11/07/2018, 15.07
JAPÓN
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Superior del PIME en Japón: Evangelizar es enseñar una humanidad ‘evangélica’, en la relación con uno mismo y con el mundo

de Maddalena Tomassini

Japón tiene una “sociedad que tiene la apariencia de ser perfecta”, pero que aplasta a los individuos. Evangelizar es educar en el encuentro con Jesús, en la sociedad propia. La “barrera insuperable” de la muerte. A través de workshops, ayudar a los jóvenes a descubrirse en la relación consigo mismo, con los demás y con lo absoluto.

Roma (AsiaNews) – Japón, “tiene una sociedad que en apariencia es perfecta, pero que aplasta a los individuos”. Evangelizar no es otorgar el bautismo, sino enseñar una humanidad evangélica y un modo “humano” de vivir la relación consigo mismo, con los demás y con lo absoluto. Es el testimonio que brinda el Pbro. Andrea Lembo, superior regional del PIME en el país del Sol Naciente.

 

Sintoístas al nacer, cristianos cuando se casan y budistas al morir

El Japón es un país “aconfesional” donde la ritualidad forma parte de la vida cotidiana, de lo cual da testimonio la famosa cortesía y educación japonesas, en la cual lo que predomina es la forma. “Hay un refrán: en Japón, se nace sintoísta; al casarse se es cristiano y se muere siendo budista”, comenta el padre Lembo”. Aquí entra en juego la crisis antropológica que rige en Japón; una sociedad que en apariencia es perfecta, pero que aplasta a los individuos. Por eso, evangelizar no se traduce en el número de bautizados, sino en la “formación en una humanidad evangélica, en el encuentro con la persona de Jesús, que te hace ser ‘más persona’, que te hace decir: ser cristiano es dar la vida por otro, amar al otro”.  

En su trabajo con los jóvenes, el padre Lembo se muestra reacio a dar el bautismo sin que se haga previamente un “camino de humanización”, a través del cual aprendan a vivir “por los carriles que pueden resultar ‘asépticos´ a su sociedad”. “Lo que estás viviendo, debes transformarlo, ante todo en tu interioridad, intimidad y humanidad”. Es un proceso antropológico necesario, en el cual la Iglesia “afronta dificultades”. Y los esfuerzos que ella realiza se perciben en todos los aspectos de la vida, incluso al final: “No es raro que una mujer católica venga con el marido, y te diga ‘padre, quisiera que mi marido reciba el bautismo, ya que de otro modo, cuando muramos, estaremos separados’”.  

En una parroquia donde él se desempeñaba anteriormente, una mujer vivió una experiencia trágica. Madre de tres hijos, pierde al primero -sin estar él bautizado- cuando él tenía apenas 20 años, en un accidente. Este dolor la acerca a la Iglesia. La tragedia golpea nuevamente a su familia: hace tres años, el hijo de 41 años se desmaya en el trabajo: es un tumor avanzado, que no tiene cura. La mujer, consternada por el dolor, va a ver al misionero. “Después de la muerte del  primer hijo –según cuenta el padre Lembo, ella en su corazón [se decía]: ‘Estaré eternamente separada de mi hijo, pero quiero que el que sigue aquí, esté conmigo’”- Luego de tres años en coma, el joven muere. “El problema fundamental es hacer entender que si Dios es único, morimos todos en Cristo. Y esto, no para disminuir la importancia del bautismo, sino para decir que nuestra fe, nuestros lazos humanos y terrenales están unidos y seguirán estándolo al final, incluso en el más allá. Yo bauticé a su hijo, pero hubo fundamentalmente un camino de la mamá, que la llevó a entender que el vínculo que ha tenido con los hijos es un vínculo que está eternamente en Dios.  En un mundo budista –sobre todo en el japonés-, en el cual la muerte es esta gran e insuperable barrera, hacer que esto se entienda no es una tarea fácil”.

“La dificultad de la misión en Japón –continúa el padre Lembo- es que mientras que en otros países la profundidad de lo humano logramos vehiculizarla a través del servicio caritativo –construyo un pozo, un hospital- en Japón, está ‘caridad’ deviene un caminar juntos: no tengo nada material para darte, pero es este dar una humanidad -algo que te haga sentir más hombre, más mujer- el motivo por el cual nos hemos encontrado, el paso que ha hecho que nos sintamos hermanos en el sentido evangélico”.  Para el superior, actualmente, la misión parece estar en crisis. “Quizás no estemos preparados para hacer frente al secularismo –el cual muchos definen como un ‘mundo sin Dios’, pero yo empezaría a definirlo como un ‘mundo sin hombre’. Si recuperamos la humanidad, podemos recuperar la centralidad de Dios, y esto es verdadero para cualquier religión”.  

 

Un workshop con los jóvenes, para redescubrirse a sí mismos, y para redescubrir la relación con Dios y con los demás  

Para redescubrir esta humanidad evangélica, el padre Lembo ha decidido poner en marcha iniciativas dedicadas a los jóvenes, y entre ellas, una que fue lanzada hace apenas una semana, con sus amigos Rafaela y Simone. Los dos enseñan en una escuela de Karuizawa, que forma parte de los Colegios del Mundo Unido, “se trata de una serie de escuelas internacionales que tienen un nuevo abordaje de enseñanza, a través de la experiencia”. En esta escuela, hay 200 jóvenes cuyas edades oscilan entre los 15 y los 19 años. El 70% proviene de 35 países distintos, y el resto son japoneses.

En este contexto, el padre Lembo y los docentes han organizado un festival inter-religioso, que estuvo enfocado principalmente en hallar “un punto de encuentro entre ‘corazón’ y ‘cuerpo’ (ver fotos 3 y 4). En la organización del programa participaron cuatro muchachos japoneses que no son cristianos, y de los cuales sólo uno sabía hablar inglés.

El primer workshop, “Encuentro conmigo”, con “las partes de mí que no me agradan”, lo dio Yasu, un joven entrenador deportivo, orientado a personas a quienes les cuesta aceptar su cuerpo y su personalidad. “Yasu vivió la trágica experiencia de ser ‘futoku’ –cuenta el misionero-, que designa a esos chicos que ya no hay modo de que sientan deseos de ir a la escuela. Fue víctima de bullying cuando estaba en séptimo grado, y comenzó a tener miedo de los demás, y también de sí mismo”. El cambio vino cuando él empezó a practicar boxeo y encontró a un instructor que le enseñó el arte de “balancearse entre el corazón y el cuerpo”. “Jamás ganó un match –bromea el padre Lembo – de 150 peleas en las que participó, perdió 150. Pero su maestro jamás se dio por vencido. Durante el workshop, Yazu hizo que los estudiantes encararan ejercicios aterradores, frente a los cuales pudieron entender que la intención positiva les permitía superar incluso las cosas más difíciles. Los chicos tenían límites físicos y de miedo: descubrieron que los podían superar”.  

El segundo workshop, “Encuentro con el otro”, estuvo guiado por dos jóvenes fisioterapeutas. “Dividimos a los chicos en parejas, para hacerles entender de qué manera el cuerpo del otro puede reaccionar a tus estímulos. [Se trata de tomar conciencia del] cuidado del otro a través del cuerpo, del espacio del otro a través de mi espacio”.

El tercer workshop se centraba en el “Encuentro con el infinito”. Lo guió Kikuchi, un chico que se está acercando a la fe cristiana y que estudia arte y arquitectura japonesa. “Nos contactamos con el kannushi (responsable) de un templo sintoísta cercano. Allí, el joven brindó una explicación sobre el templo, y mostró el modo de vivirlo como una experiencia para ver, escuchar y percibir. El sintoísmo guarda un vínculo muy fuerte con la naturaleza: es, esencialmente, interactuar con un espacio sagrado”.

“Para mí, esto es evangelización –concluye el Padre Lembo-, poner en contacto experiencias humanas, cada uno con la cultura propia, sobre vínculos fundamentales: del yo consigo mismo, con el infinito, con el otro y con la naturaleza. Es ahí que damos esa profundidad de lo humano, que nos hace crecer”.

 

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