Papa: no tengan miedo de anunciar la vocación al sacerdocio

La Iglesia necesita de “hombres y mujeres, laicos y consagrados apasionados, ardientes por el encuentro con Dios y transformados en su humanidad, capaces de anunciar con la vida la felicidad, que viene de su vocación”.


Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – “No tengan miedo de aceptar el desafío de seguir anunciando la vocación a la vida consagrada y al ministerio ordenado”, en el ámbito de la afirmación de que, para cada persona, Dios tiene un proyecto, que crece y madura en la libertad. La “necesidad” de la Iglesia, “de hombres y mujeres, laicos y consagrados apasionados, ardientes por el encuentro con Dios y transformados en su humanIdad, capaces de anunciar con la vida la felicidad que viene de su vocación”, ha sido el tema central del discurso que el Papa Francisco pronunció esta mañana, al dirigirse a los participantes del Congreso de Centros Nacionales para las Vocaciones de las Iglesias de Europa, que se desarrolla en Roma.

En el documento, Francisco marcó tres “líneas”: la santidad, como llamada que da sentido al camino de toda vida; la comunión, como "humus" de las vocaciones en la Iglesia y la vocación misma, pero conjugada con otras: "felicidad", "libertad" y "juntos"; y, por último, declinada como una consagración especial”.

“No debemos olvidar -afirma el Papa- que la vocación es un camino que dura toda la vida. En efecto, la vocación se refiere tanto al tiempo de la juventud como a la orientación y al rumbo que se debe asumir en respuesta a la invitación de Dios, y se refiere tanto a la vida adulta, en el horizonte de la fecundidad y del discernimiento del bien que cumplir. La vida está hecha para dar frutos en la caridad y esto tiene que ver con la llamada a la santidad que el Señor hace a todos, a cada uno a través de su camino”.

Recordando que “la pastoral no puede sino ser sinodal, es decir, capaz de dar forma a un “caminar juntos”, Francisco recuerda la capacidad de ser presencia que tiene la Iglesia en los distintos ámbitos, que van desde la familia al territorio”.

Y la palabra ‘vocación’ no está vencida. La hemos retomado en el último Sínodo, durante todas las etapas. Pero su meta sigue siendo el pueblo de Dios, la predicación y la catequesis, y sobre todo, el encuentro personal, que es el primer momento del anuncio del Evangelio (cfr. Evangelii gaudium, 127-129). Conozco algunas comunidades que han optado por no pronunciar más la palabra ‘vocación’ en sus propuestas juveniles, porque consideran que los jóvenes le tienen miedo y que, por ella, no participen en sus actividades. Esta es una estrategia que lleva al fracaso: quitar del vocabulario de la fe la palabra ‘vocación’ significa mutilar el léxico corriendo el riesgo, tarde o temprano, de no entenderse más”.  

“Es cierto que a los jóvenes, la palabra ‘vocación’ puede darles miedo, porque muchas veces se la confunde con un proyecto que quita libertad. Sin embargo, Dios, por el contrario, siempre sostiene la libertad de cada uno hasta el fondo (cfr ibid., 113). Es bueno recordarlo, sobre todo cuando el acompañamiento personal o comunitario desata dinámicas de dependencia o, peor aún, de plagio. Esto es muy grave, porque impide un crecimiento y una consolidación de la libertad, sofoca la vida, volviéndola infantil”.

Luego, la vocación, reitera el documento, “jamás es solamente ‘mía’”. “Nadie puede hacer una elección de vida solamente para sí; la vocación es siempre para y con los demás. Pienso que debiéramos reflexionar mucho sobre estos ‘sueños del nosotros’ porque tienen que ver con la vocación de nuestras comunidades de vida consagrada, nuestros presbíteros, nuestras parroquias, nuestros grupos eclesiales. El Señor no llama jamás como individuos, sino siempre dentro de una fraternidad para compartir su proyecto de amor, que es plural desde el inicio mismo, porque también lo es Él mismo: Trinidad misericordiosa. Creo que sería muy fecundo pensar en la vocación desde esta perspectiva”.

Por último, Francisco reafirma su “certeza” de que “el Espíritu Santo continúa suscitando vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada” y, por tanto, “que podemos echar nuevamente las redes’ en el nombre del Señor”.

“Pienso en las numerosas comunidades de vida consagrada que trabajan de manera capilar, en la caridad y en la misión. Pienso en la vida monástica, en la cual hunde sus raíces Europa y que aún es capaz de atraer muchas vocaciones, sobre todo femeninas: esta debe ser custodiada, debe ser valorada y ayudada a expresarse por aquello que es en verdad, escuela de oración y de comunión. Pienso en las parroquias, arraigadas en el territorio y en su fuerza de evangelizar en esta época. Pienso en el compromiso sincero de innumerables sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y obispos, «que todos los días consumen su vida con honestidad y dedicación al servicio de los jóvenes. Su obra es un bosque que crece, sin hacer hacer ruidos» (ibid., 99)”.

“No tengan miedo de aceptar el desafío de seguir anunciando la vocación a la vida consagrada y al ministerio ordenado. ¡La Iglesia necesita de ello! Y cuando los jóvenes conocen, encuentran hombres y mujeres consagrados creíbles, no porque sean perfectos, sino porque están marcados por el encuentro con el Señor, sienten el gusto de una vida diferente y se interrogan acerca de su vocación. «La Iglesia atrae la atención de los jóvenes a través de su arraigo en Jesucristo. Cristo es la Verdad que vuelve a la Iglesia distinta de cualquier otro grupo secular con el cual podríamos identificarnos» (Documento pre-sinodal de los jóvenes, 11)”.

“Hoy, la vida de todos está fragmentada y a veces herida; la de la Iglesia no lo está menos. Estar arraigados en Cristo es la vía maestra para dejar que su obra nos recomponga. Acompañar y formar en la vocación es decir sí a la obra artesanal de Cristo, que ha venido a anunciar la alegría a los pobres, a vendar las heridas de los corazones destrozados, a proclamar la libertad de los esclavos y a devolver la vista a los ciegos (cfr Lc 4,18). ¡Coraje, entonces! ¡Cristo nos quiere vivos!”

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