22/08/2022, 12.24
CHINA - ONU
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La persecución de Beijing contra los uigures: los campos de concentración y las torturas

de Vladimir Rozanskij

Se aguarda el informe del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos en los próximos días. Michelle Bachelet habría recibido presiones tras su visita a China, en mayo pasado. El testimonio de la activista uigur Jukhia Ilham. Su padre, Ilham Tokhti, fue detenido en 2014 y la familia lleva cinco años sin tener noticias suyas y sin poder verlo. El problema de la identidad de las minorías.

Moscú (AsiaNews) - En los próximos días se espera el informe del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, quien también debería informar sobre la situación actual en el Xinjiang chino. La Comisaria estuvo en China el pasado mes de mayo y la prensa había informado de que Beijing la había presionado para impedir la publicación del informe.

De hecho, Bachelet iba a comprobar la situación de los numerosos "campos de reeducación" en los que están recluidos miles de musulmanes. Lo que funciona en la región autónoma no son otra cosa que campos de concentración para disidentes. Muchos países y asociaciones de todo el mundo expresan gran preocupación por la persecución de las minorías en Xinjiang, pero a pesar de los numerosos testimonios sobre detenciones forzosas, torturas y esclavitud, y la esterilización de las mujeres uigures, no hay indicios de 

de que la presión de las autoridades chinas se haya aligerado.

El sitio web Sibir.Realii entrevistó a la activista humanitaria uigur Jukhia Ilham. Se trata de la hija de un economista de Beijing de renombre mundial, el escritor Ilham Tokhti, autor de artículos y ensayos sobre las relaciones interculturales entre uigures, janty y otros grupos étnicos de China. Jukhia tenía 18 años cuando, a principios de 2014, debía partir con su padre en un vuelo a los Estados Unidos, pero las autoridades sacaron a Tokhti del avión y luego lo condenaron a cadena perpetua por cargos de incitación al separatismo.

Posteriormente, el disidente recibió varios premios por sus actividades humanitarias, entre ellos el título "Vaclav Havel" y el premio "Sájarov", que fueron entregados en manos de su hija. Jukhia confiesa que no sabe casi nada sobre el estado actual de su padre: desde 2017, no se permiten visitas de sus familiares y se desconoce su paradero -no se sabe dónde está confinado, si en la cárcel, en un campo de concentración o en una fábrica de trabajo esclavo. Durante la última visita se lo veía extremadamente delgado y había perdido todo el pelo. En su primer encarcelamiento, estuvo en una celda de aislamiento frente a una televisión siempre encendida que emitía propaganda estatal a todo volumen, incluso durante la noche.

Desde los años 90, Ilham se pronunció públicamente a favor del derecho del pueblo uigur a la autodeterminación, acusando a las autoridades de discriminar a sus compatriotas, a los que se les impedía acceder a normas sociales estables y a un trabajo regular. La situación era diferente para los janty, que son considerados un grupo étnico de origen chino. El economista defendía la necesidad de construir infraestructuras adecuadas en la región, ya que la mayoría de las carreteras ni siquiera estaban pavimentadas, y los uigures todavía tenían que viajar en mula, aunque sólo fuera para visitar a un médico en una ciudad cercana.

También denunciaba la confiscación de los recursos de Xinjiang, "un territorio enorme” que representa “la sexta parte de la tierra fértil de China", escribió en sus artículos. Y no es justo apropiarse de todo el gas natural, el oro, el uranio, el petróleo, sin dar nada a cambio, sin construir hospitales y escuelas, sin arreglar las carreteras". Como afirma Jukhia, "el crimen de mi padre fue sólo eso: el intento de protestar contra la injusticia".

La hija de Ilham pasó su infancia y los primeros años de su juventud en Beijing: "Ni siquiera conozco bien la lengua uigur, la estudié en Estados Unidos; sólo en verano iba a visitar a mi abuela a la ciudad uigur de Artush, donde nació mi padre". En casa, sus padres hablaban uigur, pero Jukhia asistía a un internado y sólo volvía a casa los domingos. “En el internado, estaba rodeada de gente de etnia janty y nunca me sentí lo suficientemente uigur o lo suficientemente china", dice la hija del disidente. "No dejaba de preguntarme: ¿quién soy? ¿A qué pueblo pertenezco? Me llamaban Xinjanka de forma despectiva, pero me sentía suspendida entre mundos opuestos". Un problema de identidad que hoy, ciertamente, no sólo afecta a las minorías étnicas perseguidas en China, y cuyo sacrificio debería ser un ejemplo para muchos.

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