30/07/2016, 12.29
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Papa: el discípulo de Jesús va al mundo para servir y vive como testigo del Evangelio

Francisco celebra la misa en el santuario dedicado a san Juan Pablo II. “Jesús manda. Él desea desde el inicio, que la Iglesia esté en salida, vaya al mundo. Y que lo haga así como Él mismo lo hizo, como Él fue enviado al mundo por al Padre: no como un potente, sino en la condición de siervo”. “Jesús busca corazones abiertos y tiernos hacia los débiles, jamás duros; corazones dóciles y transparentes, que no disimulan frente a quien tiene la tarea en la Iglesia de orientar el camino”.

Cracovia (AsiaNews)- El discípulo de Jesús “contento en el Señor, no se alegra de una vida mediocre, sino que se consume en el deseo de testimoniar y de alcanzar a los demás; ama arriesgar y sale, pero no obligado por recorridos ya trazados, sino abierto y fiel a las rutas indicadas por el espíritu: es lo contrario a pasarla bien, se alegra de evangelizar”. Porque “desde el inicio” Jesús ha querido que sus discípulos fuesen al mundo anunciando el Evangelio, “no para hacerse servir, sino para servir”, para “un viaje sin boleto de vuelta”, con “corazones dóciles y transparentes, que no disimulan frente a quien tiene la tarea en la Iglesia de orientar el camino”.

El santuario de san Juan Pablo II, donde hoy el Papa Francisco celebró la misa con los religiosos y sacerdotes (en la foto), fue hecho construir por el card. Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia e histórico secretario de Juan Pablo II, en el lugar en el cual el futuro Papa santo trabajaba como obrero de la Solvay.

Antes de la misa, Francisco visitó la capilla del no lejano convento de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia y se recogió en oración delante de la tumba de santa Faustina Kowalska. Concluyendo la visita, firmó el Libro de Honor, en el cual escribió: “Misericordia quiero, y no sacrificios”.

El Papa luego fue al santuario de la Divina Misericordia, donde atravesó la Puerta de la Misericordia, confesó a 8 jóvenes y saludó a los presentes diciendo: “El Señor, hoy, nos quiere hacer sentir aún más profundamente su gran misericordia. ¡No nos alejemos jamás de Jesús! Incluso aunque pensemos que por nuestros pecados y por nuestras faltas somos los peores…Él nos quiere y prefiere así; así su misericordia se esparce. Aprovechemos este día para recibir, todos, la misericordia de Jesús. Recemos todos juntos a la Madre de la Misericordia”

La figura del discípulo de Jesús fue en cambio el tema del cual el Papa habló a sacerdotes y religiosos reunidos en el interior del santuario dedicado a san Juan Pablo II, que está en el centro del dedicado a la Divina Misericordia. “Jesús manda. Él desea, desde el principio, que la Iglesia esté en salida, vaya al mundo. Y quiere que lo haga así como Él mismo lo hizo, como Él fue enviado al mundo por el Padre: no como un potente, sino en la condición de siervo (Cfr. Lc 4,18); así, también, son enviados los suyos, en todo tiempo”.

“Esta llamada es también para nosotros. ¿Cómo no sentir aquí el eco de la gran exhortación de san Juan Pablo II: «¡Abrid las puertas!»? No obstante, en nuestra vida como sacerdotes y personas consagradas, se puede tener con frecuencia la tentación de quedarse un poco encerrados, por miedo o por comodidad, en nosotros mismos y en nuestros ámbitos. Pero la dirección que Jesús indica es de sentido único - de sentido único: salir de nosotros mismos. Es un viaje sin boleto de vuelta. Se trata de emprender un éxodo de nuestro yo, de perder la vida por él (cf. Mc 8,35), siguiendo el camino de la entrega de sí mismo. Por otro lado, a Jesús no le gustan los recorridos a medias, las puertas entreabiertas, las vidas de doble vía. Pide ponerse en camino ligeros, salir renunciando a las propias seguridades, anclados únicamente en él”.

“En otras palabras, la vida de sus discípulos más cercanos, como estamos llamados a ser, está hecha de amor concreto, es decir, de servicio y disponibilidad; es una vida en la que no hay espacios cerrados ni propiedad privada para nuestras propias comodidades, por lo menos no deben existir. Quien ha optado por configurar toda su existencia con Jesús ya no elige dónde estar, sino que va allá donde se le envía, dispuesto a responder a quien lo llama; tampoco dispone de su propio tiempo. La casa en la que reside no le pertenece, porque la Iglesia y el mundo son los espacios abiertos de su misión. Su tesoro es poner al Señor en medio de la vida, sin buscar otra para él. Huye, pues, de las situaciones gratificantes que lo pondrían en el centro, no se sube a los estrados vacilantes de los poderes del mundo y no se adapta a las comodidades que aflojan la evangelización; no pierde el tiempo en proyectar un futuro seguro y bien remunerado, para evitar el riesgo de convertirse en aislado y sombrío, encerrado entre las paredes angostas de un egoísmo sin esperanza y sin alegría. Contento con el Señor, no se conforma con una vida mediocre, sino que tiene un deseo ardiente de ser testigo y de llegar a los otros; le gusta el riesgo y sale, no forzado por caminos ya trazados, sino abierto y fiel a las rutas indicadas por el Espíritu: contrario al «ir tirando», siente el gusto de evangelizar”.

“Para nosotros, los discípulos, es muy importante poner nuestra humanidad en contacto con la carne del Señor, es decir, llevarle a él, con confianza y total sinceridad, hasta el fondo, lo que somos. Jesús, como dijo a santa Faustina, se alegra de que hablemos de todo, no se cansa de nuestras vidas, que ya conoce; espera que la compartamos, incluso que le contemos cada día lo que nos ha pasado (cf. Diario, 6 septiembre 1937). Así se busca a Dios, con una oración que sea transparente y no se olvide de confiar y encomendar las miserias, las dificultades y las resistencias. El corazón de Jesús se conquista con la apertura sincera, con los corazones que saben reconocer y llorar las propias debilidades, confiados en que precisamente allí actuará la divina misericordia. ¿Qué es lo que nos pide Jesús? Quiere corazones verdaderamente consagrados, que viven del perdón que han recibido de él, para derramarlo con compasión sobre los hermanos. Jesús busca corazones abiertos y tiernos con los débiles, nunca duros; corazones dóciles y transparentes, que no disimulen ante los que tienen la misión en la Iglesia de orientar en el camino. El discípulo no rechaza hacerse preguntas, tiene la valentía de sentir la duda y de llevarla al Señor, a los formadores y a los superiores, sin cálculos ni reticencias. El discípulo fiel lleva a cabo un discernimiento atento y constante, sabiendo que cada día hay que educar el corazón, a partir de los afectos, para huir de toda doblez en las actitudes y en la vida”.

En el Evangelio, continuó Francisco: “no están escritos muchos otros signos que hizo Jesús (v. 30). Después del gran signo de su misericordia —podemos pensar—, ya no se ha necesitado añadir nada más. Pero queda todavía un desafío, queda espacio para los signos que podemos hacer nosotros, que hemos recibido el Espíritu del amor y estamos llamados a difundir la misericordia. Se puede decir que el Evangelio, libro vivo de la misericordia de Dios, que hay que leer y releer continuamente, todavía tiene al final páginas en blanco: es un libro abierto, que estamos llamados a escribir con el mismo estilo, es decir, realizando obras de misericordia. Os pregunto – queridos hermanos y hermanas - : ¿Cómo están las páginas del libro de cada uno de vosotros? ¿Se escriben cada día? ¿Están escritas sólo en parte? ¿Están en blanco? Que la Madre de Dios nos ayude en ello: que ella, que ha acogido plenamente la Palabra de Dios en su vida (cf.Lc 8,20-21), nos de la gracia de ser escritores vivos del Evangelio; que nuestra Madre de misericordia nos enseñe a curar concretamente las llagas de Jesús en nuestros hermanos y hermanas necesitados, de los cercanos y de los lejanos, del enfermo y del emigrante, porque sirviendo a quien sufre se honra a la carne de Cristo. Que la Virgen María nos ayude a entregarnos hasta el final por el bien de los fieles que se nos han confiado y a sostenernos los unos a los otros, como verdaderos hermanos y hermanas en la comunión de la Iglesia, nuestra santa Madre”.

 

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