Yo, cristiana siria, pido quedarme y sanar las heridas de mi país

Sandra Awad, ex responsable de Cáritas que ahora colabora con Unicef, cuenta la devastación de la guerra en los últimos años. Hoy recuerda que, a pesar de las violencias y las dificultades, la comunidad tiene un "papel fundamental" en la difusión del "espíritu de perdón" y para "superar las divisiones sectarias". Y hace un llamamiento: "Libérense de las cadenas del miedo".

por Dario Salvi

Damasco (AsiaNews) - Los cristianos y las Iglesias tienen "un papel fundamental" en esta "fase crítica" de la vida del país y, así como "lideraron el trabajo humanitario" durante los años de guerra, ahora deben "difundir el espíritu de perdón y amor" para superar las divisiones sectarias que desgarran "el cuerpo de Siria", dice Sandra Awad, ex jefa de comunicación de Cáritas Siria, y actual miembro de la oficina de comunicación de Unicef, en un testimonio que ha confiado a AsiaNews sobre la situación de los cristianos y del país, que se encuentra en un momento de grave inestabilidad. "Libérense de las cadenas del miedo, cristianos de mi país. Levántense, porque hoy - advierte - tenemos más trabajo que nunca".

Desde el atentado contra la iglesia de Mar Elias hasta las agresiones a activistas, pasando por las masacres de Suwayda, marcados por las divisiones - y los enfrentamientos armados - entre drusos, beduinos y fuerzas gubernamentales, esta es una etapa turbulenta y dramática de la historia reciente de Siria. Las promesas del presidente interino Ahmed al-Sharaa y de Hay’at Tahrir al-Sham (Hts), nuevos líderes del país tras el repentino colapso del régimen de Bashar al-Assad en los últimos meses, parecen desvanecerse ante los problemas endémicos: violencia sectaria, divisiones, corrupción y una inestabilidad alimentada por las potencias de la región, desde Israel hasta Turquía.

En los últimos días se han reunido los jefes de la diplomacia de Siria y Jordania, junto con un funcionario estadounidense, para discutir la situación. Las partes habrían acordado crear "un grupo de trabajo" para ayudar a Siria a preservar el alto el fuego en la provincia que ha sido escenario de enfrentamientos y violencias confesionales. Mientras tanto, la agencia Sana informa que un soldado del gobierno murió el pasado 12 de agosto durante los enfrentamientos entre el ejército y las Fuerzas Democráticas Sirias (pro-kurdas) en el norte de la gobernación de Alepo.

A continuación, ofrecemos el testimonio completo de la activista cristiana:

Todos sentimos que una tormenta de mal está golpeando Siria en estos momentos, y nos está quemando el rostro y el corazón con su fuego abrasador. Comenzando por los crímenes que van desde el asesinato hasta el robo, pasando por los secuestros; personas que matan a sus hermanos en nombre de la religión, del poder, de la venganza o incluso para robar. Es una escena cotidiana que nos sacude profundamente y nos hace soñar con escapar, si es posible, o limitar nuestros desplazamientos y los de nuestros hijos por miedo, recluyéndonos en casa, o nos hunde en una silenciosa depresión que nos empuja a la adicción a las redes sociales para seguir las últimas noticias sobre las muertes. Sin embargo, lo que puedo notar es que muchas personas se enfrentan a esta energía oscura como si hubiera caído repentinamente sobre nosotros desde el espacio, atribuyendo toda la responsabilidad a una sola parte. Pero mi larga relación con esta tierra, sus peculiaridades, su gente, sus hogares y sus dolores, me ha hecho comprender que lo que vemos hoy no es fruto del momento.

Estamos ante un colapso que viene de  lejos, y el mañana será aún más duro si continuamos con esta ceguera colectiva. Desafortunadamente, lo que sucedió después de la liberación [con la caída de Assad, ndr], desde el caos imperante hasta la debilidad de las instituciones estatales, la ausencia de ley, el hambre que ahora ha alcanzado su punto máximo y la preocupación de los responsables políticos por la imagen exterior, cerrando los ojos a la podredumbre que consume desde el interior... todo esto ha sido la gota que colmó el vaso y sacó a la luz toda la suciedad.

No obstante, hay millones de personas comunes que seguir teniendo un buen corazón. Padres y madres que se despiertan al amanecer para que sus hijos tengan una vida digna. Jóvenes que trabajan juntos a pesar de sus diferencias. Estudiantes que luchan por adquirir conocimientos en condiciones inhumanas. Personas que arriesgan su vida para llevar ayuda a las zonas afectadas por calamidades. Músicos que todavía tratan de difundir alegría a pesar de todo el dolor. Hay personas que han sufrido injusticias y opresión pero no han buscado venganza, eligiendo en cambio el camino del perdón y la reconciliación.

Cuando los soldados y los sacerdotes vinieron a arrestar a Jesús en el huerto donde estaba orando, su discípulo Pedro se levantó, desenvainó la espada y cortó la oreja de uno de los sirvientes del sumo sacerdote. Jesús lo reprendió diciendo: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada, a espada perecerán” (Mateo 26:52). Luego extendió la mano y sanó la oreja del hombre, concluyendo su ministerio terrenal con un último milagro fruto de la misericordia, antes de ser conducido a la muerte.

Cuando pienso en los cristianos de este Oriente, a cuya fe pertenezco, creo que la esencia de su función en este conflicto que está sacudiendo nuestro país se refleja precisamente aquí, en este relato del Evangelio. En general, en los últimos años no han tomado parte en el conflicto armado; por el contrario, sus Iglesias y organizaciones benéficas han abierto las puertas a los pobres, a todos los pobres sin discriminación. Sus jóvenes han trabajado entre los escombros, reconstruyendo las casas de las familias desplazadas, ayudando a los afligidos y apoyando a los marginados.

Creo firmemente que los cristianos, junto con nuestro clero y nuestras Iglesias, tienen un papel fundamental en esta etapa crítica de la vida de Siria. Así como lideraron el trabajo humanitario durante los años de guerra, ahora deben dedicar todos sus esfuerzos a difundir el espíritu de perdón y amor en medio de las divisiones sectarias que están desgarrando el cuerpo de Siria. Me entristece ver a mis hermanos, a mis familiares y a mis amigos que sueñan con huir de este país en el primer avión disponible. Lo entiendo, dado el miedo y la expectativa que todos vivimos, pero lo que no consigo entender es que se rindan a este miedo, que se alejen y esperen pasivamente que se produzca un milagro y cure las heridas de nuestra tierra.

Libérense de las cadenas del miedo, cristianos de mi país. Levántense, porque hoy tenemos más trabajo que nunca: conviertan el deseo de huir en acciones concretas y en actividades que reconstruyan los puentes rotos. Abran las puertas de nuestras iglesias a encuentros comunitarios con todo tipo de personas y diálogos sinceros. Busquen financiación y apoyo externo para nuestras organizaciones benéficas, no para nuestra protección, sino para dar fuerza a los jóvenes sirios de todas las religiones y capacitarlos en programas de construcción de la paz. Apoyen a comerciantes, industriales y a nuestra diáspora en el extranjero, contribuyan a los proyectos de paz con su dinero y con su corazón. Grupos scouts, salgan de sus cajas cerradas y difundan en el mundo exterior el amor y la buena voluntad que sabemos que abundan entre sus miembros.

Unamos nuestras manos con nuestros hermanos compatriotas; todos somos hijos de una sola patria y solo juntos podemos resurgir. En esta tierra que nos vio nacer y que hoy nos necesita más que nunca, comportémonos como nos mandó nuestro Maestro, que dijo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

Oficina de comunicación de Unicef y ex jefa de comunicación de Cáritas Siria

 

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