Cincuenta años de la muerte de Mao. ¿Qué queda de él en China?

El 9 de septiembre de 1976 moría el "gran timonel" de la vía china al comunismo. Todavía se lo venera en Beijing como un amuleto, pero su nombre no significa nada para la Generación Z que sigue la China de las redes sociales. Por su parte, Xi Jinping ha retomado la retórica de la primacía del Partido y algunos de sus métodos para impulsar su programa nacionalista.

por Gianni Criveller

Milán (AsiaNews) – Hace cincuenta años, el 9 de septiembre de 1976, moría Mao Zedong, el "gran timonel" de la Nueva China. Tenía 82 años y el 1 de octubre de 1949 había fundado la República Popular China.

El año 1976 fue decisivo en la historia de la China contemporánea, marcado por una impresionante sucesión de acontecimientos extraordinarios. El año comenzó con la muerte del primer ministro Zhu Enlai (8 de enero), el político que representó, tanto dentro como fuera del país, el rostro institucional y moderado de China, en contraste con la exaltación y los excesos de las campañas políticas de Mao. Al final, Mao se había distanciado incluso de Zhu, como había hecho con todos sus colaboradores más cercanos. Pero en la primavera de 1976 la gente quiso recordar y honrar a Zhu durante la fiesta de Qingming, dedicada a la conmemoración de los difuntos. A Mao, que ejercía el poder a través de la "Banda de los Cuatro", encabezada por su esposa Jiang Qing, no le gustaron las manifestaciones en favor de Zhu: las interpretó como una protesta en contra de él mismo y las reprimió por la fuerza. Este episodio pasó a la historia como el Incidente del 5 de abril y fue, en cierto modo, un anticipo de los acontecimientos mucho más graves del 4 de junio de 1989 en la plaza de Tiananmen.

Volviendo a 1976, después del Incidente del 5 de abril, el pragmático Deng Xiaoping, que había regresado al poder poco antes gracias a su amigo Zhu Enlai, fue purgado una vez más por Mao. La Banda de los Cuatro recuperó el control absoluto del país, bajo la protección del anciano y enfermo líder supremo.

El 28 de julio de 1976 se produjo un devastador terremoto en la ciudad de Tangshan. El número de víctimas, que hoy se calcula en 650.000, también fue muy elevado debido a la negativa del régimen —es decir, de la Banda de los Cuatro— a aceptar ayuda internacional.

El arresto de la Banda de los Cuatro

El 9 de septiembre murió Mao, provocando una ola de conmoción en el país y en el mundo. En China Mao gozaba ciertamente de popularidad: era un ícono intocable, situado más allá del bien y del mal, sobre todo entre los jóvenes que habían participado en la Revolución Cultural. Mao no gobernaba mediante el ejercicio de cargos —de hecho, ya no ocupaba ninguno— sino a través de su carisma ilimitado y del uso sin escrúpulos de su poder.

En el mundo, tanto en los "países no alineados" como en los occidentales, entre ellos Italia, Mao era considerado un héroe del comunismo posible, la demostración de que la vía china era una alternativa extraordinaria al comunismo soviético, entonces cuestionado por los crímenes que había cometido en Hungría y Checoslovaquia. Mao era el profeta de un comunismo chino altamente idealizado; no solo era un revolucionario, sino también estratega, intelectual, poeta y hombre noble y moral. En Italia muchísimos estudiantes y profesores se declaraban maoístas. Incluso en los ambientes del progresismo católico era considerado un héroe positivo, una figura icónica, como lo era el Che Guevara. Recuerdo bien aquel clima: en el seminario donde yo estudiaba, el Libro Rojo de Mao se proponía como una lectura edificante y la expulsión de los misioneros de China se justificaba desde una perspectiva poscolonial.

Menos de un mes después de su muerte, el 6 de octubre de 1976, la Banda de los Cuatro fue arrestada, poniendo fin a su poder desmesurado. El arresto demostró que, a pesar de los intentos posteriores de justificar su figura para preservar la imagen de Mao, no fue la Banda la que instrumentalizó a Mao, sino todo lo contrario. Cuando él murió, la Banda dejó de tener relevancia. La fecha del arresto de la Banda de los Cuatro también se considera el final de la Revolución Cultural (1966-1976), posteriormente declarada un desastre nacional.

El sucesor elegido por Mao, Hua Guofeng, también tuvo una breve trayectoria política. Fue desplazado por Deng Xiaoping, el verdadero heredero de Mao, pero también su contrapunto político. Deng renunció sustancialmente —aunque nunca de manera formal— a la política de revolución permanente y colectivización de Mao e introdujo el capitalismo con características chinas, poniendo en marcha las "cuatro grandes modernizaciones", es decir, el proceso que convirtió a China en una potencia protagonista en el escenario internacional.

El legado de Mao y Xi Jinping

¿Qué queda de Mao y de la Revolución Cultural cincuenta años después? Hoy se conocen muchos aspectos poco edificantes de la vida pública y privada de Mao. Entre los jóvenes del mundo occidental, Mao es prácticamente desconocido, y aún más lo es la Revolución Cultural, un término que solo conserva cierta connotación romántica para los mayores de setenta años. Hoy existe una fascinación juvenil por China, pero Mao no tiene nada que ver con ella. Es una fascinación propia de la Generación Z: la tendencia viral del Chinamaxxing gira por completo en torno al impacto universal de las redes sociales, en las que China desempeña un papel fundamental.

Más complejo es el panorama cuando se trata de la sociedad china: ¿cómo se percibe hoy a Mao Zedong dentro de China? ¿Y cómo se percibe la Revolución Cultural? Hay al menos dos aspectos que considerar: uno estrictamente político y otro social y antropológico.

Desde el punto de vista político, la China actual no puede renunciar a la memoria positiva de Mao. Durante las manifestaciones en la plaza de Tiananmen de 1989, la profanación del retrato de Mao fue un punto de no retorno que desencadenó la represión violenta por orden de Deng Xiaoping. Aunque la Revolución Cultural haya sido condenada como una década de desórdenes, la autoridad del Partido Comunista en el poder en China está firmemente anclada en Mao. Su figura no puede ser cuestionada.

El líder actual, Xi Jinping, justifica y alimenta su poder absoluto recurriendo al lenguaje, los eslóganes y la retórica de la Revolución Cultural. Xi Jinping se considera el tercer líder absoluto después de Mao Zedong y Deng Xiaoping. La importancia de Jiang Zemin, sucesor inmediato de Deng, ha quedado relegada; mientras que la memoria de Hua Guofeng, sucesor de Mao, y de Hu Jintao, todavía vivo y sucesor de Jiang, ha sido completamente omitida.

Xi Jinping quiere consolidarse como un líder fundamental en la historia de la Nueva China: Mao fue su fundador y Deng, su reformador. ¿Cuál es entonces la contribución histórica de Xi? Solo queda una: Xi se ha impuesto la tarea de volver a anexionar la isla de Taiwán para completar la reconstrucción de la Gran Madre China, una misión sagrada e inalienable. Xi gobierna China no con la ideología comunista de Mao, sino con una ideología nacionalista inspirada en la adopción instrumental del confucianismo con fines políticos.

La estrategia ideológica de Xi Jinping es muy clara: abandonar la realización del comunismo tal como la concibió Mao, pero recuperar la retórica de la primacía del Partido Comunista y de la Revolución Cultural. Esta fue, esencialmente, una revolución contra el confucianismo. Si Mao combatía el confucianismo, al que culpaba del atraso de China, Xi lo convierte en el núcleo ideológico de su nacionalismo y de su programa de sinización. Mao combatía el capitalismo en su búsqueda obsesiva de una sociedad perfectamente igualitaria; Xi, en cambio, expande la economía capitalista y neocolonialista inaugurada por Deng, pero la vuelve a colocar bajo el estricto control del Partido.

Mao en el imaginario colectivo de la China actual

En la sociedad china actual, Mao no ha sido olvidado. Su imagen, casi como un amuleto, se encuentra en la mayoría de los taxis y su retrato en muchos hogares, sobre todo en las vastas zonas rurales. En el imaginario colectivo actual, Mao no es visto tanto como un líder político, sino como un ícono poderoso, un líder invencible, casi un talismán capaz de transmitir energía y fuerza. En resumen, para mucha gente, sobre todo para la gran mayoría de la población nacida después de  su muerte, Mao es admirado y venerado, más que como un revolucionario político, como un ídolo que transmite fuerza, poder y éxito.

La Revolución Cultural también tiene sus nostálgicos. Por ejemplo, quienes la vivieron en su adolescencia recuerdan con emoción las hermosas canciones revolucionarias y los eslóganes contundentes y apasionantes. Fue su juventud. Y siempre hay quienes piensan que "era mejor cuando estábamos peor". Si la Revolución Cultural provocó excesos y pobreza, todos eran iguales. Pobres, pero iguales. No como ahora, cuando la riqueza ha restablecido las divisiones de clase y la brecha entre ricos y pobres, entre privilegiados y no privilegiados.

En la pequeña —menos del 1 % de la población— pero resiliente comunidad católica de China persiste la dolorosa conciencia de que las campañas políticas de Mao, de las cuales la Revolución Cultural fue solo la última, causaron enormes sufrimientos y pérdidas. No hay una sola familia con una larga tradición católica que no haya sufrido persecución y aflicción a causa de su fe. El recuerdo de Mao no puede separarse de esta dolorosa herencia. Es nuestro deber no permitir que se pierda la memoria de los mártires y confesores de la fe de la gran nación china.


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