La Iglesia Ortodoxa Rusa en el Sudeste Asiático

En una extensa entrevista concedida a la agencia TASS, el metropolitano de Singapur, Sergij, ha descrito como «difícil y estimulante» la misión de su exarcado, que hoy se extiende desde Corea hasta Indonesia, en países de mayoría budista o musulmana. «¿El diálogo sobre la fe? Aquí no empieza con el dogma, sino con la belleza y el silencio de una iglesia ortodoxa».

por Vladimir Rozanskij

Moscú (AsiaNews) - Han pasado casi ocho años desde la fundación del exarcado patriarcal ruso del Sudeste Asiático, que hoy en día constituye una estructura eclesiástica heterogénea. El metropolitano de Singapur, Sergij (Čašin), exarca patriarcal de toda la región, ha concedido una extensa entrevista a la agencia TASS sobre las actividades del exarcado, en la que ha hablado de unos años a la vez «difíciles y estimulantes», teniendo en cuenta que la estructura se creó a raíz de la ruptura de las relaciones con el Patriarcado de Constantinopla por la concesión de la autocefalia a la Iglesia ucraniana. Desde entonces, Moscú considera que es su deber atender a los fieles ortodoxos de todo el mundo, incluso en las lejanas tierras de Asia, empezando por los rusoparlantes y, por ende, por todos los ortodoxos.

La región a la que se dedica el exarca es inmensa, desde Corea hasta Indonesia, y los sacerdotes no son muchos. La mayoría de los habitantes de estos países son budistas, musulmanes y de diversas religiones, y los ortodoxos constituyen pequeñas minorías; como explica el metropolitano, «la Iglesia se percibe como un elemento ajeno cuando se comporta como tal, cuando se presenta con pretensiones, con un claro sentido de superioridad, con el deseo de cambiar de inmediato algo en el estilo de vida que se ha desarrollado a lo largo de los siglos».

El punto de contacto con los representantes de otras religiones casi nunca es la teología, ya que los debates teológicos «requieren una base específica y el momento oportuno», sino más bien la atención a las personas necesitadas: ayudar a los enfermos, apoyar a las familias en dificultades, cuidar de aquellos a quienes la sociedad decide ignorar, porque «el lenguaje de la compasión no necesita traducciones». Al mismo tiempo, afirma Sergij, «el respeto por la fe ajena no significa diluir la propia; no adaptamos la doctrina ortodoxa al contexto circundante, ni buscamos compromisos teológicos; la ortodoxia sigue siendo ortodoxa, con una viva tradición bíblica de comunión con Dios, expresada en los sacramentos y en el rico patrimonio patrístico de la Iglesia».

El territorio del exarcado no es un espacio homogéneo, sino un mosaico de mundos culturales muy diversos, cada uno de los cuales requiere un lenguaje propio de presencia. En Tailandia, en un entorno budista, la ortodoxia se percibe principalmente a través de la imagen y la atmósfera: la gente entra en la iglesia y se detiene, atraída por la iconografía, el oro, el aroma del incienso y el silencio de la oración, «un lenguaje que aquí se comprende de forma intuitiva». La cultura budista es profundamente sensible al espacio sagrado, al recogimiento interior y al silencio y, en cierto sentido, el culto ortodoxo se nutre de esta sensibilidad. El diálogo sobre la fe «aquí no comienza con el dogma, sino con la belleza y el silencio de una iglesia ortodoxa», asegura el exarca.

La situación es completamente diferente en Filipinas, donde «el cristianismo es el aire que se respira», moldeado en gran medida por siglos de influencia católica, con su peculiar emotividad, su religiosidad barroca, su intensa fisicidad y la gran piedad popular. Cuando un filipino se encuentra con la ortodoxia, reconoce inmediatamente elementos familiares: la cruz, la Virgen María, la veneración de los santos, los sacramentos; pero, al mismo tiempo, percibe algo diferente: una mayor austeridad, una mayor antigüedad, una profundidad del silencio distinta.

La diferencia cualitativa, comenta el metropolitano, es que «en un entorno no cristiano, la Iglesia da testimonio sobre todo a través de su propia presencia, a través de la belleza, el silencio y las obras», mientras que en los entornos cristianos da testimonio de la plenitud de la Tradición, conservando intacto lo que otros han perdido.  Concluye que «son tareas diferentes, que requieren lenguajes distintos, pero el principio fundamental es el mismo en ambos casos: no imponerse, sino abrir la puerta».

 

Foto: perfil de la Iglesia Ortodoxa Rusa en Singapur

 

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