Olimpiadas de Tokio: ‘Mi Japón mira hacia adelante’
de Motoko Iwasaki *

La escritora Motoko Iwasaki comenta la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos y explica algunos elementos culturales que quizás no se captan inmediatamente. Japón ofreció un espectáculo sobrio, alternando elementos de la tradición y la modernidad. Ante todo, mostró su voluntad de dejar atrás las dificultades.


Las habían llamado las "Olimpiadas de la recuperación", y desde el principio de la ceremonia de apertura se percibió la idea de un renacimiento. Una recuperación tras el Covid-19 y los casi dos años que sacudieron al mundo, poniendo en peligro estas Olimpiadas. Mientras un joven japonés comenzaba su primera coreografía levantándose del suelo y proyectando una sombra que se desplegaba, como una semilla que deviene brote, vimos pasar por las pantallas vídeos de atletas entrenando en condiciones anormales. 

El título de la primera sección fue "moving forward" (avanzar), porque después de todas las dificultades hay un deseo de mirar al futuro y dejar atrás la pandemia. Pero no solo eso, Japón también quiere superar el triple desastre de Fukushima. En marzo, la antorcha olímpica partió de allí, y en mayo los habitantes plantaron girasoles, que florecieron a tiempo para el comienzo de los Juegos y que vimos en la parte final de la representación, cuando la llama olímpica llegó al brasero gracias a Naomi Osaka. Fue una decisión valiente elegir como último portador de la antorcha a un atleta que sigue en actividad, que además es una mujer, de raza negra y mitad estadounidense. Esto da a entender que Japón se proyecta hacia el futuro y tiene muy en cuenta los objetivos de desarrollo de las Naciones Unidas, a los que se ha referido con frecuencia.

Durante el desfile de las delegaciones internacionales aparecieron elementos pop de la cultura japonesa: primero Grecia, como es tradición, seguida del equipo de refugiados, y por último el equipo del país anfitrión. Todos los demás equipos aparecieron siguiendo el orden de las "letras" (en realidad deberíamos hablar del gojuon) del alfabeto japonés. Los nombres de los países estaban encerrados en una nube de historieta, típica del estilo manga, y la música que los acompañaba era una mezcla de canciones de videojuegos. Luego del desfile de los equipos, se vio una mezcla de elementos modernos y tradicionales: Ichikawa Ebizo y Euhara Hiromi ofrecieron una actuación espectacular. El primero es actor de kabuki, una forma teatral que combina música, danza y una actuación muy expresiva, que recuerda a los personajes del manga y el anime, inspirada en los actores de este arte ancestral. El segundo es un pianista de jazz de fama mundial. Tradición y modernidad, una combinación que nunca desentona; sucede más bien lo contrario, se convierte en un icono, porque esto es lo que se piensa de Japón.

Desde el principio, la intención fue conmemorar a las víctimas de Covid-19 -y, por primera vez, también a las víctimas israelíes de Septiembre Negro de 1972, después de que el director de la ceremonia fuera despedido por las bromas antisemitas de su pasado. A lo largo de la exposición se entrelazaron el blanco y el rojo, los colores de la bandera japonesa, pero también de la sangre, la enfermedad, la muerte y la salud. Las canciones eran melancólicas. 

Luego pasaron a la historia de la ciudad de Tokio, cuando aún se llamaba Edo. En un momento dado, aparecieron en escena mesas y escenarios de madera similares a los de los teatros tradicionales nō, kabuki o kyogen. La madera procedía de árboles cultivados a partir de semillas que habían sido llevadas a Japón por las delegaciones de los Juegos Olímpicos de 1964. Mirai Moriyama bailó el claqué japonés en una de estas mesas, y nos dejó una sensación de inquietud y muerte.

Entonces la escena cambió, entró en escena un equipo enérgico, formado por personas que lucían una chaqueta tradicional. La típica chaqueta que usaban los bomberos del periodo Edo, que va desde 1603 hasta 1868. En aquella época, todos los edificios eran de madera y los incendios eran muy frecuentes: si se producía un gran incendio, los bomberos tenían que destruir los edificios vecinos lo antes posible para evitar que el fuego se extendiera a toda la ciudad. Una vez extinguido el fuego, se reconstruían las casas. Por eso los japoneses estamos acostumbrados a la destrucción y luego a la recuperación. En la coreografía también aparecieron personas en sillas de ruedas. Era típico de la ciudad de Edo acoger a los discapacitados: por ejemplo, se ofrecía a los ciegos la posibilidad de aprender el oficio de masajista.

También hubo una referencia a las discapacidades al final, cuando un atleta paralímpico recibió la antorcha en un momento dado. El comité organizador había anunciado que las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos estarían relacionadas de alguna manera en cuanto al tema, pero los pasajes finales de la llama, una antorcha que brillaba con forma de flor de cerezo, también se hicieron eco de las escenas de apertura de esta ceremonia. Además, un médico y una enfermera llevaron la antorcha y la pasaron a seis niños de las prefecturas más afectadas por el terremoto de 2011. 

Entre los portadores de la antorcha se vio a tres leyendas del béisbol japonés, un deporte muy popular en Asia. En su camino, Shigeo Nagashima contó con el apoyo de Sadaharu Oh, un atleta que en realidad es de origen taiwanés y que fue su gran rival en las décadas de 1980 y 1990. Estoy segura de que para los japoneses fue emocionante verlos junto a Hideki Matsui, que creció viendo sus partidos y que ahora juega en la Major League estadounidense.

Muchos japoneses estaban en contra de estas Olimpiadas. Desde la edición de los Juegos de 1984 en Los Ángeles, han ido ganando terreno los elementos espectaculares y se ha hecho hincapié en la competición. No ha sido el caso de esta edición; hubiera desentonado, considerando todas las dificultades (y escándalos) que ha atravesado Japón. Sin embargo, ahora que los Juegos han comenzado, crece el número de personas que apoyan al gobierno y al comité organizador con un espíritu de solidaridad y unidad. Tal y como expresa el tema principal de esta ceremonia de apertura: estamos unidos por (y en) las emociones. 


* Motoko Iwasaki es una escritora japonesa que vive en Italia, y es autora del libro “Un corazón que alimentar” ("Un cuore da nutrire").

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