Jóvenes birmanos sin identidad: entre la condena y la posibilidad de renacer (VÍDEO)

A pesar de que la pertenencia étnica siempre ha sido un factor de suma importancia en Myanmar, el número de niños birmanos indocumentados está creciendo debido al colapso del sistema administrativo, especialmente en el distrito de Insein, en los alrededores Rangún. También aumenta el número de niños detenidos en la prisión de menores de Kaw Hmu. Los jóvenes comprometidos en la resistencia también luchan por un país distinto, por un nuevo Myanmar.

por Alessandra De Poli

Milán (AsiaNews) - Myanmar es un país donde la pertenencia religiosa y étnica siempre ha tenido una importancia primordial. No obstante, está creciendo el número de niños indocumentados, sin identidad, en el contexto de la guerra civil desatada tras el golpe de Estado de febrero de 2021.

En el vertedero de Insein (ver vídeo), un distrito en los suburbios de Rangún donde opera la organización sin fines de lucro New Humanity International, el número de personas que huyen de la guerra y se refugian allí crece de semana en semana. Los primeros habitantes de este barrio marginal llegaron en 2008 tras el ciclón Nargis, que mató a más de 138.000 personas, devastó amplias zonas del país y causó daños por valor de 4.000 millones de dólares. 

A pesar del paso del tiempo, el gobierno nunca llegó a controlar la situación del vertedero.  Por tanto, las familias del lugar viven en la más completa clandestinidad: no hay documentos que prueben la propiedad del terreno (por lo que el ejército podría desalojar a todo el mundo en cualquier momento) y los bebés que nacen no se inscriben en el registro civil. Esto ocurre, en parte, porque el sistema administrativo se derrumbó como consecuencia del conflicto. Pero también porque la población no confía en las autoridades vinculadas a la junta golpista y prefiere vivir de manera oculta en las chabolas de los barrios humildes. Los trabajadores de New Humanity han creado un jardín de infantes que funciona dentro del vertedero, pero no saben qué les deparará el futuro: el conflicto civil no da señales de atenuarse y nadie sabe cuándo será posible registrar a los niños para que tengan una identidad.

Algo similar sucede en la prisión de menores de Nghet Aw San Boys School, en el distrito de Kaw Hmu, donde la situación ya escapa al control de las autoridades: allí están detenidos más de 800 jovencitos procedentes de todo el país, por diferentes motivos. La legislación birmana estipula que los niños mayores de 11 años son encarcelados tras ser condenados por el tribunal de menores. En Kaw Hmu hay más de 300 detenidos por este motivo y New Humanity ha puesto en marcha cursos de formación profesional para facilitar su reinserción social una vez que hayan cumplido sus condenas.

Pero el ejército también ha acorralado y enviado a prisión a huérfanos, niños abandonados por sus familias (entre ellos un grupo de discapacitados) y niños de la calle. Y también a los hijos de los ciudadanos que se unieron al Movimiento de Desobediencia Civil (MCD) tras el golpe de Estado del 1 de febrero de 2021 y protagonizaron manifestaciones pacíficas contra la junta militar. En poco más de un año, el número de niños ha crecido a pasos agigantados y los trabajadores locales no saben cómo manejar la situación: no solo por el gran número,, sino también porque se trata de un grupo heterogéneo de niños que han sufrido los traumas de la guerra y hablan lenguas diferentes. Por ejemplo, un grupo de rohinyás -la minoría musulmana que vive principalmente en el estado occidental de Arakan- tiene dificultades para adaptarse, según informan fuentes locales.  En parte, por las diferencias lingüísticas y culturales, pero también porque sufren los prejuicios de ser musulmanes y pertenecer a una minoría étnica que ha sido fuertemente discriminada, especialmente desde 2017.

En este cuadro desolador, la obra que lleva adelante New Humanity es como un rayo de esperanza. Mientras que Naciones Unidas tuvo que retirarse de algunas zonas del país y tiene cada vez más dificultades para distribuir ayuda humanitaria, las pequeñas organizaciones locales consiguen brindar apoyo a la población. New Humanity solía tener 25 empleados y hoy cuenta con 70: ha logrado crecer, a pesar de que los últimos dos años han sido sumamente difíciles, marcados por el Covid y la guerra. 

Para Myanmar, este conflicto  dejará pocas cosas positivas: según los expertos, por primera vez se puede hablar de un conflicto nacional ya que la mayoría bamar del país (predominantemente budista) y las minorías étnicas (shan, kachin, chin, etc., de fe budista pero también cristiana, hindú y musulmana) se han unido contra el ejército y quieren derrotarlo a toda costa.

Los grupos étnicos minoritarios cuentan con sus propias milicias y hace mucho tiempo que luchan contra el Estado birmano. Reclaman la autonomía de sus regiones desde la época de la independencia del colonialismo británico en 1948. A diferencia del movimiento de desobediencia civil que se opuso pacíficamente al golpe, las milicias, compuestas en su mayoría por jóvenes y muy jóvenes, creen que la violencia es necesaria para un cambio radical. Según los comentaristas birmanos, las nuevas generaciones de hoy rechazan las definiciones de identidad basadas en líneas étnicas. En tanto, el conflicto causa estragos: ayer, el ejército arrasó con 700 viviendas en la región central de Sagaing, atacando con fuego y artillería pesada. Y mientras las Naciones Unidas condena la violencia con resoluciones que tienen poco o ningún impacto, la juventud birmana sigue luchando y exige  una nueva identidad para sí misma y para Myanmar.

 


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