la diplomacia de Mennini y de la Secretaria de Estado del Card. Bertone, donde Parolin trabajó durante mucho tiempo como suplente. Decisiva fue la contribución del nuncio mons. Jurkovič, sucesor del Mennini, que había trabajado como secretaria en la nunciatura antes de 1990, y tras el triunfo de Cuba ha sido ascendido a representante de la Santa Sede ante la ONU en Ginebra.

En su viaje a Moscú, para acompañar al cardenal Parolin estará el nuevo nuncio, Mons. Celestino Migliore, uno de los protagonistas más activos de la diplomacia vaticana en la última década. El clima renovado de confianza mutua se ocupará de cuestiones relativas al estado de confianza de los católicos en Rusia, a pesar de que es difícil volver a retomar la idea de una visita papal a Rusia, lo cual no sería muy agradable para el clero y la población local. Más fácil que Parolin convenga con el Patriarca Kirill una invitación para reunirse de nuevo con el Papa en tierra católica, tal vez en Bari cerca de los restos del amado San Nicolás, o incluso en Roma.

El Secretario de Estado se centrará más bien en los principales asuntos internacionales, empezando por el espinoso tema de Ucrania, donde los ortodoxos se oponen a los pro-rusos griego-católicos, grandes protagonistas de los cambios en Ucrania que resultaron luego en el conflicto que llevó a la anexión de la Crimea a Rusia y de la "invasión enmascarada" rusa en el Donbass. Probable que Parolin se muestre partidario de una conferencia internacional que rediscuta el estado de estos territorios, el fin del conflicto y la "guerra de las sanciones".

El otro tema importante de las conversaciones será sin duda la situación en Siria y Oriente Medio, donde la Santa Sede apoya con moderación las posiciones rusas para una derrota final del Isis, y la independencia de los territorios protectorados por las superpotencias. Ciertamente, el cardenal va a relanzar los programas de ayuda humanitaria para los refugiados de la guerra, y la protección de los cristianos perseguidos, que ya se puso en marcha de forma conjunta con la Iglesia ortodoxa: es el resultado más eficaz de la reunión de Cuba. Y quién sabe si el Papa y Patriarca no puedan reunirse un mañana justamente en algún lugar sagrado del Oriente cristiano, evocando los antiguos padres de la Iglesia de Antioquía y Jerusalén. 

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