Hong Kong (AsiaNews/HSSC) – En mi última visita a la China popular, tuve algunas conversaciones que me consternaron y me dieron que pensar. He comprendido del todo la angustia que turba el corazón de tantos hermanos y hermanas –sean ellos clandestinos o de la Iglesia oficial- que realmente quieren ser leales con su fe y con la Iglesia católica.
Ante todo, ellos han visto agravarse profundamente su situación, debido a la astuta presión ejercida por las autoridades civiles y por las personas que colaboran con ellos. A través de la persuasión, la opresión e incluso la violencia, las autoridades tratan como sea de controlar y sofocar el sector oficial de la Iglesia. Ello ocurre a través del control obligatorio y del registro de sus miembros.
En su vida cotidiana, estos hermanos y hermanas se ven obligados a ponerse en contacto con oportunistas y hombres de dos caras, que les mienten y los engañan.
En su trabajo, ellos deben sufrir a causa de las injustas interferencias y de los abusos de las corruptas autoridades locales. A menudo ocurre que, dentro de la Iglesia, estos hermanos y hermanas lamentablemente se sienten confundidos en sus relaciones con los obispos y el clero. Hay obispos que son reconocidos por la Santa Sede, pero que a la vez aceptan puestos en la Asociación Patriótica, que proclama públicamente “principios inconciliables con la doctrina católica”. Luego hay obispos que participan en ordenaciones episcopales ilegítimas, y que concelebran con obispos excomulgados. Hay curas que se autoproclaman obispos. Y hay curas que son ordenados por obispos ilegítimos, etc. Como consecuencia, muchos se preguntan: ¿Quién es nuestro verdadero pastor?” y “¿Podemos recibir los sacramentos de ellos? o bien “¿Ellos todavía pertenecen a la Iglesia católica?”.
Si se observa el comportamiento asumido por la Santa Sede, algunos hermanos y hermanas se quitan el sombrero; ellos se sienten llenos de dudas y sospechas. Algunos sacerdotes no oficiales incluso han preguntado si Roma [la Santa Sede] ha aceptado la política del gobierno de eliminar la Iglesia subterránea, o si todavía sigue siendo necesario negarse a adherir a la Asociación Patriótica. La desconfianza está más que difundida.
Estos hermanos y hermanas nuestros están sufriendo, están tristes, confundidos y preocupados. Algunos de ellos ponen su esperanza en un eventual acuerdo entre China y el Vaticano, creyendo, quizás de modo irrealista, que eso conducirá al fin de su angustia y de su sufrimiento. Otros se encierran en sus pequeñas comunidades, y se apoyan en sacerdotes que les ofrecen una base segura para su fe.
Y sin embargo, el Espíritu Santo continúa obrando en ellos y reforzando su fe. Es profundamente conmovedor ver a estos hermanos y hermanas vivir la fe cristiana de un modo tan simple y sin embargo tan extraordinario.
Sólo su fe sincera garantiza la continuidad de la vida de la Iglesia en el país.
Debemos mostrarles nuestra solidaridad plena, a través de la oración y del sostén.








