06/07/2018, 16.36
VATICANO
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Papa: emigrantes, ‘respeto por los derechos y por la dignidad de todos’

Francisco celebró una misa con ocasión del quinto aniversario de su visita a la isla de Lampedusa. “La hipocresía estéril de quien no quiere ‘ensuciarse las manos’”, es “una tentación muy presente incluso en nuestros días, que se traduce en una cerrazón en relación a cuantos tienen derecho, como nosotros, a la seguridad y a una vida en condiciones dignas, y que construye muros, reales o imaginarios, en lugar de puentes”.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – La “hipocresía estéril de quien no quiere ‘ensuciarse las manos’” ayudando a quien está necesitado, como los migrantes, es “una tentación muy presente también en nuestros días, que se traduce en una cerrazón en relación a cuantos tienen derecho, como nosotros, a la seguridad y a una vida en condiciones dignas, y que construye muros, reales o imaginarios, en lugar de puentes”. Una invitación a la solidaridad y una advertencia contra el egoísmo fueron el punto central de la misa que el Papa Francisco celebró hoy, con ocasión del quinto aniversario de su visita a la isla de Lampedusa.

En la basílica de San Pedro, donde estuvieron presentes cerca de 200 refugiados y personas que se ocupan de ellos, el Papa afirmó que “una política justa es aquella que se pone al servicio de la persona, de todas las personas interesadas, es la que prevé soluciones tendientes a garantizar la seguridad, el respeto de los derechos y de la dignidad de todos; que sabe orientarse al bien del propio país, teniendo en cuenta el de los demás países, en un mundo cada vez más inter-conectado”.

Francisco –que al término de la celebración saludó, uno por uno, a los refugiados presentes- recordó que “hace cinco años, durante mi visita a Lampedusa, al recordar a las víctimas de los naufragios, me hice eco del perenne reclamo a la responsabilidad humana: «¿Dónde está tu hermano? La voz de su sangre clama hasta mí’, dice Dios. Esta no es una pregunta dirigida a los demás, es una pregunta que va dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros» (Enseñanzas 1 [2013], vol. 2, 23). Lamentablemente, las respuestas a este reclamo, aunque generosas, no han sido suficientes, y hoy nos encontramos llorando a miles de muertos”.

“El Señor –siguió diciendo- promete descanso y liberación a todos los oprimidos del mundo, pero necesita de nosotros para que su promesa se vuelva eficaz. Necesita de nuestros ojos, para ver las necesidades de los hermanos y de las hermanas. Necesita de nuestras manos, para socorrer. Necesita de nuestra voz, para denunciar las injusticias cometidas en el silencio –tal vez, cómplice- de muchos. En efecto, debería hablar de muchos silencios: el silencio del sentido común, el silencio del ‘siempre se ha hecho así’, el silencio del ‘nosotros’ contrapuesto al ‘ustedes’. Sobre todo, el Señor necesita de nuestro corazón para manifestar el amor misericordioso de Dios hacia los últimos, los rechazados, los abandonados, los marginados”.

“Ante los desafíos migratorios de hoy, la única respuesta sensata es la de la solidaridad y la de la misericordia; es una respuesta que no hace demasiados cálculos, sino que exige un división equitativa de las responsabilidades, una valoración honesta y sincera de las alternativas, y una gestión prudente”.

“El Salmista nos ha indicado la actitud justa a asumir en la conciencia, ante Dios: «Elegí el camino de la fidelidad, he puesto tus juicios delante de mí» (Sal 119,30). Un compromiso de fidelidad y un juicio recto, que esperamos llevar adelante junto a los gobernantes de la tierra y a las personas de buena voluntad. Por eso, sigamos con atención el trabajo de la comunidad internacional para responder a los desafíos planteados por las migraciones contemporáneas, armonizando sabiamente solidaridad y subsidiaridad, e identificando recursos y responsabilidades”.  

Por último, Francisco quiso concluir diciendo algunas palabras -significativamente, en español- para expresar su “agradecimiento” a los socorristas, “por encarnar hoy la parábola del Buen Samaritano, quien se detuvo a salvar la vida del pobre hombre golpeado por los bandidos, sin preguntarle quién era, su procedencia, sus razones de viaje o sus documentos” (…) “Les pido que sigan siendo testigos de la esperanza en un mundo cada día más preocupado por su presente, con muy poca visión de futuro y reacio a compartir”.

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