09/02/2018, 14.14
BANGLADES
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Sor Roberta Pignone, de Italia a Bangladés, para servir a Dios entre los leprosos (Foto)

de Anna Chiara Filice

La misionera del PIME dirige el Damien Hospital de Khulna. Desde 2012, se han duplicado los casos de contagio del mal de Hansen. En 2017, se trataron 35 nuevos casos de lepra y 400 de tuberculosis. El destino de la misionera de Bangladés, “un don del Espíritu Santo”.  

Khulna (AsiaNews) – Una vida misionera dedicada al servicio de los leprosos del Bangladés. Es la historia de Sor Roberta Pignone, médica italiana y misionera de la Inmaculada, congregación femenina asociada al PIME (Pontificio instituto de misiones extranjeras). En vista de la Jornada mundial del Enfermo, que se celebrará el próximo domingo 11 de febrero, ella cuenta a AsiaNews su experiencia como directora del Damien Hospital de Khulna, en el sur del país. El centro fue abierto en 1986 por las co-hermanas, con el objetivo de tratar y prevenir los casos de lepra, desde el 2001 los de tuberculosis, y desde 2012 tambien los de Aids.  De pequeña, cuenta ella, “jamás imaginé que me volvería monja. Sentía ganas de hacer algo por los demás, y por eso elegí estudiar Medicina. Pero ni pensaba en convertirme en monja. Mucho menos, vivir en Bangladés. Y sin embargo, éste se convirtió en el país que Dios eligió para mí, para cumplir su misión.  

Al referirse a su experiencia misionera y vocacional, sor Roberta cuenta: “Tuve una experiencia con Jóvenes y Misión [camino espiritual para jóvenes, propuesto por el PIME, ndr] y fui enviada, justamente, a Bangladés. Aquí conocí a las misioneras de la Inmaculada y entendí que su modo de dar la vida por el Señor era lo que más coincidía con mi deseo de ser misionera y médica para los pobres, para los últimos. Luego, en obediencia, acepté Bangladés como destino misionero, y el trabajo en el hospital. Antes de entrar al convento, quería ser médica de familia y desempeñarme en un dispensario de pueblo. En cambio, aquí estoy en la ciudad y he acogido este destino como un don del Espíritu Santo. Yo no elegí nada, y tuve la responsabilidad de dirigir un hospital con apenas un año y medio de misión a mis espaldas. Me parecía que esto me excedía. Considerando todo lo que ha ocurrido en estos años, pienso que este hospital tiene sobre sí una bendición especial, que nos permite seguir adelante, aunque con grandes dificultades”.

Sor Roberta, de la clase 1971, nació en Monza. “Nací el mismo año en que Bangladés se declaró independiente –bromea-. Lo que más llevo en el corazón, es que después de la primera experiencia juvenil en Bangladés, abandoné todo para ser misionera. Y el Señor ha mantenido la promesa de hacerme volver al lugar donde me enamoré [de él]. La tierra donde todo comenzó para mí, es la tierra donde fui llamada a dar mi vida por esta gente. Esperemos que dure mucho tiempo más”.

Desde 2011 ella vive en Khulna, la tercera ciudad más importante del país. Su área metropolitana suma más de un millón y medio de habitantes, dedicados fundamentalmente a la agricultura y a la industria textil. Muchos sobreviven como trabajadores ocasionales y viven hacinados en slum (barracas populares). De este modo, explica sor Roberta, ”el riesgo de contagio de la enfermedad de Hansen aumenta de manera exponencial”.

Cuenta que en 1998, “la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que la lepra era una enfermedad erradicada. Pero no es así en Bangladés. En aquél momento cesó el interés mundial por la lepra y ya nadie se ocupó más de la investigación, tratamiento y diagnóstico de la enfermedad. Nuestro centro fue el único del país que continuó brindando el servicio para los enfermos”.

“Hoy –continúa – sufrimos los efectos negativos de esa pérdida de interés. Todos los años descubrimos nuevos casos de contagio ocurrido en el pasado, así como discapacidades graves causadas por la dolencia. El motivo es que durante años no se efectuó un trabajo de investigación sobre los pacientes”. La misionera cuenta que desde que asumió el cargo en el hospital, en noviembre de 2012, “lo casos se duplicaron. Si antes teníamos 15 pacientes por año, desde entonces han pasado a ser 35-36 por año”. El dato sólo abarca la ciudad de Khulna y sus alrededores: “El número es significativo, porque la literatura médica sostiene que los contagios se propagan en los campos más que en las ciudades. Paradójicamente, nuestra experiencia indica lo contrario”.

La atención médica “se brinda a todos, de manera indistinta –cristianos, musulmanes e hindúes- sin discriminación. Ni siquiera preguntamos a qué religión pertenecen”. La directora informa que el plantel “es inter-religioso y está compuesto por 35 empleados -10 personas que trabajan en el hospital y otras que se desplazan entre los centros donde tratamos la TBC-  más tres monjas. Nuestro trabajo se desarrolla principalmente en el territorio, y los pacientes son atendidos en los consultorios ambulatorios locales, donde se les administran los fármacos. Solo se hospitalizan los casos más graves. Por ejemplo, el peso promedio de una persona afectada por tuberculosis es de 30 kg, por eso hospitalizamos a los enfermos, para que ellos puedan descansar y comer bien.  Pero para los afectados por la tuberculosis, la hospitalización no es una situación fácil: si un padre falta de casa, no puede ir a trabajar para llevar comida a su familia. Por ese motivo, solemos ofrecer asistencia a domicilio, y llevamos también la comida y frazadas para el invierno. Por el contrario, en los casos de lepra, se hace necesaria la internación para aplicar la medicación diaria en las úlceras y para el seguimiento de las reacciones del sistema inmunitario a los fármacos”. En total, en el 2017, “hemos asistido a 35 casos nuevos de lepra, además de todos los enfermos crónicos que son atendidos a domicilio, más unos 400 enfermos de TBC”.  

En lo que respecta “a la terapia multi-farmacológica, es decir, el tratamiento combinado de antibióticos cuya posología es fijada por la OMS, las medicinas son brindadas por el gobierno. Nosotros, en cambio, ofrecemos gratuitamente todos los fármacos de apoyo, como vitaminas, analgésicos para los efectos colaterales, y para el tratamiento de las úlceras”. Los fondos de esta compleja maquinaria de asistencia “provienen de benefactores italianos”.

Entre los servicios que se ofrecen a los enfermos de lepra, agrega, “todos los martes, jueves y viernes por la tarde hay fisioterapia, tanto a domicilio como en el hospital. Ésta sirve para reducir la discapacidad. Pero sobre todo, siendo que la lepra se vincula con una pérdida de sensibilidad a nivel periférico [es decir, en las extremidades, ndr] también fabricamos zapatos con suelas acolchadas, que evitan la formación de las úlceras a nivel plantar”.  

La monja cuenta que el hospital trata “de sensibilizar a la población sobre la importancia de procurar atención médica. Por eso, involucramos a los directivos de las escuelas, a estudiantes y médicos locales. No obstante, nuestra experiencia nos enseña que la identificación de nuevos casos ocurre a través de los ex enfermos, que ya han probado sobre su propia piel los efectos de la enfermedad, y aconsejan a los demás que se sometan a los tratamientos. Les conferimos una gran responsabilidad: han sido curados, y los alentamos a ayudar a otros a curarse”.

“Es el Señor quien me quiere aquí –afirma, como conclusión, la monja- y me da la fuerza para llevar adelante esta tarea que es mucho más grande que yo y que mis capacidades. Estoy en Bangladés, en el extremo confín de la tierra, en la frontera con el bosque de Bengala, curando a los últimos de la tierra, porque de los enfermos de lepra no se ocupa nadie. Cada día, esta conciencia me fortalece”. Frente a la sorpresa “de la población bangladesí, para la cual es difícil comprender cómo es posible que una mujer soltera haya abandonado su tierra, es gratificante saber que algunos enfermos consideran este hospital como su segundo hogar. En nuestro estar aquí no hay ningún intento de conversión. Llevamos esperanza, un estilo de vida distinto y ayuda a los últimos”.

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