He visto la muerte y la vida en Wuhan (I)
de Helena Xiang - Teresa Grazia Xiao

El miedo, en los días del Año Nuevo Lunar. Luego, estalló la tragedia: los ancianos que lloraban a sus hijos muertos; las enfermeras, que veían morir a sus padres; la gente que se suicidaba arrojándose de los balcones. Familias divididas, personas que se convertían en  vagabundos, sin techo, para no infectar a sus seres queridos. La pérdida de la esperanza y el refugio en la oración. 


Wuhan (AsiaNews) – Helena Xiang y Teresa Grazia Xiao relatan los primeros momentos de la crisis epidémica en Wuhan (Hubei), el epicentro de la infección pulmonar en China. Recorren la alegría de las reuniones familiares durante el Año Nuevo Lunar, hasta el desconsuelo por el aislamiento impuesto por las autoridades, para prevenir la propagación del virus. Los ancianos morían por las calles. Las personas se suicidaban, arrojándose de los balcones de los edificios, para huir de la cuarentena. Los enfermos, hacinados en los corredores de los hospitales, y el drama de los médicos y las enfermeras. En aquellos días, todo en Wuhan evocaba la muerte. A continuación, la primera parte de su relato. 

 

La pandemia, y los medios que informan sobre ella, nos hacen sentir más de cerca la muerte. El sufrimiento, la ansiedad, la lucha, los gritos y la esperanza ya forman parte de nuestro día a día. Las ciudades están paralizadas, las aldeas cerradas, las conexiones suspendidas, las calles silenciosas: todo nos habla de la muerte. Pero la muerte jamás ha estado tan cerca, ni ha sido tan fuerte, como en estos días. 

Todo comenzó hace 70 días, cuando estábamos a las puertas del Año Nuevo chino. China estaba llena de vida por las Fiestas. La gente desbordaba de alegría, esperanza y proyectos, y se preparaba para tomarse entre 10 y 15 días de vacaciones. Nadie podía imaginar entonces que el feriado se prolongaría hasta el punto de no saber cuándo terminarían las “vacaciones forzadas”. 

La epidemia en curso nos lleva a reflexionar: “Los hombres consumen la vida de los animales en las jaulas; queman la vida de los árboles en el fuego; y ahora, encierran sus propias vidas en las cajas de cemento”. Vivimos un momento sin precedentes, con noticias diarias pobladas de muertos. Nadie puede saber si será el próximo en contagiarse de coronavirus, cuando se está tan de frente a la muerte. 

En Wechat, y en muchos otros blogs chinos, circula un rumor. Se dice que todo ciudadano se topa con tres preguntas cuando sale de casa o regresa a ella: “¿De dónde vienes? ¿Dónde vas? ¿Quién eres?”. Cuando se detiene a una persona  en un operativo de control, ésta debe aceptar que le tomen la temperatura y completar un formulario, respondiendo a esas tres preguntas. 

El 15 de enero, se pidió a los ciudadanos de Wuhan tomar recaudos para protegerse del virus. El 16, los periódicos dieron la noticia de que dos personas habían muerto por neumonía. En ese momento, los habitantes de la ciudad decían que el mundo estaba sumido en el pánico, pero que ellos estaban tranquilos. Cuando llegaron los primeros datos inquietantes, el día 19, todos tomaron el tema con mayor seriedad. El 23, en la vigilia de Año Nuevo, la mayoría de los chinos estaba de regreso en casa junto a sus familias; luego, las autoridades anunciaron el aislamiento de Wuhan y la suspensión de todos los medios de transporte público. 

Aunque cada familia tenía suficiente comida para las fiestas, la repentina clausura de la ciudad generó pánico: la gente estaba preocupada por su salud y por las necesidades cotidianas. En la víspera del Año Nuevo, es una tradición que las familias chinas preparen platos para la cena, el banquete de medianoche y el desayuno del primer día del nuevo año. 

Los Jiaozi (ravioles) son los platos más consumidos porque pueden ser preparados junto a toda la familia: uno enrolla la pasta, otros mezclan el relleno y otros les dan forma. Mientras tanto, todos cuentan lo que han hecho durante el año que termina, y comparten los sueños y proyectos para el que está llegando. Sin embargo, en aquél momento la conversación se centraba en la preocupación por la epidemia. 

La gente no tenía ningún deseo de ver los espectáculos programados para las festividades, especialmente en Wuhan. Encendíamos la televisión, pero sólo para crear algo de ambiente. Faltaban los medicamentos y no se conseguían máscaras. Preocupados, pero también un poco aliviados, Helena y yo descubrimos que justo en la noche de la víspera, varios equipos de rescate médico, con cientos de doctores y enfermeras, salieron en avión desde Shanghái con destino a Wuhan.

La Santa Misa no se celebró ni en la víspera ni en la noche de Año Nuevo, pero muchas familias rezaron el Rosario. Las ceremonias de oración aparecieron inmediatamente en Internet. Rezamos una primera Novena. A partir de ese momento, no nos detuvimos hasta llegar a la décima. El 26 de enero, cuando no podíamos salir de la casa en todo el país, la oración del Papa Francisco por los chinos fue un gran consuelo para nosotros. Mientras tanto, cada día, más de una docena de sacerdotes y laicos enviaban a través de Wechat las homilías, poemas y cantos litúrgicos.

Lejos de Wuhan, la gente todavía no percibía el peligro. En Chengdu (Sichuan), la verdadera emergencia fue el terremoto de esos días. La ciudad fue golpeada el 3 de febrero por un terremoto de magnitud 4.7. Los lugareños al principio bromeaban, pero fue una tragedia añadida a las otras dos: la epidemia de Hubei y la gripe aviar en Changsha.

En este momento difícil, como las personas ya no salían de casa, el aire en Wuhan se volvió más limpio, sin la neblina habitual. Se podía admirar el cielo azul y el sol brillante. La gente parecía más tranquila y en armonía con los demás. Se leyeron más libros, el diálogo entre padres e hijos creció, y los niños comenzaron a mostrar respeto hacia sus mayores de nuevo. La gente estaba asustada, pero había confianza: nuestra ciudad enferma podía curarse.

La epidemia comenzó entonces a empeorar, y la muerte parecía estar más cerca. Muchos eventos trágicos ocurrieron en el edificio donde vive Helena. Un hombre de 80 años se contagió, pero no pudo ser hospitalizado, al igual que una pareja casada. Los habitantes del edificio se asustaron y llamaron una y otra vez al alcalde y a la sala de emergencias.

También la prima de Helena, que vive en otra parte de la ciudad, se enfermó: tenía fiebre, pero tampoco había sitio para ella en el hospital. Helena buscó ayuda en Internet, llamó al alcalde, pero sin éxito.

Después de 10 días, el viejo murió, y la pareja fue hospitalizada. La prima de Helena se quedaba en casa y era tratada por un médico experto en medicina tradicional. Por suerte, se curó y pudo seguir cuidando de su madre, que tiene cáncer.

Las noticias de muerte también comenzaron a llegar de los barrios vecinos. Una anciana murió mientras se arrastraba por las calles. Un hombre de 90 años hizo cola durante cinco días y cinco noches para hospitalizar a su hijo de 65 años, pero todo fue en vano. Muchos tenían fiebre, pero no se les diagnosticaba el coronavirus. No fueron hospitalizados, pero tampoco se atrevían a volver a casa. Rechazados incluso por los hoteles, se vieron obligados a merodear por Wuhan, como vagabundos.

No había comida ni medicinas y muchos, especialmente los ancianos, no sabían cómo pedir ayuda. Algunos, desesperados, se suicidaban lanzándose desde las ventanas de los edificios: muchas de estas imágenes han circulado por Internet y en Wechat. Mientras tanto, los hospitales se llenaban. Las personas hospitalizadas también morían en los pasillos. Entonces los médicos y las enfermeras comenzaron a morir. La muerte no hizo distinciones, afectó de la misma manera a profesores famosos, artistas, directores y familias enteras.

Una enfermera vio morir a sus padres en el hospital donde estaba trabajando. Después de la tragedia, en lugar de volver a la casa vacía, prefirió quedarse y atender a los pacientes en el hospital: "Cuando ayudo a los enfermos – dice - me olvido de todo".

Otra enfermera trabajó durante 25 días seguidos. Un día se fue a casa a comer. Su marido y su hijo le prepararon algo, pero ella lo consumió fuera de la casa, sin entrar en ningún momento, por miedo a infectarlos.

Una paciente gritó que quería suicidarse: era asintomática, pero había infectado a sus padres, a su marido y a su bebé de seis meses. Se sentía una pecadora: para ella, vivir ya no tenía sentido. Una niña, de rodillas, se desesperaba por su padre muerto: "Papá, ¿cómo es que no puedo mirarte ni tocarte?".

Luego está la tragedia de los socorristas. En un mensaje en Wechat, un policía asignado al control de salida de la autopista dijo que fue obligado a usar máscaras reutilizadas y a dormir en la oficina, para no infectar a sus seres queridos en casa. Los líderes de base y  los miembros del Partido Comunista eran enviados a aporrear y a controlar las calles.

En estos primeros días de aislamiento, la gente se encontraba en graves dificultades. Se sentían indefensos, solos, deprimidos, enojados y asustados. Llenos de ansiedad, sin poder ver una salida a la situación. Sin deseo de nada, excepto estallar.

(Fin de la primera parte)

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