01/04/2020, 14.00
CHINA
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He visto la muerte y la vida en Wuhan (II)

de Helena Xiang - Teresa Grazia Xiao

No hay funerales en la ciudad atormentada por el coronavirus. Los ancianos lloran a sus hijos muertos. Los niños firman los certificados de defunción de sus propios padres. La generosidad de la gente común y de los católicos. Discapacitados que realizan colectas de dinero para los habitantes de Wuhan. Los chinos quieren volver a vivir. 

 

Wuhan (AsiaNews) – Largas filas de personas que retiran las cenizas de sus seres queridos. El drama de los ancianos y de los niños que se quedan solos. La generosidad de los chinos para con quien ha sido golpeado por esta tragedia. Después del miedo inicial, ahora, Wuhan, epicentro de la infección pulmonar en China, vuelve a la vida. A continuación, la segunda y última parte del relato de Helena Xiang y Teresa Grazia Xiao (para acceder a la primera parte, cliquee aquí).

La epidemia se ha difundido fuera de China. Al ver tantos ataúdes en las iglesias italianas y a lo sacerdotes rezando por los difuntos, los habitantes de Wuhan han sentido algo de celos, además de una inmensa tristeza. En la ciudad, los muertos por el Covid-19, tras ser colocados en fila, en bolsas de residuos, fueron cargados en camiones y transportados hasta los crematorios: sin familiares que los velaran; sin funeral; sin dignidad.  

Las funerarias de la ciudad se llenan de personas en busca de las cenizas de sus seres queridos. Filas interminables, para recoger los restos de un familiar, de un allegado o de una familia entera. Una pareja de ancianos, ella de 80 y él de 90 años, tuvo que confeccionar los certificados de defunción de su hijo, su nuera y del nieto. Hasta un niño de 8 años fue obligado a hacer el certificado de defunción de sus padres. 

En Wuhan hay familias destrozadas, que han agotado las lágrimas de toda una vida. La vivacidad y la fuerza que solían tener los habitantes han desaparecido por completo. El pueblo de Wuhan, “el pájaro de nueve cabezas” se ha caído y yace en el suelo, casi sin aliento. 

Frente a esta tragedia enorme, el gobierno de la ciudad ha creado cuando menos 10 números telefónicos de emergencia, para brindar apoyo psicológico a la población. Al principio, el operador podía recibir hasta 300 llamadas por día: algunas, de personas desesperadas y ansiosas y otras, de ciudadanos fríos e insensibles. Luego, a medida que la epidemia se agravaba, las llamadas telefónicas comenzaron a disminuir. 

Este es un invierno triste y solitario para todos en Wuhan. Sin embargo, la bondad y la generosidad ayudan a soportar esta situación. Para los fieles católicos, es un momento de gran oración. Algunos transmiten la Santa Misa por Internet. El 26 de febrero, Miércoles de Ceniza, las diócesis transmitieron la liturgia. El viernes es un día de ayuno: en China, son muchos los fieles que no comen carne durante todo el período de Cuaresma. El 19 de marzo rezamos el Rosario junto a Papa Francisco; el 25 y el 27 rezamos con él. 

Los católicos chinos tratan de contribuir para aliviar el dolor de las personas. Hay religiosas que participan en grupos de apoyo psicológico. Muchas diócesis y parroquias, así como grupos de fieles y personas en singular, hacen donativos para sostener estos socorros. Se recaudaron 14 millones de yuanes para comprar equipamiento médico destinado a Wuhan, sobre todo a través de la Jinde Charities. Su ayuda también se vuelca a quien sufre fuera de China. Para el Vaticano y para Italia, donaron 4 millones de yuanes; 2 millones, para Corea del Sur.  

En este momento, en China se vive un gran espíritu fraterno. Las ayudas que llegan a Wuhan no provienen solamente del gobierno central. Una aldea de Henan donó 100 toneladas de cebolletas; otro pueblo, en Yunnan, 22 toneladas de bananas. Un agricultor del condado de Jingtai (Gansu), nos regaló 10 toneladas de manzanas. Un campesino de Mianyang (Sichuan) donó 15 toneladas de hortalizas; Er Kang, una empresa farmacéutica, ofreció 20 toneladas de arroz. La provincia de Shandong donó 400 toneladas de ajo y 600 toneladas de verduras. 

La gente común, los barrenderos, los soldados, los pequeños comerciantes y jubilados enviaron miles de yuanes para ayudar a la población de Wuhan. Muchas veces, el sostén llegó de parte de los más pobres y desafortunados. Por ejemplo, una pareja no-vidente regaló 1000 yuanes; un mendigo discapacitado recogió 185 yuanes. 

Muchos ciudadanos en Internet piden a las autoridades que restituyan el dinero a estas personas generosas. La gentileza de los ancianos y de los pobres es comprensible, pero su dinero no debe ser aceptado. Han surgido grupos on-line que recaudan fondos para restituir el dinero a los benefactores pobres. 

No faltan los problemas. Algunos médicos fueron agredidos por los familiares de sus pacientes contagiados por el virus. Máscaras inservibles fueron distribuidas en toda China. Las autoridades de Wuhan a menudo han demostrado ser incapaces de manejar la crisis. Se acusa a la Cruz Roja de la ciudad de haber vendido las provisiones que fueron recibidas como donaciones. Después hay anécdotas de personas que han perdido el empleo: algunas se suicidaron por el trauma. Muchísimos doctores y enfermeros que han luchado para salvar vidas en Wuhan, no reciben los subsidios prometidos por el gobierno local. Algunos de ellos son forzados a vivir en “auto-aislamiento”, en sus propias casas.  

Los ancianos suelen vivir en una situación de marginación, porque se los considera más vulnerables a la enfermedad. Un señor de 77 años, después de permanecer encerrado en su casa durante mucho tiempo, dijo que quería volver a encontrar su lugar en la vida de Wuhan: quiere volver a tomarse fotos mientras pasea por Wuhan. 

En medio de esta crisis, son muchas las preguntas sin respuesta. El mayor interrogante es: ¿de dónde ha venido esta infección, y qué fue lo que la causó? Los chinos piensan que es un castigo divino por los errores que el hombre ha cometido contra la naturaleza. Hemos entendido que los seres humanos son frágiles y a menudo incapaces. Un habitante de Wuhan dijo: “He visto tal cantidad de muertos que ya no tengo más ganas de discutir. Es más, si alguien me dice que ‘uno más uno es siete’, ahora sonrío”. 

La epidemia pasará, pero la serenidad, ¿cuándo llegará? Helena escribió en Wechat que “todo lo que Dios me da, yo lo acepto; todo lo que Dios me pide, lo doy”. El 8 de abril, Wuhan retornará a la normalidad: esperamos una Santa Pascua llena de esperanza, aunque las iglesias todavía se encuentren cerradas. Pero en China, no faltarán las oraciones. Como una bendición, un alleluia de todos los cristianos sobrevolará el mundo entero. Los ciudadanos de Wuhan dicen: “Nos encontraremos en la Torre de la Grulla Amarilla (Huánghè Lóu) y cantaremos entre las flores”. 

(Segunda y última parte)

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