07/10/2019, 18.03
SINGAPUR
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Singapur, la arquidiócesis aclara la relación entre hombre y naturaleza

Una idea popular es que Dios y la naturaleza son la misma cosa: estar “cerca de la naturaleza” o “en unión con el cosmos” no es ser santos. “La excesiva espiritualización de la Creación puede terminar en medidas que desvalorizan a la persona humana y su desarrollo integral”.

 

Singapur (AsiaNews)- El Sínodo sobre la Amazonia iniciado ayer y los movimientos internacionales de protesta contra el cambio climático hacen del tema de la ecología argumento de debate también entre los católicos. Muchas de las soluciones que grupos de interés y populares ideologías ofrecen para proteger el ambiente contrastan con las enseñanzas de la Iglesia en materia de relación entre los seres humanos y la naturaleza. Ellas no llevan hasta negar al hombre el rol de “vértice de la obra de la creación”. Proponemos a continuación una reflexión publicada por la arquidiócesis de Singapur, que define “fundamental” la distinción entre “ecología profunda” y doctrina social católica; en particular, en los juicios sobre la demografía y sobre el uso de la técnica. (Traducción a cargo de AsiaNews). 

El ser humano y nuestra relación con la naturaleza

¿Desarrollar una energía renovable? ¿Control de la población? ¿Castigar a quién contamina? ¿Volver a la naturaleza? ¿Explorar el espacio? Estas soluciones y otras más, fueron propuestos por una miríada de grupos de interés por los muchos problemas ambientales que nuestro mundo debe afrontar. ¿Pero todas las opciones son igualmente válidas y moralmente aceptables? Ya que nuestras convicciones sobre las relaciones entre lo seres humanos y el mundo natural influencian las soluciones que proponemos y aquellas que no lo son.

La naturaleza (o el universo) no es Dios

Una idea popular es que Dios y la naturaleza son la misma cosa: estar “cerca de la naturaleza” o “en unión con el cosmos” es ser santos. Pero esto es equivocado. San Francisco, el santo patrono de la ecología, distinguía en modo claro entre Dios y la naturaleza: “Su respuesta a la naturaleza era la de alabar a su Creador y a amar a las criaturas...ellas no son como la Eucaristía, identificados con Dios mismo” (Francisco de Asís: Una nueva biografía, del p. Augustine Thompson Op.).

Es alentador alabar a la Tierra como “sagrada”, ya que nutre nuestros cuerpos y- a diferencia del Dios del cristianismo-no no hace pedidos morales incómodos. Pero esta ideología, llamada panteísmo, puede terminar en un rechazo de la actividad humana y de los beneficios de la ciencia y de la tecnología; éstos incluyen la capacidad de la Tierra se sostener a muchas más personas respecto a la eventualidad de un retorno suyo a una idealizado “estado natural”.

El ser humano no es sólo un organismo entre tantos

La versión secular del panteísmo es la ecología profunda; la idea que el mundo natural exista en perfecto equilibrio y que la humanidad no tenga “derecho alguno” de interferir con este. Somos simplemente una especie sobre millones, no más especiales de los pájaros o las bacterias. Los ecólogos profundos rechazan la enseñanza de la Iglesia, según la cual existe una jerarquía de la Creación y que “el hombre es el vértice de la obra de la creación” (Catecismo de la Iglesia católica, 343) con la tarea de administrar el todo.

Ya que al modo de ver de ellos el ser humano no tiene ningún derecho intrínsico de existir, la solución a la crisis ecológica es la de detener la población. El filósofo noruego Arne Naess propuso reducir la población a 100 millones de personas, ientras que el militante ambientalista David Foreman afirmó que las personas del Tercer Mundo debrían ser dejadas morir de hambre.

La idea que algunos deberían morir o se les deba impedir reproducirse, para que otros puedan mantener su tenor de vida, cubre a mala pena una mentalidad racista o eugenética, porque los pueblos del mundo en vías de desarrollo-que consuman menos recursos y son más vulnerables a los cambios climáticos- son a menudo los más señalados para la reducción.

Como subrayó el Papa Francisco en la Laudato Si, “culpara al incremento demográfico y no al consumismo extremo y selectivo de algunos, es un modo para no afrontar los problemas”. Las decisiones sobre las dimensiones de la familia deben ser dejadas a las parejas casadas. La situación de estrategias nacionales coercitivas al respecto es una ofensa a la dignidad humana (Populorum progressio, 37). 

‘Natural’ no es siempre bueno; ‘Artificial’ no e siempre mal

La ecología profunda llevó a un “ambientalismo profundo”, la idea que la actividad humana sea negativa porque disturba el equilibrio de un mundo de otro modo perfectamente armonioso. Sus seguidores rechazan la urbanización, la industrialización y hasta la agricultura; consideran que pueden dañar y explotar a la Tierra. 

Pero la Iglesia católica reconoce ¡que la actividad humana es buena! Es una colaboración con Dios en el “llevar a la perfección la creación visible” (Catecismo de la Iglesia católica, 378). Jesús mismo no evitó la tecnología. Trabajó con instrumentos de carpintería y navegó en barcas (¡aún si podía caminar sobre las aguas!). Dijo a sus discípulos que sigan a Dios “observando Mi palabra (Jn, 14:23), no volviendo a la naturaleza. 

El Concilio vaticano II nos recuerda que “los cristianos, por lo tanto, no se sueñan ni siquiera contraponer los productos del ingenio y de la valentía del hombre a la potencia de Dios, casi que las victorias de la humanidad son signo de la grandeza de Dios y fruto de su inefable proyecto” (Gaudium et Spes, 34).

es moralmente correcto, por lo tanto, utilizar las capacidades que nos donó Dios para desarrollar tecnologías que alivien los efecto de los cambios climáticos, reduzcan nuestra dependencia de los combustibles en el curso de los siglos: para nutrir y curar, construir y educar, al final permitir a las personas con discapacidades vivir en un modo digno. 

La tecnología no es nuestro Salvador

Es alentador considerar al progreso tecnológico como un as en la manga, que puede salvarnos de los efectos de los cambios climáticos causados por los hombres. Pero también si las nuevas tecnologías fuesen en base de desarrollo- y se necesitarán años, en el caso, antes que puedan ser producidas en serie e implementadas en escala global-, debemos conscientemente elegir estilos de vida más respetuoso del ambiente, para no malgastar cualquier beneficio.

En cuanto custodios de la Creación, tengamos presentes que “el ambiente no es sólo materia de la cual disponer a nuestro placer”. Papa Benedicto XVI, Caritas in Veritate, 48). Los mejoramientos tecnológicos deben respetar la “gramática” que Dios puso en evidencia en la Creación y no tratarla como un obstáculo que hay que superar.

El estado decadente de la Creación significa que cada posible solución está dotada de un pro y un contra. Debemos usar nuestro juicio prudencial para evaluar los probables efectos-no sólo sobre el ambiente natural, sino también sobre la economía y sobre la sociedad, en particular sobre los más pobres y vulnerables.

Justamente como Moisés recordó a los israelitas “elige entonces la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio, 30:19), la actual crisis ecológica es una invitación a “revisar seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, está propenso al hedonismo y al consumismo, quedándose indiferente a los daños que de ellos derivan. Es necesario un efectivo cambio de mentalidad que no lleve a adoptar nuevos estilos de vida, en los cuales la búsqueda de lo verdadero y de los bueno y la comunión con los otros hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las elecciones de los consumos” (Caritas in Veritate, 51). 

Soluciones a la crisis ambiental

Las soluciones auténticas a la crisis ambiental deben provenir sólo de la correcta comprensión de nuestra relación con Dios, la humanidad y la naturaleza. La excesiva espiritualización de la Creación puede terminar en medidas que devalúan a la persona humana y a su desarrollo integral. Por otro lado, confiar en soluciones tecnológicas en vez que sobre el cambio social y ético es para nosotros una ocasión perdida de crecimiento en el amor del prójimo y de la Creación de Dios.  

 

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