07/09/2017, 18.46
VATICANO - COLOMBIA
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Papa en Colombia: la reconciliación esté basada sobre la fuerza de la ley y sobre el perdón

En su primer encuentro en el país sudamericano Francisco recomienda la inclusión de todos los ciudadanos, en modo particular de los más débiles, tutela de la familia, de la vida y de la naturaleza. “Se necesitan leyes justas” para “ayudar a superar los conflictos que han destruido esta Nación por decenios; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino más bien por el deseo de resolver las cusas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia”

Bogotá (AsiaNews)- Reconciliación nacional basada en la fuerza de la ley y no sobre la ley del más fuerte, inclusión de todos los ciudadanos, en modo particular de los más débiles, tutela de la familia, de la vida y de la naturaleza. Es el deseo del Papa dirigió a Colombia, en su primera intervención, hoy en Bogotá, frente a las autoridades políticas y religiosas, el cuerpo diplomático, empresarios y representantes de la sociedad civil y de la cultura (en la foto).

A la cita en el palacio presidencial, llamada “Casa de Nariño”, Francisco llegó a las 9 (hora local), escoltado por un grupo de militares a caballo. Fue recibido por el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos Calderón-premio Nobel de la paz- y por su esposa, María del Carmen Rodríguez Múnera, vestida insólitamente de blanco, el Papa fue acompañado a la Plaza de Armas del Palacio, donde estaban reunidas unas 700 personas. Coros, un nutrido grupo de niños, se encendió una antorcha con forma de paloma que han precedido al saludo del presidente, que agradeció la visita y habló de paz, reconciliación y perdón en un país “único en el mundo” que “quiere ser “un monumento a la paz”.

El Papa ante todo aprovechó de este encuentro y dijo: “Que me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. En el último año ciertamente se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo”.

“El lema de este País dice: «Libertad y Orden». En estas dos palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Sólo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales (cf. ibíd., 202)”.

“En esta perspectiva, los animo a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados. Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos de «pura sangre», sino con todos. Y aquí radica la grandeza y belleza de un País, en que todos tienen cabida y todos son importantes. En la diversidad está la riqueza. Pienso en aquel primer viaje de san Pedro Claver desde Cartagena hasta Bogotá surcando el Magdalena: su asombro es el nuestro. Ayer y hoy, posamos la mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos. La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no se les ha dado, o no se les reconoce. También detenemos la mirada en la mujer, su aporte, su talento, su ser «madre» en las múltiples tareas. Colombia necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza”.

“La Iglesia, en fidelidad a su misión, está comprometida con la paz, la justicia y el bien de todos. Es consciente de que los principios evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social colombiano, y por eso pueden aportar mucho al crecimiento del País; en especial, el respeto sagrado a la vida humana, sobre todo la más débil e indefensa, es una piedra angular en la construcción de una sociedad libre de violencia. Además, no podemos dejar de destacar la importancia social de la familia, soñada por Dios como el fruto del amor de los esposos, «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (ibíd., 66). Y, por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz —como dice la letra de vuestro himno nacional—“.

El Papa, que les recomendó cuidar las bellezas naturales del país, concluyó su discurso citando un paso de Gabriel García Márquez: «Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera». Es posible entonces, continúa el escritor, «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra» 

 

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