Beirut (AsiaNews) - Stade de France, en las afueras de París. El papa León XIV tiene previsto un encuentro vespertino con los jóvenes franceses con motivo de la primera jornada de su reciente viaje apostólico a Francia (25 de septiembre). En un cuadro que representa un barco y una vela, se vislumbran, de pie, un hombre y una mujer, y sobre un himno arameo del siglo IV que resuena en el estadio, una voz en off recita: «Cuando Francia aún no llevaba su nombre, el Cielo ya estaba preparando su designio». En el año 44 d. C., a orillas del Mediterráneo, una frágil barca de madera atraca en la costa. Dos discípulos de Jesucristo pisan por primera vez esta tierra que se convertirá en la Provenza: Lázaro y María Magdalena. Desde las calanques de la costa hasta los acantilados de Sainte-Baume, su paso grabará en la piedra, en los corazones y en la memoria de los hombres la primísima página de la etapa cristiana de la historia de Francia».
«Este es el grito de toda mi vida», exhorta a continuación María Magdalena, la pescadora convertida, «Cristo te llama por tu nombre. ¡Nadie está demasiado perdido para ser amado!».
Así comienza, con un encuentro entre Oriente y Occidente, el grandioso espectáculo ofrecido en honor del papa León XIV con motivo de su encuentro con la juventud francesa. Este momento culminante de la vigilia se centró en un gran fresco viviente y en una letanía de los santos especialmente adaptada para la ocasión, que unía oraciones tradicionales con la invocación de los santos y de figuras de la historia cristiana francesa como Juana de Arco, Vicente de Paúl, Francisco de Sales, Luisa de Marillac, Teresa de Lisieux, el Cura de Ars o Carlos de Foucauld.
La llegada, en el año 44, de una barca sin vela, ni remos, ni timón, a bordo de la cual se encontraba un grupo de cristianos compañeros de Jesús, entre ellos Lázaro y sus dos hermanas, Marta y María Magdalena, abandonados en el mar por sus perseguidores, está bien atestiguada en la tradición provenzal. Y la voz que canta en siríaco es la de Héléna Alamil, un talento libanés único en su género, cuya trayectoria personal aúna el mundo de la investigación científica avanzada con el de la antigua liturgia cristiana oriental.
Doble carrera
Lejos de ser una artista itinerante, Héléna Alamil es, de hecho, investigadora a tiempo completo. Se doctoró en toxicología por la Universidad de París-Saclay y ha trabajado como profesora adjunta, becaria de posdoctorado e investigadora en el campo de la espectrometría de masas aplicada a las ciencias de la vida. Originaria de Rmeich (sur del Líbano), un gran pueblo maronita fronterizo, Héléna vive en Francia desde hace unos 10 años. En su país de adopción también se la conoce como la hija del párroco del pueblo, el padre Nagib Alamil. El himno interpretado, «Abo Dqoushto» (Padre de la Verdad), es un profundo canto litúrgico siríaco del siglo IV, dirigido, según la liturgia maronita, a Dios Padre y centrado en el sacrificio de Cristo.
Héléna fue elegida para representar a los «Primeros Cristianos» en la inauguración del fresco «Tras las huellas de los santos», donado al pontífice. El espectáculo cuenta con la magistral dirección de Alexis Duffaure, un director de orquesta y coro tan «humilde» —la definición es de Héléna— como talentoso, con una orquesta y un coro de 2.500 personas coordinados por Ecclesia Cantic, una entidad eclesiástica francesa dedicada a promover el canto litúrgico. Desde el punto de vista visual, vocal y musical, el espectáculo comprende una decena de cuadros que resumen la historia de la santidad en Francia.
La gran sorpresa de la velada: una carroza tirada por cuatro caballos que animaba la narración del martirio de santa Blandina, en Lyon, y Juana de Arco con sus compañeros de armas, que galopaban sobre orgullosos corceles entre las filas de los espectadores. La interpretación de Héléna se enmarcaba en el cuadro que representaba las raíces orientales del cristianismo en Provenza. Mientras los actores que interpretaban a María Magdalena y Lázaro entraban en el estadio de pie sobre una barca, su voz de soprano dio impulso al espectáculo, que conmovió hasta las lágrimas a León XIV y a la multitud de 80.000 espectadores que llenaba las gradas del estadio.
«Honor y gracia»
«Ha sido un honor y una gracia para mí», afirma Héléna a AsiaNews, antes de añadir «y también una gran responsabilidad». «¿Hay que triunfar en la vida o entregarla?», se pregunta el guión de la velada recitado por André Dussolier. La respuesta de Héléna a esta pregunta es inmediata: «Lo único que deseo es llegar al corazón de los fieles, contribuir a su conversión y dar gloria a Dios y a su Iglesia». Con poco más de 30 años, esta joven, con la que se ha contactado por teléfono, no pretende enterrar «el talento» que se le ha confiado, sino que busca sacarle partido principalmente en ceremonias religiosas públicas y privadas, y en alguna que otra «recepción de honor» de forma excepcional.
Afirma que nunca ha sido más feliz que cuando algunos de sus oyentes en Europa le confesaron «no haber entendido nada de los himnos» que ella había interpretado, añadiendo sin embargo: «Al escucharte, es como si lo hubiéramos entendido todo». Un motivo de orgullo para esta joven que ha cantado «en todos los rincones de Francia», en Mónaco, en Luxemburgo y en Alemania. E incluso en Roma, como miembro de un coro, con motivo de la ceremonia de canonización de los tres hermanos Massabki, laicos maronitas martirizados durante las masacres de Damasco en el siglo XIX (1860), junto con miles de otros cristianos de las montañas del Líbano.
Raíces en Rmeich
Desde el pueblo de Rmeich, donde tiene sus raíces familiares (actualmente reducido a un enclave residencial rodeado por todos lados por el ejército israelí, al que solo se puede entrar o salir con autorización previa), se trasladó a París y respondió a la llamada para cantar ante el Papa. Es allí donde, con motivo de la Navidad, la Pascua y en verano, se reúne con su padre, su madre Violette, su hermana casada, su hermano sacerdote y sus ocho sobrinos. «Se lo debo todo a mi familia», precisa Héléna, que ha heredado de sus padres su hermosa voz y el amor por la patria. «En realidad, aprendí a cantar —añade con sencillez— incluso antes de aprender a leer». Muy unida al Líbano, que considera, al igual que muchos libaneses, «parte de Tierra Santa, ya que fue pisado por los pies de Cristo», Héléna lo está «sobre todo a través de su amor por Rmeich, donde algunos lugares conservan, según las tradiciones locales, las huellas del paso de Cristo y de sus discípulos, a lo largo del camino hacia Sidón y Tiro».
¿Qué es lo que más le ha impresionado de la ceremonia en el Stade de France? ¿Qué le ha conmovido personalmente? Sorprendentemente, «son la disciplina, la paz y el respeto por el otro» lo que más le ha impactado. «Hay que comparar la salida del estadio, aquella noche, con la salida de un partido de fútbol para entenderlo», explica. «Una salida fluida, disciplinada. ¡Ni siquiera una papelera volcada!». Pero eso no es todo. También se ha declarado conmovida hasta las lágrimas por el mensaje de esperanza lanzado por el Papa: «¡Vosotros sois los santos de Francia!». «Lo que también me impactó fue la emoción del Papa. Apreció la vigilia. Al fin y al cabo, todos estaban conmovidos hasta las lágrimas, incluso el Papa», añade Héléna. «Creo que este renacimiento es profundo y perdurará en el tiempo. Basta con seguir las reacciones en las redes sociales. Los jóvenes ya no se avergüenzan de declararse cristianos y de hablar de ello. La visita del Papa les ha permitido ganar en seguridad. En Francia, una nueva generación cristiana está difundiendo —concluye— su propia esperanza». Dejemos la última palabra al gran poeta cristiano Jean-Pierre Lemaire: «Estábamos en el Tabor… ahora hay que bajar de la montaña y arraigar este renovado impulso de fe en la vida cotidiana».



















