29/10/2021, 12.54
COREA DEL SUR
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La tarea del P. Bordo con los sin techo, para cambiar las reglas del ‘Squid Game’

de Alessandra De Poli

Los huéspedes de la Casa de Anna, el centro para personas sin hogar gestionado por el misionero de los Oblatos de María Inmaculada, no siempre están endeudados como los protagonistas de la serie de Netflix. Son jóvenes y adultos con problemas psíquicos y discapacidades, ex presidiarios, ancianos pobres y vagabundos. Son los marginados, los abandonados por el sistema, los últimos. Gracias al padre Bordo, a estas personas se les ofrece la posibilidad de rescatarse.

Seúl (AsiaNews) - "Para sobrevivir en Corea del Sur, hay que ser inteligente, astuto y rápido". Podría ser una frase sacada del "Squid Game", pero quien la dice es el padre Vincenzo Bordo, de 64 años. "Nosotros nos ocupamos de los que no lo son", dice el misionero de los Oblatos de María Inmaculada en diálogo con AsiaNews.

Para su vida en Corea eligió el nombre de Kim Ha Jong, que significa "siervo de Dios". En Seongam, a una hora y media de la capital, Seúl, el Sr. Kim (como le llaman los coreanos) dirige La Casa de Anna, un centro para personas que viven en la calle. Los huéspedes no están endeudados como en Squid Game: la mayoría son jóvenes y adultos con problemas mentales y discapacidades, ex presos, ancianos pobres, vagabundos y personas sin hogar. Son los marginados, los abandonados por un sistema hipercompetitivo y desenfrenadamente capitalista  -como comprendemos al mirar la serie de Netflix

Un día, un restaurador cristiano rico, que había oído hablar de las actividades del misionero en los comedores sociales, le dijo al padre Bordo que quería financiar un nuevo centro para los sin techo. Dijo que no era practicante, pero que quería honrar la muerte de su madre, recientemente fallecida. Así nació la Casa de Anna, que hoy ofrece tanto servicios básicos (comidas, duchas, peluquería) como alojamiento, apoyo psicológico, actividades de arte y musicoterapia y asistencia legal. "Lo primero que hacemos es levantarles el ánimo desde el punto de vista psicológico y luego los ayudamos a reintegrarse en la sociedad. Los que quieren estudiar pueden hacerlo y graduarse; los que no pueden volver a casa pueden quedarse con nosotros más tiempo. Tenemos varias casas de familia para los más pequeños. Pero los que llevan décadas viviendo en la calle, en general prefieren utilizar solamente los servicios básicos”, explica.

"Llegué aquí en 1990, pero hoy el país es completamente diferente a lo que era entonces. Y los cambios se ven sobre todo en las nuevas generaciones. "Antes, los jóvenes que llegaban aquí siempre tenían un encendedor y una navaja en el bolsillo, para defenderse en la calle", dice el misionero de Piansano (provincia de Viterbo). "Ahora, los que huyen de su casa no tienen calcetines ni ropa interior, pero siempre llevan una tablet y al menos dos teléfonos móviles”.

A veces, el padre Bordo y su personal salen a recorrer las calles para recoger a los últimos, a veces vienen espontáneamente. "Cuando una pareja se divorcia, los hijos son casi siempre entregados al padre, una práctica que deriva del confucianismo", explica. "Si el padre se vuelve a casar, la nueva esposa trata muy mal a los hijos del marido y éstos huyen para evitar la violencia física y psicológica. 

En Squid Game, Cho Sang-woo, uno de los concursantes del "juego del calamar", hace creer a su familia que sigue siendo un hombre de carrera con un próspero negocio financiero tras graduarse en la prestigiosa Universidad de Seúl. En realidad, también le persiguen los usureros, está endeudado hasta el cuello y no sabe cómo salir del embrollo. Cada tanto, alguien con una historia similar a la de Cho Sang-woo llega a la Casa de Anna.

"En la última planta de nuestro centro tenemos una pequeña fábrica. Los que trabajan aquí reciben un salario y alojamiento gratuito. En un par de años, algunas personas consiguen ahorrar hasta 20.000 euros y comienzan una nueva vida", continúa el misionero. "El otro día estaba en el semáforo y me saludó un hombre. Como llevaba sombrero y máscara no lo reconocí enseguida. Estuvo tres años con nosotros tras la quiebra de su empresa y ahora ha retomado su negocio", aunque el diálogo con AsiaNews es por teléfono, al padre se le oye sonreír cuando lo dice. "Damos una oportunidad a las personas que no logran adaptarse a las reglas del sistema". 

El religioso dice que con la pandemia, las cosas se han complicado. Por ejemplo, las comidas tienen que servirse al aire libre, en un gran aparcamiento, y para el personal esto supone el doble de trabajo. Hay que atender a 750 personas (200 más que antes) y los vecinos se quejan. "Sí, el centro es grande y muchas personas que viven en la calle se reúnen en el mismo lugar. A la gente de aquí no le gusta esto", dice el padre Bordo. Pero él  no quiere rendirse y sigue sus propias reglas del juego.

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