El Papa en los Países bálticos: estonios, descubran la libertad que da ser cristianos

En la misa celebrada en Tallin hubo más de 50.000 personas, que es la cifra de personas del país que se declaran católicas. “Jesús ha llamado a los discípulos, y hoy los sigue llamando, a cada uno de ustedes, a seguir sembrando y comunicando su Reino”. “Ustedes no han conquistado su libertad para terminar siendo esclavos del consumo, del individualismo y de la sed de poder o de dominio”.  


Tallin (AsiaNews)  - Los estonios que conocen las luchas por la libertad, pueden identificarse con los judíos que salieron de Egipto y pueden entender lo que Dios le dijo a Moisés, “para entender lo que nos dice a nosotros, como pueblo”. El Papa Francisco celebró la misa en la plaza de la Libertad, en Tallin. Fue la última celebración de este viaje: esta noche, Francisco estará en Roma.  

En la plaza había varios miles de personas. Superaban las cincuenta mil de este país que se declaran católicas. Entre ellos, seguramente había quienes vinieron a ver –y tal vez, entender-, tanto es así, que un altavoz advertía que sólo los católicos pueden tomar la Comunión.

Por ende, hay un elemento misionero ínsito en la celebración, como lo hay en el gasto que se asume para ayudar a quien está pasando necesidad. Francisco recordó que, antes de celebrar la misa, había visitado la catedral de San Pedro y San Pablo para reunirse con las personas que son asistidas por las Obras de Caridad de la Iglesia. Un centenar de personas. Con ellos, había algunas religiosas. “La fe misionera – dijo Francisco, señalándolas – marcha como estas hermanas van por las calles de nuestras ciudades, de nuestros barrios, de nuestras comunidades, diciendo, con gestos muy concretos: tú formas parte de nuestra familia, de la gran familia de Dios, en la cual todos tenemos un lugar. No te quedes afuera”.  

“Quisiera invitarlos – siguió diciendo -  a seguir creando lazos. A salir a los barrios para decir a muchos: tú también formas parte de nuestra familia. Jesús ha llamado a los discípulos, y todavía hoy, los sigue llamando a cada uno de ustedes, queridos hermanos, para continuar sembrando y comunicando su Reino. Él cuenta con la historia de ustedes, con su vida, con sus manos para recorrer la ciudad y compartir la misma realidad que ustedes han vivido”.  

“Algunos se consideran libres cuando viven sin Dios o separados de Él – subrayó durante la misa -. No se dan cuenta de que de esta manera viajan a través de la vida como huérfanos, sin un hogar adonde regresar. «Cesan de ser peregrinos y se transforman en errantes, que giran siempre sobre sí mismos sin llegar a ninguna parte» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 170).

Compete a nosotros, como al pueblo salido de Egipto, escuchar y buscar. A veces, algunos piensan que la fuerza de un pueblo hoy se mide por otros parámetros. Está el que habla con un tono más alto, de modo que, al hablar así, parezca más seguro –sin grietas, sin vacilar-; está el que, a los gritos, agrega amenazas de armas, despliegue de tropas, estrategias… Este parece ser aquél que es más ‘fuerte’. Sin embargo, esto no es buscar la voluntad de Dios, sino acumular, para imponerse, en base al tener. Esta actitud esconde en sí un rechazo de la ética, y con ella, de Dios. Porque la ética nos pone en relación con un Dios que espera de nosotros una respuesta libre y comprometida en relación a los demás y hacia nuestro ambiente, una respuesta que está más allá de las categorías del mercado (cfr. ibíd., 57). Ustedes no han conquistado su libertad para terminar siendo esclavos del consumo, del individualismo o de la sed de poder o de dominio”.

“En el desierto –agregó- el pueblo de Israel caerá en la tentación de buscar otros dioses, de adorar al becerro de oro, de confiar en sus propias fuerzas. Pero Dios siempre lo atrae de nuevo, y ellos recordarán lo que una vez escucharon y vieron sobre la montaña. Como aquél pueblo, también nosotros sabemos que somos un pueblo ‘elegido, sacerdotal y santo’ (cfr. Ex 19,6; 1Pd 2,9) es el Espíritu el que nos recuerda todas estas cosas (cfr. Jn 14,26).

Elegidos no significa exclusivos ni sectarios; somos la pequeña porción que debe hacer fermentar toda la masa, que no se esconde ni se separa, que no se considera mejor ni más pura”. Y Dios quiere a su pueblo “en salida”. “Debemos vencer el miedo y dejar los espacios blindados, porque hoy en día, la mayor parte de los estonios no se reconoce como creyente”.

“Salir, como sacerdotes: lo somos, por el Bautismo. Salir, para promover la relación con Dios, para fomentarla, para favorecer un encuentro de amor con Aquél que está gritando: «Vengan a mí» (Mt 11,28). Necesitamos crecer en una mirada de cercanía, para contemplar, conmovernos y detenernos ante el otro, cada vez que sea necesario. Éste es el arte del acompañamiento, que se realiza con el ritmo sano de la proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión, que es capaz de sanar, de desatar nudos y de hacer crecer en la vida cristiana (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 169).

Y, por último, dar testimonio de ser un pueblo santo. Podemos caer en la tentación de pensar que la santidad sea sólo para algunos. En realidad «todos somos llamados a ser santos, viviendo con amor y ofreciendo cada uno su propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde uno se encuentre» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 14)”.

“Hoy, elegimos ser santos subsanando los márgenes y las periferias de nuestra sociedad, allí donde nuestro hermano yace y padece su exclusión. No dejemos que sea el que venga detrás de nosotros quien dé el paso para socorrerlo, y tampoco que sea una cuestión a ser resuelta por parte de las instituciones; somos nosotros mismos los que fijamos nuestra mirada sobre ese hermano y le tendemos la mano para levantarlo, porque en él está la imagen de Dios, es un hermano redimido por Jesucristo. Esto significa ser cristianos y vivir la santidad día a día” (Cfr. Ibíd., 98).

“Ustedes han manifestado en su historia el orgullo de ser estonios, ustedes lo cantan, cuando dicen: «Soy estonio, seguiré siendo estonio, estonio es algo bello, somos estonios». ¡Qué bello es sentirse parte de un pueblo! ¡Qué bello es ser independientes y libres! Vayamos al monte santo, al de Moisés, al de Jesús, y pidámosle a Él –como dice el lema de este visita- que despierte nuestros corazones, que nos conceda el don del Espíritu Santo, para discernir en cada momento de la historia cómo ser libres, cómo abrazar el bien y sentirse elegidos, cómo dejar que Dios haga crecer, aquí, en Estonia, y en el mundo entero, su nación santa, su pueblo sacerdotal”. 

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