09/06/2026, 17.24
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Mons. Berardi. ‘Precariedad y preocupación’, los cristianos del Golfo entre los más afectados por la guerra

de Dario Salvi

El vicario de Arabia habla con AsiaNews sobre la “incertidumbre y fragilidad” que ha provocado el conflicto entre Israel (y Estados Unidos) e Irán. La comunidad migrante considera cada vez más los países donde vive como un lugar de “paso”. La dificultad para echar raíces y construir una presencia estable. La tregua había ilusionado con un posible regreso a la “normalidad”, pero Baréin y Kuwait volvieron a sufrir nuevos ataques en los últimos días.

 

Milán (AsiaNews) - Una sensación de precariedad sumada a la preocupación por un futuro que parece incierto empuja a los cristianos de Arabia, en su inmensa mayoría migrantes de Asia, a considerar su presencia en los Estados del Golfo como una especie de “paso” hacia nuevas tierras en el futuro, explica a AsiaNews el vicario apostólico de Arabia del Norte, monseñor Aldo Berardi. Miembro de la Orden de la Santísima Trinidad y de la Redención de los Cautivos, encabeza desde hace más de tres años una diócesis compleja pero rica en diversidad, que sufre más que otras las consecuencias de la guerra. La dificultad para echar raíces y entrar en relación con el país de migración ha comenzado a ser cada vez más evidente en los últimos meses, marcados por el conflicto desencadenado por Israel y Estados Unidos contra Irán. Y los vientos de guerra han vuelto a soplar con fuerza en los últimos días a pesar de la frágil tregua, y han golpeado con especial fuerza a Kuwait y Baréin, corazón del vicariato del Norte.

Incertidumbre y fragilidad

Lo contactamos por teléfono durante uno de sus desplazamientos entre los países del Golfo. En los próximos días tiene previsto regresar a Baréin, donde se encuentra la sede del vicariato, y después viajará a Kuwait para visitar la última parroquia. “Estamos bien, aunque de vez en cuando escuchamos el ruido de las bombas, las sirenas de alarma o los mensajes de alerta que se envían a los teléfonos móviles en caso de ataques”. Desde enero, cuenta monseñor Berardi, “estoy llevando a cabo visitas pastorales para alentar a los fieles” ante el drama de la guerra y las convulsiones que están ensangrentando la región. “He viajado mucho en automóvil estas semanas –continúa el prelado– y hace poco volví a tomar aviones, pero el reciente ataque al aeropuerto internacional de Kuwait ha vuelto a agravar el problema de la seguridad”. El vicariato del Norte extiende su jurisdicción sobre cuatro Estados de la península, con realidades diferentes desde el punto de vista social, político y de libertad religiosa: Baréin, Kuwait, Qatar y Arabia Saudita. Este último es un país donde no se permite otro culto que no sea el islam, pero donde hay –en la sombra– una numerosa presencia católica.

En 2020, cuando falleció el vicario anterior, monseñor Camillo Ballin, a quien sucedió como administrador monseñor Paul Hinder –que ya había sido vicario del Sur–, había casi 2,8 millones de bautizados sobre una población de unos 43 millones de habitantes. El territorio está dividido en 11 parroquias y tiene su sede en Awali, Baréin, donde se encuentra la catedral de Nuestra Señora de Arabia. “La guerra –explica el vicario– ha trastornado la vida de todos: muchos han perdido el trabajo, el cierre del estrecho de Ormuz ha bloqueado el paso de bienes y mercancías; las empresas cierran porque no pueden operar, dejan de pagar los salarios y obligan a los trabajadores a regresar a sus países de origen sin saber si podrán volver. [Algunos gobiernos] han prorrogado los visados con la esperanza de mantener una presencia de trabajadores, pero quienes pierden el trabajo y no cobran su sueldo, vuelven a casa”. Los primeros que se marcharon, cuando empezó la guerra a finales de febrero, fueron los europeos y estadounidenses.

Algunos, sobre todo procedentes de Asia, están tratando de regresar al Golfo, pero muchas familias se encuentran en dificultades y se preguntan si les conviene hacerlo, porque está muy extendido el temor de que el alto el fuego pueda romperse”, como ocurrió en los últimos días con los ataques cruzados entre Israel e Irán. “Vivimos en condiciones de gran fragilidad –confirma–, sobre todo en Kuwait y Baréin, que han vuelto a ser atacados, lo que sigue alimentando la inestabilidad”. La vida cotidiana está pautada por sirenas y las alarmas que reproducen los teléfonos móviles, y Mons. Berardi explica que eso produce “agotamiento y tensión, especialmente en los niños, que no pueden dormir, tienen miedo y toda su rutina cotidiana se encuentra alterada, desde la escuela hasta el catecismo. Están por comenzar las vacaciones de verano, pero el año que termina ha sido particularmente difícil, también desde el punto de vista educativo”.

Crisis económica y social

“Baréin ha sufrido mucho; a nivel económico, el conflicto y el bloqueo de Ormuz han tenido fuertes repercusiones”, observa. Arabia Saudita, en cambio, muestra signos de recuperación porque puede utilizar un oleoducto que elude el bloqueo, y tiene una salida al mar Rojo. Las pérdidas son controladas, afirma, “pero muchos proyectos, incluso los más faraónicos, se están paralizando por razones financieras. Kuwait ha sufrido fuertes ataques y se ha visto obligado a cerrar el puerto y el aeropuerto, que también fue atacado recientemente, con víctimas y varios heridos. En muchas zonas –advierte– la gente se siente atrapada y sin una vía de escape”. En las últimas semanas, la tregua parcial había ilusionado con una posible vuelta “a la normalidad, incluso la vida de las parroquias había retomado su ritmo habitual y pudimos celebrar los ritos de la Semana Santa”.

La incertidumbre, advierte Mons. Berardi, también se debe a que no es posible prever cuándo ni de dónde llegarán los ataques y las amenazas. “Hace unos días –recuerda– cayó un dron, que formaba parte de un ataque que lanzaron grupos armados chiítas desde territorio iraquí. La información es escasa; hay fuentes oficiales, pero con la escalada de la semana pasada hemos vuelto a una situación de incertidumbre y todos se preguntan qué puede pasar”. Con respecto a las negociaciones en curso, comenzando por las de Estados Unidos e Irán, la sensación es de “gran pesimismo, porque no consiguen ponerse de acuerdo y los temores generalizados alimentan la incertidumbre”.

La reanudación del conflicto ha reforzado aún más el control de los gobiernos, que tienden a reprimir cualquier mínima forma de disenso endureciendo las medidas de vigilancia, aunque al mismo tiempo mantienen vínculos y relaciones con la comunidad cristiana, como demuestran los encuentros del vicario con los líderes locales. Ejemplos de ello son la visita del príncipe heredero de Baréin a la catedral y el encuentro con el emir de Qatar con ocasión de las recientes fiestas islámicas. En un momento de profundas tensiones también dentro del mundo musulmán –exacerbadas por el conflicto entre el Irán chiíta y las monarquías y emiratos sunitas del Golfo–, el prelado considera que ha sido un éxito el Hajj, la gran peregrinación a La Meca que acaba de terminar. “En el pasado no han faltado incidentes, problemas y casos de corrupción –relata–, pero este año, pese al contexto de guerra, se ha desarrollado con normalidad”, gracias en parte al sistema de permisos y visados que implementaron las autoridades saudíes.

La fe más allá del miedo

Para el vicariato de Arabia y la Iglesia del Golfo, en este momento se plantea el desafío de redescubrir el sentido de una misión que sea capaz de superar la incertidumbre, la inestabilidad, la guerra, los problemas económicos y las migraciones. “Es una reflexión –observa monseñor Berardi– que deben hacer las comunidades y uno de los temas centrales de las visitas pastorales de estas semanas en las diversas realidades del vicariato”. Sobre todo porque los misiles y los drones no han debilitado la fe, como lo demuestran las miles de comuniones, bautismos, confirmaciones y conversiones procedentes de otras religiones (a excepción del Islam). Cada país es diferente y presenta peculiaridades propias, pero eso no impide una participación sinodal en la búsqueda del sentido de la misión en parroquias y comunidades con lenguas, culturas y ritos incluso muy diferentes entre sí, donde el riesgo es el de la dispersión. “Los fieles tienen miedo –cuenta el vicario–, pero aún así vienen a la iglesia, como ocurrió durante la Pascua, cuando los templos estuvieron llenos y se celebraron misas incluso en plena noche, a pesar de las evidentes dificultades para garantizar los controles y la seguridad”.

Por último, el vicario de Arabia subraya la importancia de los llamamientos a rezar por la paz y el apoyo del papa León XIV a los cristianos de Oriente Medio, aunque a veces se tiende a pensar “solo” en Tierra Santa y en los “cristianos orientales", olvidando a los otros tres millones de fieles que viven en la región. “Yo mismo –recuerda– insistí para que la basílica de Kuwait y la catedral de Baréin se unieran a la oración” que encabezó el pontífice, para mostrar que “estamos presentes y participamos”. Sin embargo, queda una pregunta sin resolver relacionada con el “sentido de nuestra vocación aquí, el hecho de estar de paso con un futuro incierto, aunque el número de fieles siga siendo considerable frente a una población residente que cambia cada cinco o seis años”. “Es un lugar de tránsito, de personas que intentan migrar a otros países donde haya mayor estabilidad, donde sea posible ofrecer un futuro a sus hijos y a sus familias. La fisonomía de las comunidades –observa– está cambiando: antes se quedaban 30 o 40 años y había mayor estabilidad, mientras que hoy se ha producido un cambio social y de perspectiva. Las nuevas generaciones no aceptan la falta de espacios ni las limitaciones impuestas a la vida cotidiana, y la guerra parece haber acelerado este proceso, mostrando toda la fragilidad de un territorio y de unos cimientos que quizá no eran tan sólidos como parecían.

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