Papa: en los Países bálticos, no olvidar, sino custodiar la memoria de los mártires

Francisco anuncia un mensaje sobre el acuerdo del Vaticano con China, referido al nombramiento de obispos, “cuya intención es favorecer una colaboración más positiva entre la Santa Sede y las autoridades chinas, por el bien de la comunidad católica en China y por la armonía de la sociedad entera”. Recorriendo las escalas de su viaje por los Países bálticos, recordó la oración “precisamente en las cámaras donde eran detenidos, torturados y asesinados los opositores del régimen. Mataban más o menos a 40 cada noche. Es conmovedor ver hasta dónde puede llegar la crueldad humana”.  


Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – El viaje por los Países bálticos, concluido anoche, ha tenido una “dimensión ecuménica” particular, porque en esos países “el desafío es reforzar la comunión entre todos los cristianos, que ya se estuvo desarrollando durante el período tremendo de la persecución”. A ello estuvo dedicada la reflexión del Papa Francisco en la audiencia general –que acaba de terminar- luego de la cual anunció la publicación de un mensaje suyo sobre el acuerdo entre la Santa Sede y China.

“El sábado pasado, 22 de septiembre – fueron sus palabras – en Beijing, fue firmado un Acuerdo provisorio entre la Santa Sede y la República Popular de China, referido al nombramiento de obispos en China. El Acuerdo es fruto de un largo y sopesado camino de diálogo, cuya intención es favorecer una colaboración más activa entre la Santa Sede y las autoridades chinas, por el bien de la comunidad católica de China y por la armonía de la sociedad entera.   

En este espíritu, he decidido dirigir a los católicos chinos y a toda la Iglesia universal, un Mensaje de aliento fraterno, que será publicado en el día de hoy. Con ello, mi esperanza es que China pueda inaugurar una nueva etapa, que ayude a sanar las heridas del pasado, a restablecer y a mantener la comunión plena de todos los católicos chinos y a asumir un renovado compromiso en el anuncio del Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, ¡tenemos una tarea importante!. Somos llamados a acompañar con ferviente oración y con fraternal amistad a nuestros hermanos y hermanas que están en China. Ellos saben que no están solos. Toda la Iglesia reza con ellos y por ellos. Pidamos a la Virgen, , Madre de la Esperanza y auxilio de los cristianos, que bendiga y custodie a todos los católicos de China, mientras invocamos a Dios el don de la paz para el pueblo chino entero”.

Previo a ello, aludiendo nuevamente a las escalas de su viaje, Francisco dijo, dirigiéndose a las 30.000 personas presentes en Plaza San Pedro, que el mismo fue en el centenario de la independencia de estos países. “Cien años, de los cuales la mitad ellos fue vivida bajo el yugo de las ocupaciones; primero, la nazi, y luego, la soviética. Son pueblos que han sufrido mucho, y por eso, el Señor los mira con predilección. De esto, estoy seguro”.

“Mi vista se produjo en un contexto mucho más cambiado en comparación con lo que se encontró San Juan Pablo II; por lo tanto, la primera misión era anunciar nuevamente, a aquellos pueblos, la alegría del Evangelio y la revolución de la misericordia, de la ternura, porque la libertad no basta para dar sentido y plenitud a la vida sin amor, el amor que siempre viene de Dios. El Evangelio, que en el tiempo de la prueba da fuerza y anima la lucha por la liberación, que en el tiempo de la libertad es luz para el camino cotidiano de las personas, de las familias, de las sociedades y es sal que da sabor a la vida ordinaria y la preserva de la corrupción, de la mediocridad y de los egoísmos”.

Francisco subrayó que en el encuentro con las autoridades de los tres países impulsó el diálogo entre los ancianos y los jóvenes, “para que el contacto con las ‘raíces’ pueda continuar y fecundar presente y futuro. Ha exhortado a conjugar siempre la libertad con la solidaridad y la acogida, según la tradición de estas tierras”. En particular, “con los ancianos, en Letonia, he subrayado el estrecho nexo que hay entre paciencia y esperanza. Aquellos que han pasado por duras pruebas son raíces de un pueblo que debe ser custodiado con la gracia de Dios, para que los nuevos retoños puedan recurrir a ellos, florecer y dar fruto. El desafío, para quien envejece, es no endurecerse por dentro, sino permanecer abierto y tierno, de mente y de corazón; y esto es posible con la ‘linfa’ del Espíritu Santo, en la oración y en la escucha de la Palabra”.  

“Asimismo, con los sacerdotes, consagrados y seminaristas, con quienes me reuní en Lituania, surgió -como algo esencial, para la esperanza- la dimensión de la constancia: estar centrados en Dios, firmemente arraigados en su amor. ¡Qué gran testimonio dan y han dado en esto los curas, religiosos y religiosas ancianos” Han sufrido calumnias, prisión, deportaciones..., pero permanecieron firmes en la fe. He exhortado a no olvidar, sino custodiar la memoria de los mártires, para seguir sus ejemplos. A propósito de memoria, en Vilna rendí un homenaje a las víctimas del genocidio judío en Lituania, cuando se cumplían exactamente 75 años de la clausura del Gran Gueto, que fue una antesala de la muerte para decenas de miles de judíos. También visité el Museo de las Ocupaciones y de las Luchas por la Libertad: me detuve en oración justamente en las cámaras donde fueron detenidos, torturados y asesinados los opositores al régimen. Mataban más o menos 40 personas por noche. Es conmovedor ver hasta dónde puede llegar la crueldad humana. Pensemos en esto.

Pasan los años, pasan los regímenes, pero sobre la Puerta de la Aurora, en Vilna, María, la Madre de Misericordia, continúa velando sobre su pueblo, como signo de esperanza segura y consolación (cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen gentium, 68). Signo vivo del Evangelio es, siempre, la caridad concreta. Incluso allí donde es más fuerte la secularización, Dios habla con el idioma del amor, del cuidado, del servicio gratuito a quien está necesitado. Y entonces, los corazones se abren y suceden milagros: en los desiertos florece vida nueva”. 

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