17/10/2019, 21.05
VATICANO-MYANMAR-ITALIA
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«Inmensos deseos»: el p. Alfredo Cremonesi será beatificado el 19 de octubre

de Alberto Caccaro

La ceremonia será presidida por el Card. Becciu y se desarrollará en la catedral de Crema. El p. Cremonesia gastó más de 30 años de su vida en misión en la entonces Birmania. Era llamada “el movimiento perpetuo” por su inquietud y su pasión en la evangelización. “Si naciese mil veces, mil veces volvería a la misión”. Desde siempre fue reconocido como mártir por sus fieles.

 

Milán (AsiaNews). El próximo 19 de octubre a las 15,30, en la catedral de Crema será beatificado el mártir p. Alfredo Cremonesi del PIME (Pontificios Instituto Misiones Extranjeras), asesinado en Myanmar (entonces Birmania) el 7 de febrero de 1953. La ceremonia en Crema será presidida por el Card. Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, junto al obispo local, Mons. Daniele Gianotti, con los misioneros del PIME y por los fieles italianos y birmanos.  El Papa Francisco reconoció su martirio el 19 de marzo pasado. A continuación un perfil espiritual del p. Cremonesi.

“¿Por qué el Sagrado corazón me da estos inmensos

deseos devorantes y luego me pone

en la imposibilidad de realizarlos?” [1]

 

Trato de trazar un breve perfil espiritual del p. Alfredo Cremonesi (1902-1953), originario de la diócesis de Crema, misionero del PIME en Myanmar, asesinado el 7 de febrero de 1953, y ahora a un paso del honor de los altares. Será beatificado el próximo 19 de octubre, dentro del mes misionero extraordinario. 

Alfredo tiene poco más de 23 años cuando parte para Birmania, actual Myanmar. Llega en noviembre de 1925 y poco después es destinado a Donokú, distrito misionero habitado por la etnia de los carianos bakù, no distante de Toungoo, la primera diócesis fundada por los misioneros del PIME.

Alfredo sinet ancer dentro de sí el deseo de ser misionero cuando está ya en el seminario y tiene cerca de 20 años. Lee revistas y libros misioneros que lo fascinan: “todo mi corazón allá adentro, porque aquello era el gran ideal que me agitaba potentemente”. No obstante el ardor del deseo, una grave enfermedad parece bloquearlo. En realidad, en aquellas circunstancias adversas, justamente en el disminuir sus fuerzas físicas- escribe- “el espíritu se vuelve fuerte y joven (...)”. “Fue en aquel lento desarrollarse de mi ser que mi corazón sintió toda la atracción del apostolado y sobre todo del sacrificio”.

Hacer conocer la Buena Noticia de Dios.Amor, para él se hizo evidente en el Sagrado Corazón de Jesús lo llena de entusiasmo, de fuerza y de autoironía. “Aquí me llaman el movimiento perpetuo”, porque yo no estoy jamás quieto”, escribe en 1947. Siempre para obedecer al mismo deseo apostólico, Alfredo se revela pragmático, a trechos descuidado de su salud. “Dicen al misionero de cuidarse la salud y no exagerar. Pero el misionero no se capacita sobre esta recomendación. es tan vasta, tan sublime su tarea, que le parece ridícula esta recomendación. ¡Que la causa vaya adelante también a costa de la vida!”. Y en 1934 escribe, “ me hice yo un centenar de inyecciones de quinina...”.

En plena segunda guerra mundial, entre incursiones japonesas y frustraciones personales, Alfredo se siente continuamente empujado por una fuerza no suya que atribuye a Jesús. “¿Porque el Sagrado Corazón me da estos inmensos deseos devorantes y luego me pone en la imposibilidad de realizarlos?”. En generosidad, devoción y apertura del corazón, Alfredo persevera. “No pudiendo hacer otra cosa- continúa- me desahogué también yo en hacer más horas de oración nocturna… casi todas las noches…”. Siente la misión que le confiaran como “el más maravilloso trabajo que sea dado al hombre no para cumplir, sino para ver”.

También en la dificultades relacionadas con el clima, “si me arrodillo media hora, debajo el banco se forma un laguito de sudor”, o relacionadas con la falta de comida, “durante 4 años no tuve jamás una gota de aceite como condimento...faltaba azúcar y hasta sal…”,- Alfredo concluye- “si naciese mil veces, mil veces volvería a la misión”. “Jamás estuve tan contento- escribe en 1926 a un año de su llegada a la misión- solamente tengo la mente que parece un volcán. Todas las horas pienso una cosa y del pensamiento a la obra no pasa un segundo”.

Alfredo, al trabajo misionero “que es la vida más variada, más llena de gente y de palabras, más externa y ruidosa de cualquier otra vida”, asocia también “un deseo insaciable de encontrarme delante de Jesús en oración y constante ejercicio de la divina presencia” y “un gran deseo de consumirme todo y rápido, para que venga el reino del Sagrado Corazón en estas tierras”.

En Birmania de aquel tiempo se caminaba continuamente, por días, de un pueblo al otro. “Era uno de los viajadores más incansables entre nuestros misioneros. Y se había acostumbrado a viajar siempre a pie), cuentan de él. La aventura misionera del p. Alfredo se  

entrelaza con la experiencia de la guerra. “Aquí por lo tanto en pleno campo de batalla”.- escribe en 1954. “Soldados que van y vienen, balaceras… pueblos destruidos por los varios frentes solo por represalia...”. Y cuando termina la Segunda guerra mundial comienza otra local, la “primera guerra cariana” (1948-1952), entre la etnia de los carianos y el poder central birmano.

Y bien, en un tal contexto era su preocupación no abandonar los pueblos católicos. Porqué la la presencia del padre  era a menudo considerada como un buen disuasivo a la violencia. En 1950, lamentablemente pierden la vida otros 2 misioneros del PIME, Mario Vergara y Pietro Galastri. En agosto del mismo año le piden a Alfredo de dejar aquellas zonas, particularmente la parroquia de Donokù, y refugiarse en Toungoo. Es para él un verdadero y propio exilio, lejos de sus cristianos. Volverá sólo en marzo de 1952 y se prometió que no se iría jamás. “Morir aquí de cualquier muerte, pero no más en exilio” dirá después del retorno Sin embargo, gracias a aquel exilio logró realmente escapar de una primera ocasión de martirio. “En mi pueblo de residencia sucedió un saqueo completo de todas mis cosas, de todo lo que tenía en casa, en la Iglesia, en la escuela, en el convento...El trabajo de 26 años todo se perdió”. Después nada pudo retener Alfredo del volver entre los suyos. “No me escaparé más, sucedo lo que suceda. Al máximo me podrán matar”. El 7 de febrero de 1953, de hecho, después de un fracaso de una operación militar con la cual el ejército birmano consideraba limpiar definitivamente la región de los rebeldes de etnia cariana, las tropas del gobierno entran en el pueblo de Donokù., acusando a Cremonesi y a los habitantes del pueblo de apoyar a los rebeldes. Le disparan a él y al jefe del pueblo. El p. Alfredo muere en el instante.

Inmediatamente después de la muerte, es declarado mártir por el “sensus fidei” de la gente. “Víctima de su caridad- dicen de él- buen pastor que dio la vida por sus ovejas”. Algunos fieles se ocupan de llevar al obispo de entonces de Toungoo, Mons. Lafranconi un sobre con algunos efectos personales. En el sobre está escrito: “Reliquias del mártir p. Cremonesi para enviar a sus padres”.

Entre los tantos sobrenombres dados a Nuestro padre, uno me maravilló: P. Alfredo, “la sonrisa de la misión”

En la Foto: el obispo de Crema, Mons. Gianotti, en la conferencia de prensa sobre el p. Cremonesi (El Nuevo Torrazo)

 

[1] P. Gheddo, Alfredo Cremonesi 1902-1953. Un mártir para nuestro tiempo, Bolonia 2003. A este texto envío para un primer estudio de la vida del mártir y del cual extraigo todas las citaciones atribuidas al Cremonesi.

 

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