23/09/2021, 15.49
OCEANÍA - OCCIDENTE - CHINA
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Aukus, los temores de las islas del Pacífico

de Giorgio Licini *

El acuerdo militar entre Australia, Gran Bretaña y Estados Unidos llega cuando ya hace mucho tiempo que se habla en la región de una nueva base militar estadounidense en la isla de Manus, en Papúa Nueva Guinea. Por su parte, los buques portacontenedores de productos chinos abarrotan los puertos y Beijing ha puesto los ojos en Daru. Se anuncia un equilibrio cada vez más armado que alimenta el temor de que el Pacífico se convierta en escenario de un enfrentamiento militar.

 

Port Moresby (AsiaNews) - Con una negociación secreta que duró 18 meses, Australia ha tomado medidas para prevenir un cerco chino en el Pacífico por medio de un acuerdo militar con Estados Unidos y Gran Bretaña (Aukus). El hecho de que comience con el suministro de tecnología para submarinos de propulsión nuclear es un detalle relevante, pero no tanto como la fuerte cooperación, que promete ser permanente y variada. Desde hace por lo menos un par de años circulan rumores no confirmados, pero respaldados por indicios claros, de una nueva base aérea estadounidense en el Pacífico, con cerca de 5.000 hombres, junto a un puesto naval australiano en la isla de Manus, en Papúa Nueva Guinea. Hay militares de ambos países desde hace tiempo, aunque solo se habla en términos genéricos de una rehabilitación del antiguo perímetro militar de Lombrum, que fue crucial para la campaña aliada en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.

No solo Papúa Nueva Guinea sino todas las islas del Pacífico ahora corren el riesgo de quedar geográficamente en el centro de la nueva confrontación planetaria entre China y Occidente. Los principales intereses de los dos bloques no se encuentran en esta parte del mundo, pero mucho pasa por el Pacífico. Australia no puede quedar atrapada si se produjera un bloqueo de las comunicaciones aéreas y marítimas. En el peor de los casos, entonces, el vasto océano se presta para la confrontación militar decisiva entre los dos contendientes, lejos de sus propias costas y de los santuarios intocables y probablemente inalcanzables de Los Ángeles, Sydney, Londres, Shanghai o Shenzen.

Sin embargo, la guerra sería catastrófica para el Pacífico y su gente. La imprevista emergencia pandémica ya ha demostrado en 2020 cuánto puede sufrir la economía incluso por una suspensión temporal y parcial del transporte, por retrasos en la entrega de productos de China y Asia en general y por la contracción de la demanda, aunque sea de bienes no esenciales. Las consecuencias serían devastadoras en caso de conflicto, aunque fuera de duración media.

Los franceses reaccionaron apasionadamente a la ruptura del contrato con Australia para el suministro de submarinos. Denunciaron no solo el daño económico y de su prestigio internacional, sino también una profunda falta de respeto en cuanto a los tiempos y formas, hasta el punto de retirar a sus embajadores de Washington y Canberra. Frialdad y completo desapego, en cambio, de parte de Australia, donde el gobierno y una gran parte de la población no otorga a los sentimientos, la vida humana y las personas que viven en las islas del Pacífico la misma importancia que a las políticas que se consideran de interés y seguridad nacional. Tal como lo ha demostrado ampliamente la crisis de los solicitantes de asilo y refugiados en los últimos años.

Es difícil decir en qué medida la amenaza militar china para el planeta es proclamada o real. Lo cierto es que China ha alcanzado niveles de penetración en la economía mundial sin precedentes por parte de cualquier otro país en el pasado. Inevitablemente es fácil que esos intereses se vean afectados si no cuentan con el apoyo de una estructura militar. En el Pacífico (y en otros lugares) no se ven chinos con rifles al hombro. Pero sus supermercados están abiertos en todas las ciudades y sus pequeñas tiendas se multiplican en los pueblos más remotos. Los buques portacontenedores con productos chinos abarrotan los puertos. Sus representaciones diplomáticas en el exterior son muy activas cuando se trata de conseguir oportunidades de inversión, trabajo y contratos tanto en el sector público como en el privado y, al igual que otros, apoyan a los países anfitriones con proyectos de infraestructura y desarrollo.

Por otra parte, los diplomáticos chinos también vigilan estrechamente a los colegas taiwaneses en las pocas embajadas que todavía siguen como tales o disfrazadas de delegaciones culturales o comerciales. En 2019 Taipei tuvo que abandonar las Islas Salomón. En 2021, se difundió el rumor, aunque ahora se ha desmentido, de que China quería transformar en un polo de desarrollo la isla de Daru, el histórico puesto de avanzada en el sur de Papúa Nueva Guinea, a pocos kilómetros de las islas australianas del Estrecho de Torres. En retrospectiva, no se puede descartar que con esta y otras manifestaciones de alarma con respecto a China, que en su momento parecían excesivas, Canberra quisiera cubrirse las espaldas en caso de que se filtrara información sobre las negociaciones militares secretas en curso con Estados Unidos e Inglaterra.

China tiene dos preocupaciones fundamentales, ambas de carácter interno pero con importantes repercusiones internacionales. La primera se refiere a la consistencia numérica de su población y la necesidad de materias primas y recursos de diversa índole para su supervivencia y desarrollo. La segunda es la unidad nacional, que debe preservar y completar. Hace poco más de veinte años se “recuperaron” los territorios del sur de Macao y Hong Kong, arrebatados a la madre patria por las potencias coloniales europeas en la segunda mitad del siglo XX. Pero desde 1949 ha quedado fuera Taiwán, que se separó cuando el  Partido Comunista Chino obtuvo la victoria en Beijing y es absolutamente contrario a la reunificación.

Naturalmente, la comunidad internacional también ve otros problemas que China debería resolver para ser comprendida y aceptada en lugar de temida. Se trata de hechos complejos que aquí sólo se pueden enunciar, pero no silenciar. El primero es la democratización interna, los derechos humanos y el pluralismo. Por supuesto, no se trata de adoptar un modelo occidental tout-court; pero las elecciones libres y más partidos, contrariamente a lo que se afirma, también son posibles para el espíritu y la sensibilidad chinos, como lo ha demostrado Taiwán a lo largo de setenta años. También preocupa el enfoque inescrupuloso y éticamente dudoso de los empresarios y del aparato administrativo-diplomático que apoya el expansionismo económico chino, con la corrupción personal y política como arma de uso común.

Pero desde el punto de vista geopolítico, la ocupación en los últimos años de zonas marítimas e islas disputadas entre varios países, frente a Filipinas y muy lejos de sus propias costas, es lo que hace sospechar el posible uso de la fuerza por parte de China donde lo estime necesario (Incluyendo Taiwán). Los australianos no tienen aliados fuertes o confiables en el sudeste asiático y en el Pacífico que los ayuden a mantener abierta una via de comunicación con el resto del mundo en el caso de que China actúe en forma disruptiva. Sin embargo, bien provistos del cinismo atávico de sus orígenes, están perfectamente equipados para no subestimar la falta de escrúpulos de los chinos.

El Aukus ha desplazado a Francia y a Europa. Pero servirá para curar la miopía de la primera y la ceguera de la segunda. Está claro que Francia tiene importantes intereses en el Pacífico, comenzando con cientos de miles de sus propios ciudadanos (casi 300.000 solo en Nueva Caledonia). Es el único país europeo con vastas zonas de influencia poscolonial en África Occidental y precisamente también en el Pacífico. El Aukus le ha cortado la cresta a los gallitos en el sentido de que se ha perdido el codiciado monopolio en Oriente en apoyo de Australia, con todo lo que esto hubiera significado en las próximas décadas. Ahora ya no pueden seguir anteponiendo el prestigio francés a los intereses comunes europeos. Por otro lado el Viejo Continente, casi ciego a los bloques mundiales de interés y cansado de su propia historia secular de guerras y muertes, en el caso de que tenga alguna ambición o se vea obligado por los acontecimientos a tomar partido, no puede hacer mucho sin Francia.

De todos modos a Estados Unidos, Inglaterra y Australia les conviene arreglar sus diferencias con París y Europa. El Aukus afirma inequívocamente el liderazgo anglosajón en Occidente y conquista la simpatía de los grandes países pro-occidentales y anti-chinos de Oriente (en primer lugar India y Japón). Pero a todos conviene que Francia tenga margen de maniobra en el Pacífico. En cuanto a Europa, solo puede tener interés en colaborar. No para ganar una guerra, que devastaría la parte del globo comprendida entre las costas asiáticas y americanas del Pacífico. Sino, tal vez, para preservar la paz. Una paz cada vez más armada en la parte paradójicamente más pacífica del mundo, por el nombre y de hecho. Y que los intereses foráneos y los miedos podrían destruir en el futuro.

* Secretario General, Conferencia Episcopal de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón

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