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VATICANO
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Papa: el amor de Jesús ‘crea puentes, enseña nuevos caminos, activa el dinamismo de la fraternidad’

El ‘nuevo mandamiento’ de Jesús, “ámense como yo los he amado”. “Él nos pide amarnos unos a otros, pero no solo y no tanto con nuestro amor, sino con el suyo, que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones, si lo invocamos con fe. De este modo -y solamente así- nosotros podemos amarnos unos a otros, no como nos amamos a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado, es decir, inmensamente más”.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – Amar con el amor que Jesús ha tenido por nosotros “nos abre al otro, y se vuelve el fundamento de las relaciones humanas. Nos torna capaces de superar las barreras de las propias debilidades y prejuicios, crea puentes, enseña nuevos caminos, activa el dinamismo de la fraternidad”. Es lo que ha subrayado el Papa Francisco en las palabras que hoy dirigió a los fieles antes del rezo del Regina Caeli.

Francisco recordó, a las 20.000 personas presentes en la Plaza San Pedro para el rezo de la oración mariana, que “el Evangelio de hoy nos conduce al Cenáculo, para hacernos escuchar algunas palabras que Jesús dirige a los discípulos en el ‘discurso de despedida’, antes de su Pasión. Luego de lavar los pies a los Doce, Él les dice: «Les doy un mandamiento nuevo: ámense unos a otros. Como yo los amé, así deben amarse unos a otros» (Jn 13,34). ¿En qué sentido Jesús llama ‘nuevo’ a este mandamiento? Sabemos que en el Antiguo Testamento, Dios había ordenado a los miembros de su pueblo que amasen al prójimo como a sí mismos (cfr Lev 19,18). Jesús mismo, a quien le preguntaba cuál era el mandamiento más importante de la Ley, respondía que el primero es amar a Dios con todo el corazón, y el segundo amar al prójimo como a sí mismos (cfr. Mt 22,38-39)”.

“Entonces, ¿cuál es la novedad de esta mandamiento que Jesús confía a sus discípulos? El antiguo mandamiento del amor se ha vuelto nuevo, porque ha sido completado con este agregado: «como yo los he amado». Ámense como yo los he amado. Toda la novedad está en el amor de Jesucristo, aquél por el cual Él ha dado su vida por nosotros. Se trata del amor de Dios, universal, sin condiciones ni límites, que halla su culmen en la cruz. En ese momento de extrema humillación y abandono al Padre, el Hijo de Dios ha mostrado y ha entregado al mundo la plenitud del amor. Volviendo a meditar la pasión y la agonía de Cristo, los discípulos comprendieron el significado de aquellas palabras suyas: «Como yo los he amado, de esta manera ámense ustedes, unos a otros». Jesús nos ha amado primero, nos ha amado a pesar de nuestras fragilidades, de nuestros límites y de nuestras debilidades humanas. Fue Él quien nos hizo dignos de su amor, que no sabe de límites y no termina más. Dándonos el mandamiento nuevo, Él nos pide amarnos entre nosotros no solo y no tanto con nuestro amor, sino con el suyo, que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones si lo invocamos con fe.  De este modo -y solamente así- podemos amarnos unos a otros, pero como Él nos ha amado, es decir, inmensamente más. En efecto, Dios nos ama muchos más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos. Y de esta manera, podemos difundir por todas partes la semilla del amor que renueva las relaciones entre las personas y abre horizontes de esperanza”. “Este amor nos transforma en hombres nuevos, hermanos y hermanas en el Señor, y hace de nosotros el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, en la cual todos son llamados a amar a Cristo y en Él, a amarse mutuamente”.

“El amor que se ha manifestado en la Cruz de Cristo y que Él nos llama a vivir es la única fuerza capaz de transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne; la única fuerza capaz de transformar nuestro corazón es el amor de Jesús, el amor que nos vuelve capaces de amar a los enemigos y de perdonar a quien nos ha ofendido. Que cada uno de nosotros se pregunte: ¿soy capaz de amar a mi enemigo, a quien me ha ofendido?”. “El amor de Jesús nos abre al otro, y se vuelve el fundamento de las relaciones humanas.  Nos torna capaces de superar las barreras de las propias debilidades y prejuicios, crea puentes, enseña nuevos caminos, activa el dinamismo de la fraternidad. Que la Virgen María nos ayude, con su maternal intercesión, a recibir de su Hijo Jesús el don de su mandamiento, y del Espíritu Santo, la fuerza de practicarlo en la vida de todos los días”.

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