04/07/2017, 16.24
RUSIA

Colas kilométricas para visitar las reliquias de San Nicolás de Bari: la larga espera y la alegría repentina

Vladimir Rozanskij

Los fieles esperan hasta 8-9 horas para lograr llegar a besar la reliquia del santo de Bari. El 12 de julio la reliquia será llevada a San Petersburgo. La espera y la peregrinación están en el alma de la cultura rusa.

Moscú (AsiaNews)- Continúa en la capital la gran e interminable procesión de peregrinos que acuden para honrar la reliquia (una costilla izquierda) del santo más amado, San Nicolás de Bari (que aquí es llamado con el título originario, San Nicolás de Myra en Licia). El 12 de julio las reliquias serán transferidas a la “capital del norte”, San Petersburgo y la fila de los devotos moscovitas y de toda Rusia se alarga en estos últimos días junto a la catedral de Cristo Salvador, donde están expuestas. También en la Lavra (monasterio petersburgués) de San Aleksandr Nevsky, donde esperan sus sagrados restos, se aguarda una multitud no menos imponente, que antes de llegar a besar los restos del santo pasará en medio de las tumbas de Dostoevsky y Mussorsky, sepultados allí en el famoso cementerio monumental al ingreso del monasterio,

En todos los vagones del omnipresente subterráneo de Moscú (que comprende una veintena de líneas, cuya dimensión sólo es superada por París) es repetido constantemente el anuncio, que explica a quien desea ir a la catedral la necesidad de descender en la estación de “Frunzeskaja”, a varios kilómetros de distancia del lugar sagrado, para poder colocarse en la silenciosa e impresionante cola de devotos que esperan hasta 8-9 horas para llegar a besar al santo. Masas similares, en los años pasados, se vieron en ocasiones análogas, para la peregrinación a Rusia del Cinturón de la Virgen en 2011 (proveniente de Grecia) y para la reliquia de San Andrés apóstol (donada por Amalfi a Patras en Grecia y de allí llevada a Rusia en el año 2003). Para encontrar otras analogías hay que remontarse a diciembre de 1989, cuando el cuerpo del famoso disidente Andrej Sacharov  fue expuesto para el saludo final en el palacio de la Juventud de Moscú. Aquel funeral fue la primera y verdadera manifestación pública de masa del post-comunismo y las 10 horas de espera que se alcanzaron en aquella ocasión, con una temperatura de 20 grados bajo cero, testimoniaba el gran deseo del pueblo ruso de dar vuelta la página de manera definitiva, después de un siglo de locura y opresión.    

La larga espera es una de las características de la naturaleza misma de los rusos: las distancias inmensas del territorio, a menudo sumergidas en un clima gélido y hostil, obligan a entrenar una paciencia infinita antes de llegar a la meta deseada, sea esa una localidad geográfica, una conquistas histórica -Rusia fue uno de los últimos países en abolir la esclavitud en 1861 y en admitir la tolerancia religiosa en 1905- o una dimensión espiritual. El famoso staretz (santo sabio) San Serafín de Sarov vivía en el bosque de Diveevo, situado a más de 600 kilómetros de Moscú. Toda Rusia iba a verlo para recibir  consejos espirituales y, aún hoy, son muchos los peregrinos que van allí para recordarlo, después de la restauración del monasterio. Muchos padres espirituales, buscadísimos después del fin del régimen ateo, se retiran a lugares lejanos e inaccesibles (en los montes de Cáucaso, en las estepas siberianas o en la tundra de Asia central). Los rusos son, ya desde el Medioevo, algunos  de los más celosos peregrinos hacia la lejanísima Tierra Santa y el sueño místico de cada strannik, el creyente “vagabundo” típico de la espiritualidad rusa, es poder alcanzar el extremo de la península Calcídica, para llegar a las ermitas de la Sagrada Montaña, el Monte Athos, que hoy de nuevo recibe a centenares de novicios de Rusia. El mismo presidente Putin ya fue una decena de veces, aprovechando cada ocasión.

La cola, como narran los peregrinos moscovitas, en realidad es todo menos algo inmóvil y pasivo. Se mueve con ritmo regular, acompañada por la oración “del corazón” y de la confortación de sacerdotes que dictan los tonos de las letanías. En el mundo bizantino y en Rusia en particular, no existe la tradición de orquestas en las calles (en la oración están prohibidos los instrumentos musicales, considerados como armas del demonio), improvisan cantos populares: la oración comunitaria es siempre litúrgica y de letanías, con invocaciones y respuestas corales al sacerdote y al diácono, en ausencia de los cuales sólo está permitido el silencio y la meditación. La cola se mueve con suficiente prontitud, porque el acto de devoción dura como máximo un segundo, el tiempo de besar la reliquia haciéndose la señal de la cruz (también en latín el término “adoración” indica el contacto de los labios al cuerpo de la persona venerada). La larga espera se disuelve así en la “alegría repentina”, como el título de uno de los más amados íconos marianos, correspondiente a la Anunciación latina: María recibe la iluminación y el anuncio de la gracia por el Arcángel y expresa en un instante el sentido de la felicidad humana, que reside en el contacto con lo divino.

En el sitio especial donde se recogen los relatos de los peregrinos de San Nicolás, uno de los primeros posteos es el de Alena Romanenko, que expresa toda su alegría porque “después de haberme hecho la señal de la cruz y haber besado la reliquia, el sacerdote me permitió hacerlo una segunda vez y nadie me empujó echándome…. Pienso que todo dependede aquello que cada uno tiene en el corazón y ¡el santo te lo saca afuera!”. En Rusia como en cualquier otro lugar, la fe ingenua y profunda es el alma que hace de la masa un pueblo y que hace del individuo una persona.

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