18/03/2016, 15.37
VATICANO
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Papa: “la unidad humilde y obediente” es la “vía maestra” para custodiar el carisma de un movimiento

Al encontrarse con 10.000 miembros de Camino neocatecumenal, Francisco habla de unidad, gloria y mundo. La centralidad de la comunión en la Iglesia, que expresa su fecundidad “a través del ministerio y la guía de los Pastores”. La gloria es la que “se revela en la cruz: es el amor, que allí resplandece y se difunde”. Dios no es atraído por la mundanidad, sino que por el contrario, la detesta; pero ama el mundo que ha creado, y ama a sus hijos en el mundo así como son, allí donde viven, incluso si están “alejados”.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – “La unidad humilde y obediente” es la “vía maestra” para custodiar el carisma de un movimiento y así evitar que el mismo, “una gracia de Dios para aumentar la comunión”, pueda “deteriorarse cuando nos cerramos o jactamos, cuando nos queremos distinguir de los demás”. La comunión en la Iglesia, que expresa su fecundidad “a través del ministerio y de la guía de los Pastores” fue el centro de las palabras que Francisco que esta mañana dirigió a las casi 10.000 personas pertenecientes al Camino neocatecumenal,  que fueron recibidas en ocasión del envío de 56 missio ad gentes formadas por cerca de 270 familias con más de 1.500 hijos : 14 misiones irán a Asia; 30 a Europa; 6 a África; 4 a Oceanía y 2 a América.

En su discurso, el Papa –que habló de “don” del Camino por la respuesta a la llamada a evangelizar- subrayó tres palabras “como un mandato para la misión: unidad, gloria, y mundo”.

La unidad. La última y “más sentida” oración de Jesús es que “haya comunión en la Iglesia. La comunión es esencial. El enemigo de Dios y del hombre, el diablo, no puede nada contra el Evangelio, contra la humilde fuerza de la oración y de los Sacramentos, pero puede hacer mucho mal a la Iglesia tentando nuestra humanidad. Provoca la presunción, el juicio sobre los otros, las cerrazones, las divisiones.  El mismo es “el que divide”, y comienza a menudo haciéndonos creer que somos buenos, quizás  mejor que los demás: así tienen el terreno listo para sembrar cizaña. Es la tentación de todas las comunidades y puede insinuarse incluso en los carismas más bellos de la Iglesia. Vosotros – prosiguió- habéis recibido un gran carisma, carisma para la renovación bautismal de la vida. Se entra a la Iglesia por el Bautismo. Cada carisma es una gracia de Dios para acrecentar la comunión. Pero el  carisma puede deteriorarse cuando nos cerramos o jactamos, cuando nos queremos distinguir de los demás. Por eso, es necesario custodiarlo. Custodiar vuestro carisma. ¿Cómo? Siguiendo la vía maestra: la unidad humilde y obediente. Si ésta está, el Espíritu Santo continúa obrando, como hizo con María, abierta, humilde y obediente. Es siempre necesario vigilar el carisma, purificando los eventuales excesos humanos mediante la búsqueda de la unidad con todos y la obediencia a la Iglesia.  Así, se respira en la Iglesia y con la Iglesia; así se sigue siendo hijos dóciles de la «Santa Madre Iglesia Jerárquica», con «el ánimo aparejado y pronto» para la misión (cfr San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 353)”.

“Subrayo este aspecto: la Iglesia es nuestra Madre. Así como los hijos llevan impresa en su rostro la semejanza con la mamá, de la misma manera todos nosotros nos asemejamos a nuestra Madre Iglesia. Luego del Bautismo ya no vivimos más como individuos aislados, sino que nos hemos vuelto hombres y mujeres de comunión, llamados a ser agentes de comunión en el mundo. Porque Jesús no sólo ha fundado la Iglesia para nosotros, sino que nos ha fundado a nosotros como Iglesia. La Iglesia no es un instrumento para nosotros: nosotros somos Iglesia.  De ella hemos renacido, por ella somos alimentados con el Pan de vida, de ella recibimos palabras de vida, somos perdonados y acompañados a casa. Esta es la fecundidad de la Iglesia, que es Madre: no una organización que busca adeptos, o un grupo que va adelante siguiendo la lógica de sus ideas, sino una Madre que transmite la vida recibida de Jesús”. Esta fecundidad se expresa a través del ministerio y la guía de los Pastores. Incluso la institución es, de hecho, un carisma, porque hunde sus raíces en la misma fuente, que es el Espíritu Santo. Él es el agua viva, pero el gua puede continuar dando vida sólo si planta es bien cuidada y podada. Saciaos en la fuente del amor, el Espíritu, y cuidad, con delicadeza y respeto, del entero organismo eclesial, especialmente de sus partes más frágiles, para que todo él crezca unido, armonioso y fecundo”.

“Segunda palabra: gloria. Antes de Su Pasión, Jesús preanuncia que será “glorificado” en la cruz: allí aparecerá su gloria (Jn 17,5). Pero es una gloria nueva: la gloria mundana se manifiesta cuando se es importante, admirado, cuando se tienen bienes y éxito. En cambio, la gloria de Dios se revela en la cruz; es el amor, que allí resplandece y se difunde. Es una gloria paradojal:  sin fragor, sin ganancias y sin aplausos. Pero sólo esta gloria vuelve al Evangelio fecundo. Así, la Madre Iglesia es fecunda cuando imita el amor misericordioso de Dios, que se propone, pero jamás se impone. El mismo es humilde, actúa como la lluvia sobre la tierra, como el aire que se respira, como una pequeña semilla que lleva en sí el fruto en silencio. Quien anuncia el amor no puede sino hacerlo con el mismo estilo de amor”.

La tercera palabra es “mundo. « Dios ha amado tanto al mundo » que envió a Jesús (Cfr. Jn 3,16). Quien ama no está lejos, sino que va al encuentro. Ustedes irán al encuentro de tantas ciudades, de tantos países. Dios no es atraído por la mundanidad, sino que por el contrario, la detesta; pero ama el mundo que ha creado, y ama a sus hijos en el mundo así como son, ahí donde viven, incluso si están “alejados”. No será fácil la vida en países lejanos, en otras culturas, no les será fácil, ¡eh! Pero es su misión. Y esto lo hacen por amor, por amor a la Madre Iglesia, a la unidad de esta madre fecunda; lo hacen para que la Iglesias sea madre fecunda. Muestren a los hijos la mirada tierna del Padre y consideren un don las realidades que encontrarán; familiaricen con las culturas, las lenguas y los usos locales, respetándolas y reconociendo las semillas de gracia que el Espíritu ha ya sembrado. Sin ceder a la tentación de trasplantar modelos adquiridos, siembren el primer anuncio: “lo que es más bello, más grande, más atrayente y al mismo tiempo más necesario” (Exh. Ap. Evangelii gaudium, 35). Es la buena noticia que debe siempre regresar, de lo contrario la fe corre el riesgo de convertirse en una doctrina fría y sin vida. Evangelizar como familias, luego, viviendo la unidad y la simplicidad, es ya un anuncio de vida, un hermoso testimonio, por el cual les agradezco mucho. Y les agradezco, en nombre mío, pero también en nombre de toda la Iglesia por este gesto de ir, pero ir hacia lo desconocido y sufrir. Porque habrá sufrimiento ahí, pero también habrá la alegría de la gloria de Dios, la gloria que está en la Cruz. Los acompaño y los animo, y les pido, por favor, no olvidarse de rezar por mí. Yo me quedo aquí, pero con el corazón voy con ustedes.”.

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