San Francisco (AsiaNews) – "Me llamo Betty Ong, soy la número tres del vuelo 11". Han pasado 25 años desde aquella llamada, realizada cuando el secuestro del vuelo 11 de American Airlines ya estaba en curso y desembocaría en el primer atentado del 11 de septiembre de 2001. Betty Ann Ong, asistente de vuelo nacida y criada en el barrio chino de San Francisco, fue la primera persona en dar la alarma sobre lo que estaba ocurriendo a bordo de uno de los cuatro aviones secuestrados aquel día. Hoy su memoria sigue viva gracias a un centro recreativo y una fundación que llevan su nombre.
"La cabina del piloto no responde. Han apuñalado a una persona en clase ejecutiva y —creo que hay gas lacrimógeno— no podemos respirar. No sé, creo que nos están secuestrando", dijo al centro de reservas de la aerolínea en Raleigh, Carolina del Norte. Permaneció al teléfono durante 23 minutos y proporcionó a los operadores información sobre los pasajeros heridos, la ubicación de los secuestradores y la situación dentro del avión. Poco después, a las 8:46, el Boeing 767 se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center.
Aquella llamada telefónica contribuyó a que las autoridades estadounidenses comprendieran la magnitud de lo que estaba ocurriendo. La información transmitida por Ong y los demás miembros de la tripulación se utilizó para reconstruir el secuestro, y la Administración Federal de Aviación ordenó por primera vez en la historia de Estados Unidos el cierre del espacio aéreo nacional.
Una joven de Chinatown
Betty había nacido en San Francisco el 5 de febrero de 1956 y era la menor de cuatro hijos de una familia chino-estadounidense. Sus padres, Harry Ong Sr. y Oy Yee-gum, tenían una tienda de carne seca en Jackson Street, en el corazón de Chinatown. Ella y sus hermanos eran ciudadanos estadounidenses de tercera generación; sus cuatro abuelos habían emigrado de China después de la Primera Guerra Mundial.
La mañana del 11 de septiembre no debía estar en ese vuelo. Había aceptado un turno adicional para ahorrar el dinero necesario para un viaje a Hawái que planeaba hacer con sus hermanas. Dos días antes había escrito a su hermana Cathie que estaba trabajando mucho para poder viajar con ellas. El 9 de septiembre había aceptado reemplazar a una compañera el día 11.
Cuando los cinco secuestradores tomaron el control del Boeing que volaba de Boston a Los Ángeles, Ong se encontraba en la parte trasera del avión. Su ubicación le permitió ponerse rápidamente en contacto con el personal en tierra. La llamada se convertiría en uno de los documentos más importantes para reconstruir los primeros minutos del atentado.
Mientras tanto, en San Francisco, la familia Ong no sabía que Betty estaba en ese vuelo. American Airlines lo confirmó después. Del mismo modo, la familia tampoco supo hasta después que Betty había sido una de las personas que dieron la alarma desde el interior del avión. En 2002 se recuperaron algunos restos de Betty en Ground Zero y fueron identificados mediante ADN. Tenía 45 años. Sus restos fueron enterrados posteriormente en el Cypress Lawn Memorial Park de Colma, California.
La memoria de una comunidad
Para la comunidad chino-estadounidense de San Francisco, la muerte de Betty no se limitó a las conmemoraciones nacionales del 11 de septiembre. El 21 de septiembre de 2001, cerca de 200 personas de la comunidad china de la ciudad se reunieron en un pequeño parque de Chinatown para recordarla. El alcalde Willie Brown también asistió al acto, proclamando ese día como el "Día de Betty Ong".
En los años siguientes, la comunidad buscó una manera de mantener vivo el nombre de Betty y vincularlo al barrio donde había crecido. Uno de los principales impulsores de esta campaña fue el reverendo Norman Fong, amigo de la infancia de la familia Ong, quien durante muchos años fue el director ejecutivo del Chinatown Community Development Center, una organización dedicada a proteger a los residentes de bajos ingresos y defender el acceso a la vivienda en Chinatown. Fong contó su frustración porque, en los primeros años posteriores a los ataques, el papel de Betty había quedado relegado a un segundo plano en la memoria colectiva.
En 2011, el centro recreativo de Chinatown que Betty había frecuentado de niña recibió su nombre. Para conseguir apoyo a la propuesta, la familia reunió en pocos días más de 3.000 firmas entre residentes del barrio y compañeros de Betty.
El edificio original del centro había sido construido en 1951 y durante décadas fue uno de los principales espacios recreativos del barrio chino de San Francisco. En 2008, los votantes de la ciudad destinaron más de 21 millones de dólares a su renovación. El nuevo Betty Ann Ong Chinese Recreation Center, inaugurado en julio de 2012, cuenta con unos 2.250 metros cuadrados y más de 900 metros cuadrados de espacios al aire libre. Incluye un gimnasio, una sala para actividades artísticas y manualidades, una sala de pesas, espacios polivalentes, un parque infantil y una cancha de baloncesto al aire libre.
Hoy, el Ayuntamiento lo define como el "Chinatown's Backyard", el patio trasero de Chinatown, un espacio donde niños, familias y ancianos pueden jugar, hacer deporte, participar en actividades y reunirse. El programa del centro incluye, entre otras cosas, baloncesto, bádminton, voleibol, tenis de mesa, mahjong, zumba y actividades para personas mayores. También ofrece programas extraescolares para los niños del barrio.
Es precisamente este carácter cotidiano lo que distingue al centro de un simple monumento. Hoy el nombre de Betty está asociado a un lugar utilizado a diario por los habitantes de Chinatown, sobre todo por aquellas familias y personas mayores para quienes los espacios públicos de encuentro son especialmente importantes. En una zona donde muchos habitantes disponen de espacios privados muy limitados, la misma comunidad describe el centro como una especie de "sala de estar" del barrio.
La Betty Ann Ong Foundation, fundada por su hermana Cathie en 2002, también ha decidido convertir la memoria de la joven azafata en actividades destinadas a la comunidad. La fundación declara que su objetivo principal es ayudar a niños y personas mayores con programas dedicados a la alimentación saludable, la actividad física y el bienestar. En Bakersfield, donde tiene su sede, organiza cada año un campamento de verano con capacidad para 150 niños; en San Francisco, apoya las actividades del centro recreativo que lleva el nombre de Betty.
Según la fundación, Betty se preocupaba muy especialmente por los niños y los ancianos. Cuando trabajaba como asistente de vuelo procuraba dedicarles tiempo y atención y, cuando vivía en Boston, viajaba media hora para almorzar y pasear con algunos ancianos. A los niños del barrio solía contarles sobre sus viajes y les llevaba pequeños recuerdos.
De esa manera el recuerdo de Betty se ha entrelazado con la memoria del barrio chino de San Francisco. En 2022, el Chinese Culture Center de la ciudad la incluyó entre los doce «héroes de la comunidad asiático-estadounidense» representados en un gran mural público en Jackson Street, junto con otras figuras, entre ellas el propio Norman Fong.
El reconocimiento de Betty también adquirió para el reverendo un significado político y cívico. En los años posteriores al 11 de septiembre, la comunidad asiático-estadounidense fue objeto de una ola de sospechas y hostilidad; el propio Fong contó que había sido insultado en la calle y que le habían ordenado que regresara a China. En 2021 declaró que "hasta que Estados Unidos no vea como estadounidenses a los chino-estadounidenses, todavía nos queda mucho camino por recorrer".

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