16/06/2016, 15.00
JORDANIA - TIERRA SANTA
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Sacerdote en Amán: mi vida con los refugiados de Mosul

Don Mario Cornioli es un misionero fidei donum que desde el año 2009 está al servicio del Patriarcado Latino de Jerusalén. Cuenta acerca del extraordinario testimonio de fe de los refugiados cristianos. El desafío es garantizar alojamiento y trabajo, para superar los traumas psicológicos. En un hogar para niños discapacitados en Belén se torna posible el encuentro entre cristianos y musulmanes. . El rol de las mujeres como puente. Apoyar las peregrinaciones a Tierra Santa.

Amán (AsiaNews) – Trabajar en estrecho contacto con los refugiados significa “compartir” la historia y el drama personal, ser “parte de su vida” y contribuir –en la medida de lo posible- a “aliviar los sufrimientos”. Y con el tiempo, volverse parte de su familia, como ha sucedido con la pequeña Mariana, “concebida en Mosul [Irak], que huyó a Erbil [en el Kurdistán iraquí], en el vientre de su mamá, y que crecerá en Canberra [Australia]”. O también, la del “carpintero de Mosul” y de su taller, “algo despojado, pero lleno de humanidad” en Amán, Jordania. Es lo que cuenta a AsiaNews don Mario Cornioli, un misionero fidei donum de origen italiano, que desde 2009 vive en Tierra Santa, al servicio del Patriarcado Latino de Jerusalén. Relatando la emergencia de refugiados, él subraya “el drama de los padres de familia, angustiados por el futuro de sus hijos”: muchos de ellos “se habrían quedado en su tierra de origen” incluso a pesar del Estado islámico, pero han partido “pensando en las nuevas generaciones”.

Don Mario, de 45 años, es el tercer y último hijo varón de una familia de Sansepolcro, en Toscana. Se graduó como contador en 1989, y algunos años más tarde, en 1994, descubrió su vocación y eligió ingresar al seminario. El 6 de abril de 2002 fue su ordenación sacerdotal en la catedral de Fiesole, luego de la la cual, al día siguiente,  siguió la celebración de la primera misa en Sansepolcro. Por varios años se desempeñó en el cargo de párroco en Montevarchi (Arezzo), el cual dejó en 2009 para responder a un deseo misionero que lo lleva a Belén, en Tierra Santa.

“Llegué a Jordania hace un año –cuenta el sacerdote- para colaborar en la obra de asistencia y ayuda a cuantos han huido de Mosul y de la Llanura de Nínive en el verano de 2014, con el ascenso del Estado islámico. Había oído acerca de su drama, pero sólo viéndolo con mis propios ojos he logrado captar la verdadera envergadura del mismo: verlos dormir hacinados en una habitación, con un solo baño, era desolador. Dada la emergencia, el patriarcado me ha pedido dedicarme a la obra de asistencia y ayuda”.

El sacerdote define como “extraordinario” el acogimiento de Jordania. Según fuentes de la ONU, en el país hay al menos 635.000 refugiados; para Amán, la cifra es incluso superior: equivalen a 1,4 millones, cerca del 20% de la población. De ellos, aproximadamente 130.000 son iraquíes, más de 1 millón y 300.000 son sirios, a los cuales deben también agregarse los prófugos sin registrar

Con la aprobación de la familia real, la Iglesia jordana ha acogido a 10.000 cristianos iraquíes, movilizando a caritas y a las parroquias; ninguna de estas familias ha visto jamás un campo de refugiados. Aún hoy, la emergencia abarca “el alquiler de viviendas, la adquisición de medicamentos, la comida”, además de tratar de darles “un pequeño empleo para poder reunir un poco de dinero”. “Es importante –explica don Mario- que puedan ganarse el pan con dignidad, que traten de emplear el tiempo. Porque es devastador quedarse encerrados en casa durante tanto tiempo, sin hacer nada. Esta inactividad es también la causa de graves daños psicológicos y emocionales”.

De aquí surgen los cursos de corte y confección para las mujeres, de carpintería y panadería para los hombres, la pequeña producción artesanal con la venta de los productos. Respuestas a las necesidades inmediatas, no obstante “la esperanza de todos los refugiados es que puedan terminar las guerras, que la gente pueda permanecer en sus propias casas, que las potencias mundiales dejen de perseguir sus intereses a costa del pellejo de los más débiles”. “Son personas de una fe extraordinaria –cuenta el misionero- porque han perdido todos los bienes materiales, pero han sabido mantener viva su fe. Para mí, para mi obra, son una fuente inagotables de enriquecimiento personal y edificación”.  

Este contexto del Año jubilar de la misericordia, convocado por el Papa Francisco, “se hace carne cotidiana, porque se vuelve la modalidad para testimoniar la fe”. Una misericordia, agrega, que se manifiesta “sobre todo con las obras, tanto en Jordania como en Tierra Santa, en los lugares en que he experimentado la misión, incluso gracias a la contribución de benefactores y amigos de Italia. Entre tantos de ellos, una familia del norte, que ha destinado 10.000 euros a los refugiados, renunciando por un tiempo al proyecto de construirse una nueva casa”.

Además de los refugiados iraquíes, don Mario se ha ocupado de los centros de acogida y actividades caritativas en Israel y Palestina, donde ha desarrollado –y aún sigue desarrollando- parte de la misión. Con el tiempo, ha generado un vínculo “fuerte y especial” con un “hogar” para niños que conviven con discapacidades en Belén (en la foto). El centro, según cuenta, nació en el año 2005 gracias al compromiso de las hermanas del Verbo Encarnado y desde el mismo inicio de la misión “he trabajo en estrecho contacto con ellas”. “Hemos acogido a 26 niños –prosigue-, y actualmente el desafío, y el compromiso, es crear una nueva estructura para brindar ambientes diferentes a mujeres y a hombres, siendo que con el tiempo han crecido y que hoy ya no pueden compartir la misma habitación”.

El centro para discapacitados es abierto, y acoge también a las familias musulmanas, que ven “el testimonio concreto de la caridad cristiana en estas obras –en los hospitales, en los lugares de acogimiento, en los institutos educativos –y en el modo en que éstos son gestionados”. “Se trata de gestos de caridad, de misericordia y de testimonio fundamentales –prosigue- incluso, y sobre todo, para nuestra tarea de anuncio de la palabra de Jesús. No podemos, por cierto, subir a los tejados de las casas y gritar el Evangelio, pero podemos vivir nuestra fe en la práctica cotidiana, con las obras”.

Con el tiempo, estas actividades han permitido también el nacimiento de vínculos fuertes entre cristianos y musulmanes, sobre todo en Tierra Santa, y en modo particular en Belén, al igual que en algunos centros menores de Palestina. “A través de las obras –cuenta don Mario- los musulmanes entienden que tenemos estima por su vida, que no permanecemos indiferentes ante las dificultades; si, por un lado, predicar es más difícil, se torna mucho más simple vivir la fe en los gestos”. Y con el tiempo, nacen también “relaciones de unión que son muy bellas” como las que existen “entre las hermanas que gestionan el centro para discapacitados y las mamás musulmanas. Las mujeres son las primeras en derribar las barreras, en crear puentes, en instaurar un clima de familiaridad, que en los hombres se encuentra con mayor dificultad”.

Por último, él hace un llamamiento a los cristianos en Italia y en Occidente: “Venid en peregrinación a Tierra Santa –concluye don Mario-, porque es el mejor medio para mantener vivo el vínculo con esta tierra, y garantizar un futuro para la presencia cristiana en la región. Es necesario llevar este mensaje de unidad, de cercanía y solidaridad, visitando no sólo las iglesias, las basílicas, los lugares santos, sino reuniéndose también con las personas, las ‘piedras vivas’. En Belén, es hermoso ver el rostro del niño Jesús en la mirada de los cristianos que viven desde hace siglos en esta tierra". (DS)

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