San Nicolás de primavera en Rusia

«La obra de Dios sabe transformar en algo bueno incluso las acciones humanas más insensatas», dijo estos días el Patriarca Kirill al celebrar la fiesta de San Nicolás, que tradicionalmente en mayo promete una buena cosecha para la temporada agrícola. Y nunca como hoy esta bendición sirve para dar esperanza en una nueva temporada de paz, para los campos y tierras devastados por la guerra.

por Vladimir Rozanskij

Moscú (AsiaNews) - El 21 de mayo, justo cuando se discutían las posibles conversaciones de paz entre Rusia y Ucrania dentro de los muros del Vaticano, los rusos celebraban a su patrón "italiano", San Nicolás de Bari, recordado bajo el título de Myra, la ciudad de la que fue llevado por mercaderes de Bari; o mejor aún como Nicolás el Taumaturgo o Nikola Vešnyj, el "Nicolás de la Primavera". La devoción al santo obispo del siglo IV, a quien la leyenda atribuye su intervención en el Concilio de Nicea hace 1.700 años, surgió desde los primeros tiempos de la Rus' de Kiev.

El «nuevo pueblo» bautizado en las aguas del Dnepr a finales del primer milenio se percibía a sí mismo como el pueblo del «nuevo comienzo» del cristianismo, y sentía la necesidad de volver a conectar con sus orígenes en Jerusalén y Constantinopla, a los que no siempre era fácil llegar debido a las Cruzadas, y la basílica de Bari, a orillas del mar Adriático, se convirtió en el principal sustituto, hasta el punto de hacer de Nicolás el patrón de la Rus', y el santo más querido de toda la historia de la «Santa Rusia». En junio de 2016, tras el histórico encuentro de febrero en La Habana entre el Papa Francisco y el Patriarca Kiril de Moscú, la porción de una costilla del santo fue donada y transportada a Moscú, para ser venerada en una gran peregrinación entre las dos fechas dedicadas a San Nicolás, el 6 de diciembre (el 19 para los rusos) y el 8 de mayo, el 21 según el calendario juliano de la Iglesia ortodoxa rusa.

Fue el último intercambio real de gran significado entre Rusia y el Vaticano, impedidos entonces de proseguir el camino de la fraternidad en los dramáticos años del coronavirus y de la guerra, mientras se esperaba poder renovar el abrazo entre Francisco y Kirill, quizás justo delante de los restos de San Nicolás en Bari. En su homilía del día de la fiesta, el propio Patriarca de Moscú recordó un principio del «catecismo ortodoxo» escrito por un santo metropolitano, Filaret (Drozdov), que en el siglo XIX enseñaba que «la obra de Dios sabe transformar en algo bueno incluso las acciones humanas más insensatas», expresando una esperanza muy oportuna, en un intento de salir de la vorágine de locuras humanas de los últimos años.

En la historia del traslado de las reliquias de San Nicolás de Constantinopla a Bari, comenta el patriarca, se da la paradoja de «un robo escandaloso, que no debería celebrarse», como de hecho les ocurrió a los griegos, que consideraron el asunto un motivo más de enemistad entre ortodoxos y católicos. Sin embargo, si «se mira desde el punto de vista de toda la historia posterior», el paso a Bari «fue providencial, de lo contrario las invasiones de los enemigos del cristianismo, que destruyeron el imperio bizantino, no habrían permitido ningún contacto con las tierras santas de origen cristiano», de las que San Nicolás es uno de los mayores testigos. Por supuesto, Kirill señala que «las reliquias no se encuentran hoy en un país ortodoxo, pero todo el mundo puede ir a honrarlas», como es el caso de todas las eparquías rusas, cada una de las cuales dispone de una oficina especial para las peregrinaciones a Bari.

El Patriarca recuerda que en las casas de los fieles ortodoxos, incluso en los tiempos difíciles del ateísmo soviético, «siempre había un rincón con tres iconos: el del Salvador, el de la Madre de Dios y el de San Nicolás». Una devoción tan intensa no se debía al conocimiento detallado de su vida, que, incluso con las abundantes lecturas hagiográficas, sigue siendo una existencia lejana y en gran medida misteriosa. Lo que importa, dice Kirill, es que «Nicolás siempre responde a las oraciones», y esta experiencia espiritual viva «es la mayor prueba de que Dios existe y nos escucha».

Los rusos recuerdan la providencial intercesión de San Nicolás en la fiesta de mayo, pidiendo la lluvia que promete una buena cosecha para la temporada agrícola que acaba de comenzar. Y nunca antes esta bendición había servido para dar esperanzas de una nueva temporada de paz, para los campos y las tierras devastadas por la guerra.

 

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