26/09/2018, 15.45
SIRIA
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Una madre de Guta: Para mi hijo es mejor el ejército que el yugo yihadista

de Sandra Awad*

De parte de los refugiados del ex bastión extremista en las puertas de Damasco nos llegan historias de dolor, pero al mismo tiempo también de solidaridad. Una mujer nos cuenta el período que pasaron bajo el dominio de los grupos fundamentalistas, sin comida ni esperanza para el futuro. Hoy se ocupa de la familia y de su nieto minusválido, que quedó huérfano. Los temores en vista del invierno y el deseo de volver a su propia casa, a su pueblo.

 

Damasco (AsiaNews)- Historias de dolor, pero al mismo tiempo de esperanza y solidaridad. Una madre que recibe como una gracia la llamada del hijo mayor al ejército, que ella considera como una condición mejor respecto al tiempo en el cual la familia estaba obligada a vivir bajo el dominio de los grupos extremistas y yihadistas. Es cuanto surge de Guta oriental, área situada en la periferia de Damasco por mucho tiempo controlada por los rebeldes en lucha contra el presidente Bashar al-Assad.
La responsable de Caritas Siria, Sandra Awad se encontró con ellos y nos narra los testimonios y las confesiones, en el contexto de un proyecto lanzado por el ente caritativo en apoyo de los evacuados, en su gran mayoría familias musulmanas. En las pasadas semanas los activistas distribuyeron una gran cantidad de ayudas, ya sean artículos de primera necesidad como también alimentos.
A continuación, el testimonio de la responsable de Caritas. Para la primera y la segunda parte del reportaje cliquea aquí y aquí. Traducción a cargo de Asia News.

“Agradezco a Dios que mi hijo se haya unido al ejército. Si bien hoy se encuentra justo en medio de la guerra, esta situación es mucho mejor que el oscuro período que hemos vivido durante el asedio de Guta. Miedo, hambre, miseria. Créame, su condición ahora mejoró mucho. Ruego día y noche para que Dios lo proteja y muy pronto también mi segundo hijo se unirá al ejército, como su hermano…”. Después de estas palabras. Lina inició a llorar manifestando toda su profunda pena; yo le apoyaba una mano en la espalda y traté de calmarla, luego le pregunté. “¿Dónde está de servicio tu hijo más grande?”. Después de mi pregunta, sus lágrimas aumentaron mientras me decía, “en Idlib”.

Imprevistamente cayó un silencio en la habitación, un silencio irreal que me penetró en lo más profundo; luego, salió una voz débil y con mucha fatiga desde lo profundo y le respondí: “Que Dios lo pueda proteger”.

La mujer, de fe musulmana, se repuso y me dijo como para convenserse: “Créame, señora, su situación es mucho mejor. En los años pasados, sufríamos hambre. Los días en los cuales íbamos a dormir en ayunas eran muchos más de aquellos en los cuales comíamos algo. Mis hijos y aquellos de mis vecinos merodeaban por el basural, buscando algo para comer. El raro pan de cebada que podíamos cocer era eso mismo una tortura. Agradezco a Dios, porque ahora nos sentimos bendecidos”.

Miré alrededor para ver cuáles eran las “bendiciones” de las cuales hablaba Lina. Una casa sin puertas o ventanas, tiendas a jirones con las cuales juega el viento, pocos colchones esparcidos en el suelo, marido y mujer vestidos con ropas viejas y gastadas. Los pies envueltos en sandalias de plástico todas rotas, sus rostros y manos cubiertas de polvo.

Lina prosiguió su narración: “ahora, al menos, mis hijos pueden vestirse de algo hermosos y calzar sus pies. Pero, lo que importa es que comemos pan verdadero.

Agradezco a Dios miles de veces por el pan que nos dona, hoy mis hijos conocen el sabor de las papitas fritas, galletitas y el valor del dinero. Imagínese que mi hija de 7 años conservó por muchos años una moneda de 5 liras sirias, soñando que un día habría podido comprarse una golosina, una vez que la guerra terminase. Cuando se quedó desilusionada, después de saber que ese dinero ya no valía nada y que un pedacito de galleta cuesta 10 veces más de aquel pedazo de papel que posee”.

La niña se acercó y me dio el billete. Le pregunté: “¿Cómo te llamas, hermosa?” Ella me respondió. “Assinat”. “Un nombre bellísimo, pero extraño”, repliqué. “¿Qué significa?” “Quiere decir: claro de luna”, afirma Lina. “¡Qué bello!”. Pero, “¿Cuántos hijos tienes?”, le pregunto después a Lina. “Cinco: 3 varones y 2 niñas”. Y me ocupo también de Abdulrahman, que es sobrino de mi marido, cuyos padres fueron asesinados durante la guerra. Es paralítico, no puede caminar y apenas si mueve los brazos. Durante el asedio (a Guta) guardaba un poco de pan para que él pudiese comer, porque era el más débil de mis hijos”.

“¿Lo considerás como tu hijo?”, le pregunto. “Cierto”, responde con los ojos llenos de amor, mientras lo observa, mientras tanto él trata de escribir su nombre con un lápiz con sus manos débiles y temblorosas. “Sus padres estaban entre las personas por mí queridas, no hay diferencia. Pero temo por el invierno y deberemos vivir en este departamento hasta poder volver a nuestro pueblo”.

No hay ventanas para protegerse del frío del invierno, pero hay espacio suficiente para moverse tratando de calentarse. El problema, advierte Lina, es por Abdulrahman, “que está siempre sentado y podría sufrir más que nosotros el frío”.

Un dolor intenso me atraviesa el corazón, porque el invierno se acerca rápido y la tragedia de esta familia destinada a reiniciar como cada año. Pero Lina, parecía más optimista que yo: “Gracias a Dios ahora tengo para comer y beber, gracias a las ayudas humanitarias que recibimos. Sin embargo, mi marido y yo queremos volver a nuestra casa, a nuestro pueblo de Al-Abbadeh donde tenemos una pequeña parcela de tierra llena de aceitunas. Mi marido se ocupará de ella nuevamente así podremos vivir con dignidad como en un tiempo...campesinos que plantan y cosechan los frutos de sus sacrificios”.

A un cierto punto se siente a una mujer que llora afuera y Lina me invita a salir porque se trata de su vecina Um Hussain. Me explica: “Invité a Um Hussain ir a vivir a nuestro pueblo, para ayudarla a criar a sus hijos de su hija, asesinada junto al marido durante la guerra. Debe llevar un peso enorme. En nuestro pueblo nos podemos ocupar los unos de los otros”.

Le pregunto. “es un pariente tuya?”. “No, responde con simplicidad “la conozco desde hace pocos meses”. “Un día-cuenta la mujer- Lina se me acercó y me invitó a vivir con ella y su familia. Nos quedamos con ellos unos días, luego nos arreglamos en un departamento del mismo bloque, después de haberlo limpiado. Nos volvimos vecinas de casa y ahora me quiere llevar con ella”.

Le pregunto a Lina: “Pero, tu casa en el pueblo ¿está en grado de hospedar a todos?”. Inmediata la respuesta. “No, no los es”. La habitación fue saqueada, pero limpiaremos todo y pondremos las cortinas como hicimos aquí. Mis 2 hijos estarán en el ejército y para mí y mi marido será mejor volver al pueblo y a la casa di Abbadeh. Ruego a Dios que proteja a mis hijos, pero hoy puedo decir que están mejor que en el pasado (en Guta bajo el control de los grupos extremistas y yihadistas)”.

Dejé la casa “en alquiler” como la denomina Lina y las familias que se refugiaron aquí viniendo de Guta a causa de las violencias y de las crueldades de la guerra, con una sensación llenas de amor, aprecio y orgullo.

“La guerra-reflexiono- privó a esa mujer de todo, pero no le quitó es espíritu batallero y optimista”. Beatos aquellos a los cuales la guerra no logró hacer brecha en sus corazones y han podido permanecer abiertos al amor, al perdón hasta el límite extremo, porque es gracias a ellos que nuestra amada Siria sigue viva”.

* Responsable de Comunicaciones de Caritas Siria
 

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