09/05/2019, 17.55
RUSIA
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El Día de la Victoria: la exaltación de Rusia y de Stalin

de Vladimir Rozanskij

El 9 de mayo, Rusia celebra -un día después que el resto del mundo- la derrota del nazismo, el recuerdo del sacrificio de numerosos soldados y sobre todo, la gloria del país, “baluarte para la humanidad entera”. Todavía hoy, Stalin sigue siendo más estimado que Putin. En el palco de honor, se notó la ausencia de muchos invitados; de 68 personalidades, solo 20 asistieron.

 

Moscú (AsiaNews) - En el Día de la Victoria, la fiesta que se celebra hoy, 9 de mayo, se recuerda la derrota del nazismo. Más allá de los eventos que pusieron fin a la Segunda Guerra mundial, para Rusia, esta fecha está cargada de significados. En efecto, la fiesta ha sufrido muchas transformaciones y relecturas a lo largo de estos 70 años y sobre todo, en la última década. En el pasado, lo que predominaba era una emotiva conmemoración de los sacrificios en pos de la salvación de la patria y de la humanidad entera, con la celebración de los veteranos, en su mayor parte, ya desaparecidos (oficialmente, solo 75.500 siguen con vida, y todos ellos ya son muy ancianos). Una vez más, se exalta el triunfo de la URSS de Stalin, que proyecta una sensación de fuerza en la Rusia de hoy.  

En su discurso, Putin exaltó “el valor sin parangón del triunfo militar de nuestro pueblo, que ha defendido y salvado a la Patria, y que se ha convertido en esperanza y baluarte de la humanidad entera, el principal liberador de los pueblos europeos. Año tras año, sentimos crecer la fuerza moral de este sacrificio incomparable”. El presidente recordó que las disponibilidad de los héroes de entonces hoy es encarnada por soldados de la Rusia contemporánea, precisamente cuando en numerosos países “se agitan los ídolos de fascismo y del nazismo”. Rusia tiene el potencial necesario para la defensa de todos, como ha quedado demostrado por el poderoso armamento que ha desfilado por la Plaza Roja. Para la mayor parte de los rusos, tal como testimonian los sondeos, la Victoria de 1945 es “el mayor acontecimiento de la historia mundial”; el patriarca Kirill, en la vigilia de la fiesta, colocó una corona de flores al pie del monumento al Soldado desconocido, erigido sobre los muros del Kremlin.

En el pasado, el recuerdo de esta fecha solía unir a los rusos con sus aliados en la guerra contra la locura hitleriana. Hoy, en cambio, ha crecido la distancia entre ellos, como se constata ante la evidente ausencia de huéspedes de honor en la tribuna del mausoleo de Lenin. De 68 jefes de Estado invitados, solo 20 asistieron, en síntesis, los pocos sostenedores del actual vuelco aislacionista que ha tomado la política rusa: junto a Putin, estaban sentados el presidente chino, Xi Jinping, y el “líder eterno” de Kazajistán, Nursultan Nazarbayev.

El desfile del 9 de mayo ya se ha convertido en una acción de propaganda de la nueva grandeza rusa, con un particular acento en la importancia del Estado en la historia de la guerra y de la victoria. De manera extrema, esto se traduce en el cada vez más popular eslogan de “Stalin ha ganado la guerra”. De esa forma, en nombre de un ideal patriótico superior, se enmienda la memoria del sanguinario dictador georgiano.

La condena de los crímenes de Stalin por parte de Kruschev, en el XX Congreso del PCUS de 1957, condujo en los años ‘60 a una manera de entender la Victoria como sustitución de un régimen totalitario por otro, como fuera magistralmente expresado en la novela “El primer círculo” de Aleksandr Solzenicyn, en 1968. Así mismo, en la consciencia de los hombres soviéticos, el estalinismo no tenía derecho a la gloria de la Victoria, y la fiesta de mayo se limitaba a mostrar los músculos del régimen, según las categorías de la Guerra Fría. Los acontecimientos de 1945 permanecen en el recuerdo de las víctimas, así como el sacrificio de los soldados -por ello, el tono emotivo de las manifestaciones- unido a un rencor por un régimen que venció mandando al matadero a un número de personas que fue diez veces superior al de los vencidos.

Desde mediados de la década del 2000 -y en particular, a partir del conflicto con Ucrania, en el 2014- los sentimientos humanitarios de compasión fueron crecientemente reemplazados por otros, de venganza, de modo que se hace necesario partir de la antigua victoria para imaginar nuevas perspectivas de grandeza. En este sentido colabora el hecho de que se celebre en una fecha diferente al resto del mundo, que lo hace el día anterior, el 8 de mayo, cuando los soviéticos recuerdan su ingreso a Berlín. De esta manera, Rusia celebra “su” victoria, distinta de la de todos (el presidente saliente de Ucrania, Petro Poroshenko, se refirió a esto como una “privatización de la victoria” del Kremlin), y la población revaloriza la figura de Stalin, más amado que el mismísimo Putin en la Rusia de hoy en día. No es la libertad y la democracia, sino la grandeza moral de Rusia lo que se enarbola al conmemorar el conflicto mundial contra el totalitarismo nazi. Y es tal su grandeza, que el mundo de hoy necesitaría esto, y no la agotada e impotente democracia de una Europa ya decadente. Al menos, este ha sido el sentido del canto triunfal de los cinco grandes coros militares, que cerraron el desfile del 9 de mayo con el Himno Patria mía, país grandioso, cuyo eco se sintió en San Petersburgo, en el histórico himno del siglo XIX de Mikhail Glinka, el Gloria, gloria al zar ruso, el primer himno oficial de Rusia de un tiempo que ya pasó, y al que hoy se quisiera retornar.   

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