¿En Shanghai deberíamos alegrarnos o deberíamos llorar?

Reflexión de un católico local sobre la ordenación del obispo auxiliar Wu Jianlin que se llevó a cabo ayer. El dolor por la situación no resuelta del obispo Ma Daqin, a quien se le impide ejercer su ministerio: “Esto alienta a los miembros del clero que solo buscan complacer al gobierno”

por Una voce da Shanghai

Shanghai (AsiaNews) - La ordenación episcopal del obispo auxiliar Ignacio Wu Jianlin - que se llevó a cabo ayer después de que León XIV diera su consentimiento a esta “candidatura en el marco del Acuerdo Provisional entre la Santa Sede y la República Popular China”- no es un paso indoloro para la comunidad católica de Shanghai. Es significativo el hecho de que se haya llevado a cabo sin resolver primero el caso de Mons. Tadeo Ma Daqin, el otro obispo auxiliar que lleva trece años confinado en el seminario de Sheshan e imposibilitado de ejercer su ministerio pastoral por su negativa a seguir perteneciendo a la Asociación Patriótica. Publicamos esta reflexión que nos ha enviado un católico de Shanghai y que expresa sus serias perplejidades sobre el resultado de un acontecimiento que, en vez de unir verdaderamente a la comunidad católica local, corre el riesgo de presionar aún más al clero local para que acepte las posiciones impuestas por las autoridades de Beijing.

No hace mucho tiempo leí un artículo sobre los nueve obispos de la diócesis de Shanghai. Nunca imaginé que la diócesis consagraría un décimo obispo tan pronto. En teoría, tener un nuevo obispo reconocido por la Santa Sede debería ser motivo de alegría. ¿Pero realmente es así? En el corazón de muchos fieles de la diócesis de Shanghai, es más bien un acontecimiento que hace derramar lágrimas.

Es sabido que en 2012, durante la ceremonia de su ordenación episcopal, el obispo Tadeo Ma Daqin de la diócesis de Shanghai declaró que dedicaría la mayor parte de sus energías al ministerio pastoral, y que difícilmente podría participar en otras actividades, como las de la Asociación Patriótica. Inesperadamente esta afirmación – expresión de dedicación a su ministerio – fue interpretada por algunos como una manifestación de "falta de patriotismo". Esa misma noche fue puesto bajo arresto domiciliario, y al día siguiente ni siquiera se le permitió celebrar su primera Misa como obispo. Han pasado ya trece años, y todavía no se le ha permitido ejercer públicamente su ministerio pastoral.

¿El Vaticano está al tanto de esta situación? Sin duda. En estos trece años hemos tenido tres papas, todos estimados y respetados, y estamos seguros de que cada uno de ellos ha buscado un diálogo con el gobierno chino sobre este asunto. Los fieles han rezado siempre con fervor, esperando que el Señor, a través de la acción correcta de la Santa Sede, permita al virtuoso obispo Ma salir pronto de este "exilio" para guiar a los fieles con el anuncio del Evangelio de Cristo.

Sin embargo, cada vez que se plantea la cuestión, las respuestas son siempre vagas e insatisfactorias, como: “Es un asunto interno de la Iglesia china, no podemos hacer nada”; “Tiene que haber diálogo, no confrontación. Las estrategias conflictivas del pasado no resuelven nada”; “No hay que centrarse solo en el nombramiento de los obispos, sino también en la vida cotidiana de la comunidad católica”; “Confiemos todo en las manos de Dios. Tarde o temprano, el mundo conocerá los sufrimientos de la Iglesia china”.

Tras años de oración y paciencia, lo que hemos logrado es que, después de la autoproclamación del obispo Shen Bin como ordinario de la diócesis de Shanghai, el Vaticano aprobara retroactivamente su nombramiento. Y ahora ha reconocido un nuevo obispo auxiliar para la diócesis.

¿Acaso la Iglesia no es “una, santa, católica y apostólica” (como afirma el Credo)? ¿Acaso no es “el pueblo unido bajo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”? (cfr. Lumen Gentium, 4)? El llamado “Acuerdo” entre la Santa Sede y el gobierno chino debería haber favorecido la comunión entre la Iglesia católica en China y la Iglesia universal, y resolver el problema de los obispos ordenados sin mandato pontificio. Este intento, en sí, es bueno y positivo.

Pero si se ignora la verdad de los hechos; si no se toman medidas respecto al encarcelamiento de un obispo ya legítimamente consagrado; si se aprueba retroactivamente la ordenación de obispos no reconocidos previamente; si se reconocen obispos que se limitan a obedecer al gobierno sin anunciar el Evangelio… entonces es inevitable que surjan dudas.

Si el “cabeza de familia” (la Santa Sede) no enseña a sus hijos lo que es justo y lo que no lo es, si no defiende la verdad para buscar una armonía “sin principios”, y no promueve una fe auténtica y sana… ¿es realmente esta la comunión que Cristo ha querido? ¿No se corre el riesgo, de esa manera, de alentar a aquellos miembros del clero que solo buscan complacer al gobierno, volviéndolos cada vez más descarados y sin miedos? Estos “llevan un peso, pero no ejercen la misión pastoral encomendada por Cristo”.

¿La Santa Sede ve todo esto? ¿Lo comprende realmente? ¿Esto nos conduce a la comunión con la Iglesia universal, o nos está llevando a la creación de una “Iglesia católica con características chinas”, que sólo genera división interna?

Creemos firmemente que esta no es la intención del Vaticano. Sin embargo, esperamos sinceramente que quienes se ocupan de estas cuestiones escuchen realmente la voz de los fieles.

La llegada de un nuevo obispo reconocido por la Santa Sede debería ser motivo de alegría. Sin embargo, el corazón de los fieles llora lágrimas de sangre. ¿Lo ve el Vaticano? Sí, no perderemos la esperanza – especialmente en este año jubilar de los “peregrinos de esperanza”. Ponemos todo en las manos misericordiosas del Señor. Aunque la Santa Sede no se preocupase por nosotros, ¡estamos seguros de que el Señor escuchará nuestro grito!

 

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