09/02/2021, 14.24
VATICANO
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Vaticano: asistir al anciano para que pueda seguir ‘dando’

Documento de la Academia Pontificia para la Vida: "La vejez: nuestro futuro. La condición de los ancianos después de la pandemia". "Colocar en el centro a la persona, con sus necesidades y derechos", "es una expresión de progreso, de civilización y de auténtica conciencia cristiana". "Jóvenes y mayores, reunidos, pueden aportar al tejido social esa nueva savia de humanismo que volvería más solidaria a la sociedad".

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) - Promover un "cambio cultural" para que los ancianos puedan ser acompañados y asistidos en contextos familiares, en ambientes que se asemejen más a las casas que a los hospitales, involucrando sobre todo a los jóvenes y a los creyentes. Esta es la propuesta de la Academia Pontificia para la Vida en el documento: La vejez: nuestro futuro. La condición de los ancianos después de la pandemia", presentado hoy.

La idea de fondo del documento es que la persona mayor no es, ni debe ser vista -y tampoco tratada- sólo en la realidad de su fragilidad, con las necesidades de asistencia que la acompañan, sino como una persona que aún es capaz de "dar".

El documento parte de la constatación de que la pandemia ha demostrado que "todos estamos a merced de la misma tormenta, pero en cierto sentido también puede decirse que remamos en barcos diferentes: los más frágiles se hunden día a día. Es imprescindible repensar el modelo de desarrollo de todo el planeta. Y esto nos interpela a todos: a la política, la economía, la sociedad, las organizaciones religiosas, para lanzar un nuevo orden social que ponga en el centro el bien común de los pueblos".

Con el azote del virus, se habló de una "tragedia inimaginable" en las residencias de ancianos. Como señaló monseñor Vincenzo Paglia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, en la presentación del documento, "el 50% de las muertes de ancianos se produjo entre los aproximadamente 300.000 huéspedes de las casas de reposo y de las RSA, mientras que sólo el 24% afectó a los 7 millones de ancianos mayores de 75 años que viven en casa". El propio hogar, incluso durante la pandemia y en igualdad de condiciones, protegía mucho más". Esto, añadió, demuestra que "hay una necesidad urgente de repensar globalmente la manera en que la sociedad se aproxima y aborda a las personas mayores". “Hay mucho que revisar en el sistema de atención y asistencia a las personas mayores".

Además, en la estructura de la sociedad se está produciendo un cambio: el progreso de la medicina ha llevado a un alargamiento de la vida. Y "contrariamente a lo que una visión estereotipada podría llevarnos a imaginar, a nivel mundial las ciudades son lugares donde, por lo general, la gente vive más tiempo. Por tanto, los ancianos son numerosos, pero es indispensable que las ciudades también sean habitables para ellos. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2050 habrá dos mil millones de personas mayores de 60 años en el mundo: por tanto, una de cada cinco personas será anciana". Y si hay quienes ven la vejez como una mal, por el contrario, el Papa Francisco la ha calificado como "¡un privilegio! La soledad puede ser una enfermedad, pero con caridad, cercanía y consuelo espiritual podemos curarla". "En cualquier caso, ser mayor es un regalo de Dios y un enorme recurso, una conquista que se debe salvaguardar con cuidado".

Frente a la gran soledad que suele acompañar la vida en las residencias de ancianos, es necesario "apoyar a aquellas familias -sobre todo si tienen pocos hijos y nietos- que no pueden soportar solas, en un hogar, la responsabilidad, a veces agotadora, de cuidar de una enfermedad exigente y costosa en términos de energía y dinero". Tenemos que reinventar una red de solidaridad más amplia, no basada necesaria y exclusivamente en los lazos de sangre, sino articulada en función de la pertenencia, la amistad, el sentimiento común, la generosidad mutua para responder a las necesidades de los demás". Se trata de "poner a la persona, con sus necesidades y derechos, en el centro". Esto "es una expresión de progreso, de civilización y de auténtica conciencia cristiana. Por tanto, la persona debe ser el núcleo de este nuevo paradigma de asistencia y cuidado de los ancianos más frágiles".

"Cada persona mayor es diferente de la otra". "La aplicación de este principio implica una intervención articulada a diferentes niveles, que realiza un continuo de cuidados entre el propio domicilio y algunos servicios externos, sin cesuras traumáticas, inadecuadas para la fragilidad propia del envejecimiento". "La atención domiciliaria debe estar integrada, con la posibilidad de atención médica en el domicilio y una adecuada distribución de los servicios en el territorio. En otras palabras, es necesario y urgente activar un "hacerse cargo" de la persona mayor allí donde se desarrolla su vida. Todo ello requiere de todo un proceso de conversión social, civil, cultural y moral".

“En este contexto, las diócesis, las parroquias y las comunidades eclesiales también están invitadas a reflexionar más atentamente sobre el mundo de los ancianos. En las últimas décadas, los Papas han intervenido varias veces para fomentar el sentido de la responsabilidad y la atención pastoral hacia los ancianos. Su presencia es un gran recurso. Basta pensar en el papel decisivo que han desempeñado en la preservación y transmisión de la fe a los jóvenes, en países que se encontraban bajo regímenes ateos y autoritarios. Y en lo que muchos abuelos siguen haciendo para transmitir la fe a sus nietos".

Por su parte, los ancianos "deben procurar vivir la vejez con sabiduría", mientras que la pastoral de los ancianos, como toda pastoral, debe situarse en una perspectiva misionera. "La evangelización debe apuntar al crecimiento espiritual de cada edad, ya que la llamada a la santidad es para todos, también para los abuelos". Los ancianos, pues, "están llamados a ser misioneros, como en cualquier otra edad de la vida. En este sentido, "la Iglesia [puede llegar a ser] un lugar donde las generaciones están llamadas a compartir el plan de amor de Dios, en una relación de intercambio mutuo de los dones del Espíritu Santo". Este intercambio intergeneracional nos obliga a cambiar nuestra mirada hacia los mayores, para aprender a mirar el futuro junto a ellos". "Jóvenes y mayores, de hecho, al unirse, pueden aportar al tejido social esa savia nueva de humanismo que volvería más solidaria la sociedad". 

"Podemos afirmar -subrayó hoy mons. Bruno-Marie Duffè, secretario del Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral- que la emergencia sanitaria ha puesto de manifiesto un importante componente de las relaciones sociales. La capacidad de asumir el reto de la vida -sus incógnitas y sus alegrías- se basa, en parte, en la inspiración que nace del diálogo entre generaciones: un diálogo que puede estar hecho de palabras o de silencio, del dibujo que ofrece un niño, que todavía hace soñar a los ancianos, o de la ternura de sus miradas, que se encuentran y se animan mutuamente. Sueño y ternura: de eso se trata. Si los mayores siguen soñando, los más jóvenes pueden seguir inventando. Si la mirada del anciano alienta suavemente los proyectos del más joven, ambos vivirán en la esperanza que supera los miedos".

"La vejez también debe ser comprendida dentro de este horizonte espiritual: es la edad propicia para el abandono en Dios. A medida que el cuerpo se debilita y la vitalidad psíquica, la memoria y la mente disminuyen, para la persona se hace cada vez más evidente la dependencia de Dios. Ciertamente, hay quienes pueden sentir la vejez como una condena, pero también hay quienes pueden verla como una oportunidad para recomponer su relación con Dios. Una vez que los puntales humanos han caído, la fe deviene la virtud fundamental, vivida no sólo como adhesión a las verdades reveladas, sino como la certeza del amor de Dios,que no abandona". (FP)

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