15/12/2018, 12.08
HONG KONG
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Misionero del PIME: que la Navidad nos ayude a construir la civilización del amor

de Mario Marazzi

El Pbro. Mario Marazzi, de 90 años, vivió su misión entre Hong Kong y China continental. El recuerdo de sus actividades con los jóvenes chinos con discapacidades mentales y la esperanza de que el acuerdo entre China y la Santa Sede produzca frutos positivos. “Gracias a Dios por el regalo de la vida, gracias a tantas personas que me han sostenido en mi misión”.  

Hong Kong (AsiaNews) – “Los años de nuestra vida son sesenta, ochenta para los más robustos” (Salmo 90, 10). En cuanto a nosotros, cuando el autor del salmo escribía estas palabras, la expectativa de vida, en promedio, era mucho más baja. Ahora, gracias a numerosos factores, las cosas ya no son como eran entonces, y yo he podido llegar a los noventa años.  

Agradezco a Dios por el don de la vida, agradezco a mis padres por traerme a este mundo. Dado que quedé huérfano de padre a temprana edad, estoy agradecido a mi mamá y a mis hermanos y hermanas, por haberme dado una infancia feliz.

La lista de personas que debo recordar con gratitud sería extensa. Pienso en quien me procuró un buen puesto de trabajo en su empresa cuando yo era un adolescente, pienso en los jóvenes de la Acción Católica con los que pasé mis años felices, en los educadores (laicos y curas) que me han ayudado a crecer, en los compañeros del seminario con quienes compartí el camino de formación con miras a ser sacerdote o misionero…

A los treinta y dos años (octubre de 1960) llegué a Hong Kong en barco. Al entrar al puerto,  con los compañeros de viaje nos quedamos en el puente para gozar del espectáculo de una ciudad única, aquella que sería mi patria adoptiva por muchos años.  

Los primeros dos años estuvieron dedicados al estudio del idioma chino e inglés.

Aprender el inglés no resultó tan difícil, pero el aprendizaje del chino costó bastante. Fui sostenido por la paciencia de la gente. Pienso en los jóvenes que solían venir a nuestra casa y que nos alentaban con espontaneidad, sin miedo a ofendernos. Pienso en una maestra, ya jubilada, que me ayudó durante muchos años y que todavía hoy no deja de asistirme.

También sería largo enumerar a las personas de Hong Kong que me han acompañado en todos estos años. He recibido ejemplos de bondad y generosidad en muchos momentos. Agradezco a los obispos, a los sacerdotes, a las religiosas y a tantas personas que me han aceptado con mis defectos y límites y que me han ayudado a superar las dificultades.

Quisiera recordar el período que pasé en Guangzhou, desempeñándome como voluntario al servicio de personas con discapacidades mentales que eran asistidas por la Huiling [Organización sin fines de lucro que se ocupa de los jóvenes postergados de la sociedad, ndr]. Fui a China con el deseo de hacer algo en favor de los discapacitados, pero lo que recibí fue mucho más de lo que di. Aprendí que vivir en una casa-familia junto a personas discapacitadas torna posible una comunión de vida entre los llamados “normales” y aquellos que son considerados “anormales”.

Como misionero, vine a Hong Kong para dar a conocer el Evangelio de Jesús entre las personas que no eran cristianas. Enseguida descubrí que aquí la Iglesia ya era misionera, que muchos laicos, guiados por sus curas, estaban dedicados a anunciar la Buena Noticia a los que estaban lejos. No hice más que sumarme a ellos y dar una pequeña contribución, incorporándome a una historia grandiosa y fascinante.

Dejé mi tierra con el deseo de venir a anunciar con palabras y a testimoniar con la vida el don que yo he recibido, la fe en Jesús, el Salvador. Me doy cuenta de que estando aquí, he recibido mucho. Aprendí a valorar una cultura muy antigua,  a ver lo positivo en las personas que viven de una manera distinta a como yo fui educado. A través del diálogo con los cristianos de otras tradiciones religiosas, he podido apreciar la riqueza de las otras iglesias. En otras palabras, he aprendido que la vida de misionero es un intercambio de dones, de regalos.

Estoy agradecido al PIME (el Instituto Pontificio de las Misiones en el Extranjero) que me ha acompañado en mi vida de misionero y que ahora, siendo ya anciano, me concede un lugar confortable donde vivir. En efecto, vivo en la Casa del PIME con algunos cohermanos.  La mayoría de nuestros misioneros vive afuera, en las parroquias y en otros lugares de trabajo. En la Casa del PIME nos reunimos para tener encuentros sociales, de estudio o de oración. En lo que a mí respecta, salgo de la casa para celebrar la eucaristía en alguna parroquia en los días domingos o por otras cuestiones, pero paso mucho tiempo en casa, donde me ocupo de la biblioteca y de otros pequeños servicios a la comunidad. En comparación a antes, tengo más tiempo libre: además de la Biblia, puedo leer algún libro o revista e intercambiar correos con los amigos. Pero ustedes están presentes, ahora que puedo rezar más.

En la oración, les pido acordarse de la Iglesia en China. El reciente acuerdo entre la Santa Sede y el gobierno de Beijing es positivo y constituye un primer paso. Lamentablemente, las autoridades chinas están limitando fuertemente la libertad para practicar la religión. Esperamos que la situación mejore. Los católicos chinos sufren desde hace tiempo y merecen respeto. Ofrezcámosles apoyo, aliento y estima para [ayudarlos en] las dificultades que deben afrontar en su vida de fe.

Mis deseos de que tengan una Feliz Navidad y un Buen Año. ¡Que el Señor nos ayude a dar nuestra pequeña contribución para la construcción de la civilización del amor! 

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