Imphal (AsiaNews) – La situación volvió a agravarse en los últimos días en Manipur, estado del este de la India sacudido desde mayo de 2023 por la violencia étnica, que ahora tiene como principal escenario los enfrentamientos entre los grupos kuki-zo y naga, en una creciente espiral de asesinatos por represalia e incendios de aldeas. El 13 de septiembre, hombres armados atacaron la aldea kuki de L. Tollen, en el distrito de Tamenglong, y mataron en su propia casa a los esposos Seineh y Lhingzangai Singsit. Sus hijos pequeños resultaron heridos. Ese mismo día, en el vecino distrito de Noney, fueron asesinados Julie Gangte, que estaba embarazada, y Thangvel Roel Gangte. Tras los ataques, incendiaron cuatro viviendas nagas abandonadas, en una acción que las fuerzas de seguridad describieron como una represalia inmediata.
El Consejo Kuki-Zo (KZC), en protesta por estos nuevos asesinatos, declaró que más de 22 miembros de la comunidad habrían sido asesinados por grupos armados nagas desde comienzos de año, y pidió al Gobierno federal indio que intervenga con firmeza. El Consejo atribuye los recientes ataques a elementos del NSCN (I-M) –un grupo insurgente naga con el que Nueva Delhi mantiene negociaciones abiertas desde 1997–, que habrían actuado junto con otra milicia y guardias de las aldeas nagas. El KZC advierte que la continuación de las actividades armadas podría provocar un nuevo conflicto a gran escala en el estado.
Los nuevos ataques se producen después de un verano de gran inestabilidad, en el que hubo un ciclo de asesinatos por represalia entre las dos comunidades. A pesar de todo, sin embargo, los católicos kukis y nagas siguen dando un importante testimonio cuando se reúnen para rezar juntos.
Así lo muestra un reportaje de campo de Mathrubhumi News, que se emitió el 14 de septiembre como parte de su serie Enthokke Kizh? (“¿Qué está pasando?”). El reportaje acompaña a los espectadores por la zona de Kangpokpi-Senapati, pasando por el Motbung Centenary Gate y por el cartel que da la bienvenida a los visitantes a la capital del distrito de Senapati.
El recorrido comienza con un crudo recordatorio de la crisis actual. Camiones del ejército, vehículos blindados y puestos de control con alambre de púas bordean las carreteras que conducen a Senapati. La presencia de las fuerzas de seguridad sigue siendo masiva mientras el conflicto étnico continúa dividiendo a las comunidades y limitando la circulación normal. Pero un domingo lluvioso, el reportaje entra en la iglesia católica de San Francisco de Sales de Kangpokpi y, en su interior, el ambiente es sorprendentemente diferente de la tensión exterior. Católicos kukis y nagas se reúnen bajo el mismo techo para la misa dominical. Se sientan juntos, rezan juntos y se acercan juntos al altar. El sacerdote que celebra la Eucaristía es malayali, del sur del país. Religiosas, familias y niños comparten el mismo espacio, mientras monaguillos vestidos de rojo colaboran durante la liturgia.
En declaraciones a Mathrubhumi, el párroco explica que tanto los fieles kukis como los nagas siguen acudiendo a la misma iglesia. En medio del conflicto, cuenta, la parroquia se ha convertido en un lugar donde personas de ambas comunidades pueden sentarse juntas y rezar por la paz. La Iglesia, explica, intenta ser un signo de unidad y reconciliación. La gente ha sufrido mucho, pero su fe continúa manteniéndola unida.
En una región donde el miedo, el desplazamiento y la violencia por represalias han profundizado una y otra vez las divisiones entre las comunidades, la Eucaristía une a las personas como un solo cuerpo de Cristo. Afuera, la realidad de un conflicto étnico separa a las personas. Adentro, las familias kukis y nagas se sientan en los mismos bancos.
Sobre la iglesia, una estatua de Jesús con los brazos abiertos ofrece una imagen casi perfecta de lo que está ocurriendo: una comunidad que mantiene las puertas abiertas cuando todo a su alrededor se ha dividido.

















