07/04/2019, 13.50
VATICANO
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Papa: el perdón de Dios por nuestros pecados ‘nos reconcilia y nos da la paz’

El episodio evangélico de la adúltera “nos invita, a cada uno de nosotros, a tomar conciencia de que somos pecadores y a dejar caer de nuestras manos las piedras de la denigración, de la condena y de las habladurías, que a veces queremos arrojar contra los demás”.

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – La Cuaresma es la ocasión para pedir a Dios ese perdón por nuestros pecados que “nos reconcilia y nos da paz”. Es la enseñanza que el Papa Francisco ha extraído del episodio evangélico de la adúltera, propuesto por la liturgia de hoy.

Ante las 30.000 personas presentes en Plaza San Pedro para el rezo del Ángelus, Francisco resaltó que en el episodio de la mujer adúltera (cfr. Juan 8,1-11) “hay dos actitudes que se contraponen: la de los escribas y fariseos por una parte, y la de Jesús, por otra. Los primeros quieren condenar a la mujer, porque se sienten tutores de la Ley y de su fiel aplicación. Jesús, en cambio, la quiere salvar, porque Él encarna la misericordia de Dios que, perdonando, redime y reconciliando, renueva. Veamos entonces el hecho.  Mientras Jesús está enseñando en el templo, los escribas y los fariseos lo llevan hasta una mujer que ha sido sorprendida cometiendo adulterio; la colocan en el medio y le preguntan a Jesús si hay que lapidarla, tal como prescribe la Ley de Moisés.

El Evangelista aclara que ellos plantean esta pregunta «para ponerlo a prueba y tener un motivo para acusarlo» (v. 6). Vean la maldad de esta gente. Se puede suponer que su propósito fuera este: el ‘no’ a la lapidación hubiera sido un motivo para acusar a Jesús de desobediencia a la Ley; el ‘sí’, para denunciarlo ante la autoridad romana, que se había arrogado facultades en lo relativo a las sentencias y que no admitía el linchamiento popular. Y Jesús debe responder”.

“Los interlocutores de Jesús están cerrados en los cuellos de botella del legalismo y quieren encerrar al Hijo de Dios en su perspectiva de juicio y condena. Pero Él no ha venido al mundo para juzgar y condenar, sino para salvar y ofrecer a las personas una vida nueva. ¿Y cómo reacciona Jesús frente a esta prueba? Ante todo, permanece un momento en silencio, y se inclina, para escribir sobre el suelo con el dedo, casi como para recordar que el único Legislador y Juez es Dios, que había escrito la ley sobre la piedra. Y luego dice: «Quien de ustedes esté sin pecado, arroje la primera piedra contra ella» (v. 7). De esta manera, Jesús apela a la conciencia de esos hombres: ellos se sentían los ‘paladines de la justicia’, pero Él reclama la conciencia de su condición de hombres pecadores, en virtud de la cual no pueden arrogarse el derecho de la vida o la muerte sobre uno de sus semejantes. El Evangelio dice que llegado ese momento, uno tras otro, comenzando por los más ancianos – es decir, los más expertos en sus miserias- se fueron, todos, renunciando a lapidar a la mujer. Esta escena nos invita a cada uno de nosotros a tomar conciencia de que somos pecadores, a dejar caer de nuestras manos las piedras de la denigración, de la condena y de las habladurías, que a veces queremos arrojar contra los demás. Cuando hablamos mal de los demás somos como estos”.

“Al final, Jesús y la mujer se quedan solos, allí, en el medio: «la mísera y la misericordia», dice San Agustín (In Joh 33,5). Jesús es el único sin culpa, el único que podría arrojar la piedra contra ella, pero no lo hace, porque Dios ‘no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva’ (cfr.  Ez 33,11). Y Jesús despide a la mujer con estas palabras estupendas: «Vete y de ahora en adelante no peques más» (v. 11). Él abre ante ella un camino nuevo, creado por la misericordia, un camino que requiere de su compromiso de no pecar más. Es una invitación que vale para cada uno de nosotros. Jesús, cuando nos perdona, siempre abre un camino nuevo. En este tiempo de Cuaresma se nos llama a reconocernos pecadores y a pedir perdón a Dios. Y el perdón, a su vez, mientras nos reconcilia y nos da la paz, nos hace recomenzar una historia renovada. Cada conversión verdadera tiende a un futuro nuevo, a una vida nueva, bella, libre del pecado, generosa. No tengan miedo de pedir perdón a Jesús, que nos abre un camino nuevo. Que la Virgen María nos ayude a dar testimonio ante todos del amor misericordioso de Dios que, en Jesús, nos perdona y vuelve nueva nuestra existencia, ofreciéndonos siempre nuevas posibilidades”.   

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