13/04/2016, 13.09
VATICANO
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Papa: En Lesbos para estar cerca de los refugiados. Oren por mí

En la Audiencia general Francisco comenta la vocación de Mateo, un pecador ante los ojos del mundo: "La Iglesia no es una comunidad perfecta, sino de discípulos en camino, que siguen al Señor porque se reconocen pecadores y necesitados de su perdón. La vida cristiana es, pues, una escuela de humildad que nos abre a la gracia". La arrogancia y el orgullo "es una pared de prevención de la relación con Dios". Después de la catequesis un llamamiento: "Voy a ir a Grecia para expresar simpatía y solidaridad con los migrantes, y el pueblo griego que los acoge tan generosamente".

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) - El viaje de Papa Francesco a Lesbos "junto con mis hermanos al Patriarca de Constantinopla Bartolomé y el Arzobispo de Atenas y de toda Grecia Hieronymos" se acordó "para expresar simpatía y solidaridad tanto con los refugiados como con los ciudadanos de Lesbos y todo el pueblo griego tan generosos en la acogida. Acompáñenme con la oración". Dijo el Papa después de la audiencia general, dedicada hoy a la llamada de Mateo.

Este, dijo el Papa, "era un recaudador de impuestos y, por tanto, se consideraba como un pecador público. Pero Jesús lo llamó a seguirlo y convertirse en su discípulo". Esta llamada provoca escándalo entre los fariseos y discípulos, porque para ellos Cristo no debe sentarse con los pecadores, o llamarlos a ser sus discípulos: "Llamando a Mateo, Jesús muestra a los pecadores que no se fija en el pasado, la condición social, las convenciones externas, sino más bien se les abre un nuevo futuro. Una vez oí un dicho bueno: ‘No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro'. Esto es lo que hace Jesús".

La Iglesia, en efecto, "no es una comunidad perfecta, sino de discípulos en camino, que siguen al Señor porque se reconocen pecadores y necesitados de su perdón. La vida cristiana es, pues, una escuela de humildad que nos abre a la gracia".

Este comportamiento no es entendido por aquellos que, con presunción, se creen mejor que otros: “Soberbia y orgullo no permiten reconocerse necesitados de salvación, más bien, impiden ver el rostro misericordioso de Dios y de actuar con misericordia. Son un muro. La soberbia, el orgullo son un muro que impiden la relación con Dios. Sin embargo, la misión de Jesús es justamente esa: viene en busca de cada uno de nosotros para sanar nuestras heridas y nos llama a seguirlo con amor".

“Si los fariseos ven en los invitados sólo pecadores y rechazan sentarse con ellos, Jesús por el contrario les recuerda que también ellos son comensales de Dios. De este modo, sentarse en la mesa con Jesús significa ser transformados por Él y salvados. En la comunidad cristiana la mesa de Jesús es doble: está la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía (cfr Dei Verbum, 21). Son estas las medicinas con las cuales el Médico Divino nos cura y nos nutre. Con la primera -la Palabra- Él se revela y nos invita a un diálogo entre amigos. Jesús no tenía miedo de dialogar con los  publicanos, los pecadores, las prostitutas, Él no tenía miedo, amaba a todos. Su Palabra nos penetra y, como un bisturí, actúa profundamente para liberarnos del mal que se anida en nuestra vida”.

A veces, subraya Francisco, "esta Palabra es dolorosa porque incide sobre hipocresías, desenmascara las falsas escusas, mete al desnudo las verdades escondidas; pero al mismo tiempo ilumina y purifica, da fuerza y esperanza, es un reconstituyente valioso en nuestro camino de fe. La Eucaristía, por su parte, nos nutre de la vida misma de Jesús y, como un poderoso remedio, renueva en modo misterioso continuamente la gracia de nuestro Bautismo. Acercándose a la Eucaristía nosotros nos nutrimos del Cuerpo y la Sangre de Jesús, y sin embargo, viniendo a nosotros, ¡es Jesús que nos une a su Cuerpo!".

Concluyendo aquel diálogo con los fariseos, Jesús les recuerda una palabra del profeta Oseas (6,6): «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios» (Mt 9,13). Dirigiéndose al pueblo de Israel el profeta le reclama por que las oraciones que hacía eran palabras vacías e incoherentes. A pesar de la alianza de Dios y la misericordia, el pueblo vivía frecuentemente con una religiosidad “de fachada”, sin vivir en profundidad el mandamiento del Señor. Es por eso que el profeta insiste: “Yo quiero misericordia”, es decir la lealtad de un corazón que reconoce los propios pecados, que se arrepiente y vuelve a ser fiel a la alianza con Dios, “y no sacrificios”: ¡sin un corazón arrepentido cada acción religiosa es ineficaz! Jesús aplica esta frase profética también a las relaciones humanas: aquellos fariseos era muy religiosos en la forma, pero no estaban dispuestos a compartir la mesa con los publicanos y los pecadores; no reconocían la posibilidad de un arrepentimiento y por eso, de una curación; no colocan en primer lugar la misericordia: siendo fieles custodios de la Ley, ¡demostraban no conocer el corazón de Dios! Es como si a ti, te regalaran un paquete, donde dentro hay un regalo y tú, en lugar de ir a buscar el regalo, miras sólo el papel que lo envuelve, sólo las apariencias, la forma, y no el centro, el regalo que viene dado”.

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