Los osos están sembrando el pánico en Rusia: desde principios de año se han registrado 42 ataques contra personas en 11 regiones, y en la región siberiana de Krasnoyarsk han matado a siete personas. Los ambientalistas intentan comprender qué ha llevado a los osos a comportarse de manera tan agresiva e inusual, pero, según Galina Sidorova, periodista de Radio Svoboda, "estos trágicos episodios son un signo existencial de la deriva bárbara del país durante la guerra: tal vez los osos estaban furiosos porque los convirtieron en el emblema de Rusia Unida, el partido más infame de la selva política del Kremlin, que acaba de batir el récord de las elecciones más deshonestas e ilegítimas".
Como ocurre a menudo en el mundo humano, incapaces de alcanzar los niveles superiores, los enfurecidos habitantes del bosque descargaron su ira contra sus vecinos bípedos. En cuanto a los "osos" del Kremlin, los "seres celestiales" que gobiernan el país, la rabia y la incompetencia entre sus filas han alcanzado un nuevo nivel: la agresividad de la dirigencia oculta la grave situación en el campo de batalla. Para levantar la moral y compensar la creciente debilidad, incluso llevaron al frente algunas reliquias del santo príncipe victorioso Dmitri Donskói, aunque, según algunas fuentes no confirmadas por la Iglesia ortodoxa rusa, el ejército ruso las habría perdido durante la retirada en uno de los sectores del frente.
La sigla SVO (iniciales de Spetsialnaja Voennaja Operatsija, "Operación Militar Especial"), que en Rusia todavía se utiliza vergonzosamente para disfrazar la palabra "guerra", está adquiriendo, según Sidorova, otro significado, bastante práctico: SVO como Sredstvo Vyzhivanija Otbitykh, "medio de supervivencia para los marginados". El grado de marginación y la rabia de estos excluidos, obviamente varía. Algunos de ellos ahora ocupan escaños en la Duma Estatal, cuya nueva composición incluye a 46 miembros y veteranos de la llamada SVO, 41 de los cuales pertenecen a Rusia Unida. Entre ellos hay criminales de guerra como Nursultan Mussagaleev, que dirigió las purgas en el territorio ocupado de Bucha. En Ucrania está acusado oficialmente de secuestro, tortura y ejecución de civiles. Otros "rechazados" se han instalado en el Kremlin y trabajan para multiplicar y perfeccionar las amenazas al mundo exterior.
La amenaza, en efecto, es la piedra angular del gobierno de Putin, de sus políticas y de su diplomacia. Cada vez merece más el apelativo de Grozny, "el temible", el mismo que se atribuyó al primer zar Iván "el Terrible" (Grozny, precisamente), que destruyó su imperio con una guerra insensata en los países bálticos. El gasto militar, que debería aumentar casi un tercio de aquí a 2027 y durante los tres años siguientes, confirma los preparativos para una guerra larga e intensa: casi la mitad del presupuesto se destinará al ejército y a las demás fuerzas de seguridad. Rusia no aceptará ningún alto el fuego, como ha afirmado reiteradamente. La novedad es una táctica que ya se ha vuelto habitual: sembrar el pánico en lo que se denomina "Occidente colectivo", como ocurrió con el artículo propagandístico que publicó RIA Novosti y retiró casi de inmediato sobre una supuesta "Operación de Seguridad de Rusia" en Lituania. La propaganda rusa lanza globos sonda mediante textos que supuestamente se han "publicado por error", para después alegar que "las altas esferas" no piensan de esa manera.
Esta táctica se utilizó por primera vez al comienzo de la agresión, el 26 de febrero de 2022, cuando apareció un artículo en el mismo sitio web de la agencia estatal de noticias, que fue retirado poco después. Su autor, aparentemente anticipándose a los movimientos del Kremlin, afirmaba que "Ucrania ha vuelto a Rusia" y que Vladímir Putin asumiría la misión histórica de resolver definitivamente la "cuestión ucraniana" y "desucranizar" el país. Las amenazas nucleares también son cada vez más frecuentes y ya no proceden únicamente de figuras "ex" marginadas desde hace tiempo, como el expresidente Dmitri Medvédev, sino también de politólogos como Serguéi Karagánov o propagandistas como Vladímir Soloviov y Dmitri Kiseliov. Su jefe en el Kremlin también interviene cada vez con mayor frecuencia, con cínicas provocaciones dirigidas a la comunidad internacional.
En el reciente Foro de Valdái, Putin se mantuvo fiel a su estilo: se quejó y amenazó al mismo tiempo. Sidorova describe este discurso "funesto", como lo definió su oficina de prensa, con la expresión "lastimeramente agresivo". Para demostrar su conocimiento de las tendencias mundiales, el zar fantaseó sobre el futuro, la inteligencia artificial y otros desafíos tecnológicos, con un tono patético y vil, propio de alguien que apenas sabe utilizar el ratón de una computadora y que, sin embargo, arroja sin vacilar a miles de jóvenes compatriotas al fuego de su guerra. Al final llegó el repertorio completo: "nos han engañado", junto con "no fuimos nosotros quienes empezamos la guerra". Y, después de reprochar a Ucrania los ataques contra barcos rusos, Putin citó un dicho claramente anacrónico: Poluči, fašist, granatu ot sovetskogo soldata, "¡Aquí tienes, fascista, la granada de un soldado soviético!".
Lo que importa, por supuesto, es lo que hay detrás de este espectáculo previsible, que incluye el desacuerdo sobre una tregua energética, la promesa de conquistar finalmente el Donbás (posponiendo el plazo por decimosexta vez), la táctica intimidatoria de afirmar que nadie posee armas como las de Rusia y la amenaza apenas velada de que podría llegar de improviso el momento en que ya no se pueda volver atrás. Y a esto se suma la "pistola de Chéjov" —el arma que, si aparece colgada en la pared al comienzo de la comedia, está destinada a dispararse— una imagen que Putin cita en el contexto del uso de armas nucleares. De todo esto se desprende una conclusión para toda la humanidad (no) progresista: en las últimas décadas, las armas nucleares también se han convertido en un medio de supervivencia para los marginados, en una forma de protección para los países donde no existen los derechos humanos ni el respeto por el derecho internacional. Corea del Norte y Rusia son ejemplos elocuentes.
Durante el último año, Putin ha hecho gestos de acercamiento con vistas a una "paz por separado" con los estadounidenses. Pero desde que percibió que estaban dispuestos a negociar con él, en el clima creado por el inolvidable "espíritu de Anchorage" del 15 de agosto de 2025, ha perdido el control: por un lado, intenta "borrar" todos los crímenes de agresión que ha cometido en los últimos cinco años; por otro, actúa como si estuviera decidido a perpetrar tantas atrocidades de guerra como sea posible, aunque solo sea para pasar a la historia. Ante los ojos del mundo entero, entre el asombro y la resignación, el ejército ruso está destruyendo metódicamente Kiev —sus infraestructuras vitales, los centros logísticos y los edificios residenciales— con la clara intención de dejar a sus habitantes sin calefacción ni agua durante todo el invierno.
Como afirma la periodista, la única manera de hacer frente al oso derrotado del Kremlin es ayudar a Ucrania a protegerse de la destrucción. Intentar estrangular a Putin con un abrazo amistoso ha resultado un fracaso; su comportamiento agresivo solo confirma la inutilidad de cualquier negociación con él, salvo que el objetivo sea lograr su capitulación. Además, el revuelo en torno al principal "oso" del Kremlin, como ha ocurrido en todos los intentos de establecer contacto con él desde el comienzo de la guerra, lo vuelve aún más peligroso para quienes lo rodean y, lejos de resolver nada, contribuye a prolongar indefinidamente la matanza. Y todo ello pese a que el botón nuclear no está exclusivamente en manos del Kremlin y que el potencial económico y tecnológico de Occidente es incomparablemente superior al de Rusia, aislada y gravemente debilitada tanto por las sanciones como por los ataques ucranianos contra sus infraestructuras energéticas.
El objetivo de quienes desean dialogar con Putin no debería ser sentarse a la mesa y escuchar sus últimas quejas salpicadas de amenazas, sino crear las condiciones necesarias para su capitulación. Para ello deben tener muy claro que la única manera de enfrentarse al oso resentido del Kremlin es ayudar concretamente a Ucrania, no solo con palabras o sobre el papel, sino cerrando el espacio aéreo y protegiéndola de la destrucción por todos los medios que se consideren necesarios, antes de que la SVO del gran resentimiento se extienda por toda Europa, Asia y el mundo entero.
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