Las dos orillas del alma
de Stefano Caprio

Tras la retirada de Kherson, la guerra sobre el terreno parece estancada en un enfrentamiento de trincheras entre las dos orillas del Dniéper, volviendo a una situación similar a la que se vivió en 1480, en lo que se llamó el “Encuentro del río Ugrá”. En aquel momento las dos fuerzas de Oriente y Occidente decidieron no continuar la lucha, y Rusia comenzó su renacimiento e incluso llegó a soñar con convertirse en la "tercera Roma".


La retirada de las tropas rusas de la zona occidental de Kherson, la margen izquierda del Dniéper, es un episodio crucial en el desarrollo de la "operación militar" con la que Moscú pretendía restablecer las relaciones entre los que estaban cerca y los que estaban lejos, que comenzó con la invasión del ya lejano 24 de febrero y estaba dirigida principalmente a la ciudad de Kherson. Esta es, sin duda, un nodo estratégico para el control de las zonas del sur y el acceso a Crimea, y no es casualidad que la contraofensiva ucraniana se concentrara en ese lugar.

Junto con las consideraciones de orden militar y político, ciertamente muy significativas al haberse abandonado una ciudad ocupada y "anexada" a Rusia, la circunstancia también pone de relieve dimensiones simbólicas de gran importancia, en una guerra que hace hincapié en los simbolismos incluso más que en  las conquistas territoriales. Kherson es una importante ciudad de más de doscientos mil habitantes, pero su significado trasciende su tamaño o su densidad civil y geográfica. Su mismo nombre es especialmente simbólico, en una contradicción significativa por la cual "kherson" deriva del antiguo término griego "khersones", que significa "península".

La zarina Catalina II, conquistadora de estas regiones a fines del siglo XVIII y en este sentido antecesora de Putin -que se remite explícitamente a ella- fue quien eligió el nombre de la ciudad, que hasta entonces era un simple puesto de avanzada. La descendiente ruso-alemana de Pedro el Grande, el zar occidentalista, quería, por el contrario, "volver a Oriente", según las imágenes distorsionadas por las utopías ilustradas de las que era una ferviente partidaria. Por esa razón las zonas del sur de Ucrania recibieron nombres de origen griego, como Mariupol, la ciudad que fue la salvación de los griegos de Crimea en relación con los opresores tártaros. Y Kherson debía rendir homenaje a Khersones, la antigua Quersoneso de Tauride, capital de la península donde el fundador de la Rus', el príncipe Vladimir, fue el primero en recibir el bautismo cristiano e impuso a los bizantinos un acuerdo económico y militar por medio de un matrimonio imperial

En la actualidad Khersones es un suburbio de la nueva capital Sebastopol, otro nombre elegido en honor al  mundo griego por el amante y comandante de Catalina, Grigory Potemkin. Allí se encuentra el parque arqueológico de la antigua ciudad, que los rusos habían rebautizado posteriormente como Korsun precisamente para distinguirse de los griegos y de todos los otros pueblos que habían pasado o habían gobernado Crimea. La actual Kherson, en el estuario del Dniéper, es, por lo tanto, una ciudad cargada de evocaciones, que otorga a sus amos la patente de "ciudadanía ideal" de esta tierra que muchos se disputaron. Pero no es el único valor simbólico que posee, ya que también es el lugar de encuentro entre Oriente y Occidente, lo que constituye la naturaleza misma del país que llamamos Ucrania.

Antes de convertirse en una nación moderna e independiente hace sólo treinta años, e incluso antes de ser una república soviética, como se la denominó después de la revolución bolchevique, Ucrania era simplemente “la frontera”, como su nombre lo indica. Y la frontera estaba marcada por las aguas del río que atraviesa todo su territorio, el Dnepr para los rusos y el Dnipro para los ucranianos, cuyos puentes en Kherson hicieron volar los rusos que se están retirando, en primer lugar el gran puente Antonovsky, orgullo soviético construido en 1977 en el distrito de Antonovka, donde residía el estado mayor de las fuerzas de ocupación nazis en 1941. Antes de la revolución, este centro se llamaba "Širokoe", "el Ancho", indicando precisamente el amplio espacio de encuentro entre las dos orillas.

El nombre de Ucrania tuvo su origen en estas tierras, precisamente para referirse a las orillas derecha e izquierda del río. Cuando los cosacos del Don derrotaron a los ejércitos del rey polaco a mediados del siglo XVII, el zar de Rusia los acogió asignándoles "la margen derecha", pravoberezhnaja ukraina, mientras que la parte que quedaba bajo el control del reino de Polonia-Lituania se denominó “la margen izquierda”, levobere┼żnaja ukraina, y esta subdivisión se mantuvo vigente hasta la época de Catalina la Grande, quien también se impuso a Occidente y definió a todo el territorio conquistado como “Ukraina”. En el reinado de los zares rusos, aunque el término aparece en varios documentos como una referencia geográfico-administrativa, Ucrania recibió sin embargo la denominación estatal de Malorossija, "pequeña Rusia", para reforzar la presión identitaria en la que tanto han insistido durante la guerra Putin y el Patriarca Kirill, para quienes “somos el mismo pueblo”.

Ahora, en cambio, volvemos al siglo XVII y a las dos orillas enfrentadas, la verdadera frontera del alma rusa, que nunca es capaz de explicar del todo cuál es su papel en la historia, la cultura y la espiritualidad, y ahora ni siquiera en la guerra. La retirada de la "orilla izquierda" es un revés y sobre todo una bofetada con respecto a las pretensiones de anexión con las que Putin se proponía exaltar la victoria, tanto militar como moral. Desaparecen todos los objetivos que se proclamaron en febrero con la invasión "defensiva" y liberadora: la desnazificación preveía el derrocamiento del gobierno de Kiev para poner fin a la sublevación iniciada con el Maidan en 2014, la desmilitarización pretendía frenar el cerco y las amenazas de la OTAN, la anexión afirmaba el retorno a la patria original, y todo eso ha fracasado trágicamente, dejando cientos de miles de vidas en el campo de batalla. Volodymyr Zelenskyj ha pasado de ser un títere de los oligarcas a presidente de un pueblo orgulloso de su historia, la OTAN se ha expandido como nunca antes y sus países miembros suministran a Ucrania un flujo continuo de armas, y ahora se abandona una ciudad recién anexionada "para evitar masacres innecesarias", como afirmó el comandante ruso, el general Surovikin.

Por eso la retórica y la propaganda de guerra rusas, comenzando por las delirantes proclamas de Putin, ya han abandonado los términos debilitados por el curso fallido de la guerra, para centrarse en el objetivo simbólico de la "desatanización" de Ucrania y de todo el mundo en su conjunto. Como escribió el enérgico ex presidente Medvedev en Telegram, "el propósito de Rusia en esta operación es detener el asalto del déspota supremo del Hades, o como queramos llamarlo: Satanás, Lucifer, Shaitan, Iblis o lo que sea", superponiendo la terminología bíblica y la coránica. No es coincidencia que el principal instigador de la guerra absoluta de Rusia, el presidente checheno Ramzan Kadyrov, defina el objetivo como dešaitanizatsia, una "yihad" conjunta de cristianos y musulmanes. Otro "halcón" del Kremlin, el subsecretario del Consejo de Seguridad Alexei Pavlov, escribió recientemente un artículo para Argumenty i Fakty en el que define a Ucrania como una "hiper-secta totalitaria", donde reinan satanistas, paganos y sectarios de todo tipo, incluidos los ortodoxos autocéfalos y los greco-católicos, que preparan "bombas sucias" no sólo como armas explosivas sino también como venenos del espíritu.

La guerra sobre el terreno, por tanto, parece haberse estancado en una guerra de trincheras entre las dos orillas del Dniéper, volviendo a una condición similar a la que se vivió en 1480 durante lo que se llamó "Encuentro del río Ugrá", una separación de rusos y tártaros en las orillas opuestas del río Ugrá, cerca de la actual frontera entre Rusia y Ucrania, que puso fin a doscientos años de "yugo tártaro". En aquel momento las dos fuerzas de Oriente y Occidente optaron finalmente por no continuar la lucha, y Rusia comenzó su renacimiento y hasta llegó a soñar con convertirse en la "tercera Roma", la portadora de la salvación para el mundo entero, como la Rusia de Vladimir Putin. Y casi coincidiendo con el repliegue hacia el Este, el presidente ruso aprobó solemnemente el documento de los "Fundamentos de la política de Estado para la preservación y el fortalecimiento de los valores espirituales y morales rusos tradicionales", que entró en vigor el 9 de noviembre, tras el "puente de noviembre" de las fiestas patrias.

En la reiteración de estas proclamas en defensa de la tradición se advierte una acentuación de los tonos mesiánicos que se desprenden de las dimensiones patrióticas, en detrimento incluso de las características cristiano-ortodoxas de estos "valores morales y espirituales". Estos se incorporan sólo como un complemento para los principios “que garantizan la unidad de nuestro país multinacional y multiconfesional, y sustentan el progreso de la vida del pueblo y el desarrollo de su potencial humano”, según el decreto de Putin. Gracias a estos fundamentos "es posible hacer frente a los nuevos desafíos y amenazas, reaccionando y afirmándose en el ámbito de la geopolítica y de los procesos sociales, culturales y tecnológicos", para lo cual se exalta la "identidad civil" incluso antes que la religiosa, concendiendo un segundo plano a la importancia de la "fe en el único Dios" y de la "verdad dogmática de la Ortodoxia".

No es una ideología política o religiosa lo que empuja a Rusia a las guerras, es una "vocación" autocelebratoria, un instinto de redefinir los fundamentos de la vida misma, una búsqueda exasperada y nunca alcanzada de la síntesis entre las dos orillas de la geografía interior, entre las dos superficies del espejo que refleja de manera cada vez más distorsionada la imagen de sí mismos. Una dimensión onírica, que destruye la vida real con la afirmación de un mundo virtual. En el fondo, es la profecía de la civilización posmoderna, en todas las orillas del río.

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