20/03/2019, 14.55
CHINA-VATICANO
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Oda de Xi Jinping a la amistad entre China e Italia: Matteo Ricci y la Revolución Cultural, ausentes

de Bernardo Cervellera

El misionero jesuita de Macerata inauguró una era que duró siglos, y que ayudó a China a modernizarse y salir del aislamiento. Los misioneros del siglo XIX –entre ellos, los del PIME- llevaron a suelo chino la medicina occidental, los hospitales, las escuelas para niñas, los nuevos cultivos agrícolas y las universidades. Por qué Xi no va al Vaticano. Durante la Revolución Cultural, los partidos de izquierda italianos alababan a Mao, ocultando sus masacres y fracasos. La fragilidad de Xi Jinping, ferozmente rechazado por los sectores “de izquierda” en China.

Roma (AsiaNews) – Es realmente una auténtica canción de amor por Italia el modo en que Xi Jinping se expresa en la entrevista brindada hoy al Corriere della Sera, en la vigilia del viaje que lo llevará a Roma, Mónaco y Francia. Sin embargo, en la extensa melopea de relaciones entre nuestro país y el Imperio del Medio, es llamativo que se guarde silencio sobre Matteo Ricci y sobre la Revolución Cultural.

Xi enumera las relaciones entre las dos “antiguas civilizaciones” citando a Virgilio, Gan Ying, el Millón de Marco Polo… pero hace silencio absoluto sobre el jesuita italiano de Macerata, que, a fines del siglo XVI, portando como sola arma la cultura humanística y religiosa, logró presentarse ante el emperador, haciéndose contratar como astrónomo de la corte. Él inauguró una era que duró varios siglos, en la que jesuitas –muchos de ellos italianos, como Giulio Aleni, Martino Martini, Giuseppe Castiglione – ayudaron a China a re-posicionarse en el mundo de aquél entonces –tras la situación de aislamiento promovida por la dinastía Ming- ayudando al imperio a modernizarse en campos como las ciencias, la agricultura e incluso en el arte de la guerra.

También se omite mencionar a los misioneros italianos del siglo XIX –entre ellos, a los del PIME- que llevaron a suelo chino la medicina occidental, los hospitales, las escuelas para niñas, los nuevos cultivos para paliar el hambre de los chinos, y las universidades. Es cierto: la luz verde para la evangelización vino por imposición de los poderes occidentales, con tratados que no fueron equitativos.  Pero también es cierto que los misioneros no se quedaron de brazos cruzados, contentándose con las concesiones territoriales extranjeras, sino que llegaron a los lugares más abandonados e inaccesibles del imperio para llevar asistencia, cultura, solidaridad, junto a la fe. El amor de los misioneros hacia los chinos, que superaba al de su patria de origen, es algo evidente en Mons. Simeone Volonteri (1873-1904) del PIME, que junto a otros misioneros rechazaron el “protectorado” de Italia. Después de la revuelta nacionalista de los Boxers, también se negaron a recibir el “botín de guerra” que se les garantizaba por la victoria de Italia, y pidieron volcarlo a las obras de beneficencia en favor de los chinos. [1]. Ante tan transparente testimonio, Mons. Volonteri recibe del emperador el título de “Gran mandarín del Imperio chino”.

El silencio de Xi Jinping sobre estos hechos muestra una falta de conocimientos históricos o –con mayor probabilidad- una visión ideológica de la historia. En China, desde Mao en adelante, la religión, y el catolicismo en particular, fueron rotulados como “siervos del imperialismo”, con la mera intención de mimetizarse con la Unión soviética, que se había embarcado en una furiosa guerra contra las religiones.  

Esta visión, ideológica –según la cual las religiones son fuente de todos los males posibles- aún hoy sigue presente en China, y es sostenida por el ala más radical del Partido, que acecha en el seno del Frente Unido y en la Administración estatal de asuntos religiosos. Dicha ala radical es enemiga del acuerdo firmado por el Vaticano y China y continúa oprimiendo a obispos, sacerdotes y fieles con su ideología de una “Iglesia independiente”, aunque el acuerdo admita que el Papa es la cabeza de la Iglesia católica china. Si Xi Jinping viene a Italia y no realiza una visita al Vaticano –una cita que es habitual en todos los jefes de Estado del mundo- es simplemente porque no quiere verse “desautorizado por la izquierda”, por esta fronda ideológica, que usa la religión incluso hasta para combatir a su presidente.  

Lo mismo puede decirse sobre el silencio mantenido respecto a la Revolución Cultural (1966-1976). En aquél período, Italia y el Partido Comunista italiano se transformaron en los grandes defensores del experimento chino de extremismo marxista. Políticos, grupos, manifestaciones en Italia alababan a China y su revolución, que eran vistas como “el paraíso de los trabajadores”, el “lugar de la justicia”, y Mao Zedong, como dios benévolo que ofrecía sus perlas de sabiduría para hacer crecer al nuevo mundo. Sin embargo, con la guerra civil que él empujó a librar, Mao trató de ocultar los fracasos del Gran Salto adelante (que provocó alrededor de 50 millones de muertos, casi todos por hambrunas), eliminando a sus enemigos personales. En este caso, la miopía histórica pudo ser atribuida a Italia y a los partidos de izquierda, que se pavoneaban con las imágenes luminosas de la revolución, escondiendo bajo la alfombra la sangre y el polvo de los mismísimos chinos. Y jamás hicieron un “mea culpa” por ello.  

Sin embargo, todavía hoy, en China –y por voluntad expresa de Xi Jinping- no se puede estudiar ni juzgar este período de “gran caos”: la “perestroika” está prohibida, por temor a que esta conduzca al mismo resultado de la URSS: la caída del Partido comunista chino. Quizás, la prohibición también se deba al hecho de que hay demasiadas cosas en China –el control sobre los medios, sobre la descendencia, las religiones y el comercio con el exterior- que tienen un aire de Revolución Cultural.    

En un solo de violín, los silencios exaltan todavía más el son de la melodía. En el artículo de Xi, por el contrario,  estos silencios dan cuenta de la debilidad de su posición, a mitad de camino entre un “canto de las sirenas”, para empujar a Italia a la colaboración estratégica con Beijing por fuera de la Unión Europea- y un grito de socorro para sostener su imagen, peligrosamente amenazada en su suelo patrio por los sectores “de izquierda” [alienados como] enemigos.

 


[i] Cfr. GHEDDO P., PIME, 150 años de misión (1850-2000), Boloña, 2000, págs. 609-subsig.

     

 

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