Karachi: memoria por las víctimas de la masacre impune de Rampa Plaza

Han pasado 24 años desde el asesinato de siete empleados de la entidad vinculada a la diócesis. Un comando armado irrumpió en el edificio, atacando uno de los centros emblemáticos del activismo cristiano. P. Khalid: su voz «no ha caído en el silencio», su memoria «es un llamamiento a la paz y a la justicia».

por Shafique Khokhar

Karachi (AsiaNews) - A 24 años del asesinato de siete empleados durante un ataque armado contra las oficinas del Institute for Peace and Justice en Karachi, la tragedia de Rampa Plaza sigue siendo un recuerdo doloroso para la comunidad cristiana pakistaní y para quienes luchan por los derechos humanos, la paz y la justicia social. El 25 de septiembre de 2002, unos asaltantes armados irrumpieron en la sede de la organización humanitaria, inmovilizaron a los trabajadores que se encontraban en el interior y les dispararon a quemarropa en lo que fue una auténtica ejecución. Seis de las víctimas murieron en el acto, mientras que otra falleció una semana después en el hospital a causa de las gravísimas heridas sufridas. Otro colaborador, Robin Sharif, aunque también resultó gravemente herido en el ataque, logró sobrevivir. 

Las siete víctimas se llamaban Iqbal Allah Rakha, Benjamin Sadiq/Talib, Kamran Anjum, John Munir, Aslam Martin, Mushtaq Roshan y Edwin Foster.

El Instituto para la Paz y la Justicia estaba vinculado a la diócesis católica de Karachi y trabajaba en defensa de los derechos humanos, la dignidad de los trabajadores y la justicia social. Durante muchos años, al frente de la organización estuvo el padre Arnold Heredia, un sacerdote católico que, debido a su compromiso, tuvo que sufrir la detención y muchas otras dificultades, hasta verse obligado a abandonar Pakistán.

El instituto publicaba además la revista mensual Jafakish, que daba voz a las reivindicaciones de los trabajadores y las comunidades desfavorecidas, promoviendo la concienciación sobre temas de justicia social y económica. Según el padre Khalid Rashid Asi, la tragedia de Rampa Plaza sigue planteando cuestiones cruciales sobre la protección de quienes trabajan por la paz y los derechos humanos y sobre la necesidad de determinar las responsabilidades por los ataques sufridos.

Los asesinatos —obra de un comando vinculado a movimientos fundamentalistas— tuvieron lugar pocos meses después de la muerte del presidente del instituto, Edwin Naun, quien también falleció en circunstancias calificadas de misteriosas. Ambos sucesos han avivado la preocupación dentro de la organización y en toda la comunidad cristiana. Sin embargo, tras casi cinco lustros, persisten las dudas sobre el atentado, mientras que la petición —hasta ahora infructuosa— de identificar a los culpables y llevarlos ante la justicia sigue siendo parte integrante del recuerdo de las víctimas.

Hoy, 25 de septiembre, se ha celebrado una misa especial en la iglesia del Santo Rosario, en Madina Town (Faisalabad), para conmemorar a las siete víctimas. La ceremonia no solo ha sido una ocasión para recordar a quienes perdieron la vida, sino también un momento para renovar el compromiso con la paz, la justicia y la dignidad humana. El P. Khalid Rashid Asi ha afirmado que el sacrificio de los siete trabajadores no debe caer en el olvido. «Sus vidas —subrayó— representan un llamamiento constante a rechazar la violencia y la injusticia y a buscar el diálogo, el respeto a la ley y la convivencia pacífica».

Para la comunidad cristiana de Pakistán, este aniversario tiene también un significado más amplio. Las iglesias y las organizaciones cristianas han subrayado en repetidas ocasiones la importancia de proteger la dignidad humana y de garantizar justicia a las víctimas de la violencia, especialmente cuando los ataques afectan a personas que trabajan en apoyo de las comunidades vulnerables. Las víctimas de la tragedia de Rampa Plaza no fueron asesinadas en el transcurso de un conflicto armado; se trataba de trabajadores vinculados a una institución dedicada a los derechos humanos y a la justicia social. Su muerte sigue siendo una dura advertencia sobre los riesgos a los que se enfrentan los activistas de la sociedad civil y los defensores de los derechos humanos en Pakistán.

El recuerdo de las siete víctimas pone de relieve también la necesidad más amplia de rendir cuentas por las propias acciones. Para las familias y las comunidades afectadas por la violencia, la justicia no es solo una cuestión jurídica, sino una parte esencial del proceso de sanación y reconciliación. Mientras la comunidad cristiana recuerda y honra a sus «mártires», su legado sigue marcando el camino hacia una sociedad en la que las diferencias se aborden mediante el diálogo en lugar de la violencia. La tragedia de Rampa Plaza sigue siendo un capítulo doloroso de la historia de Pakistán. Sin embargo, la conmemoración anual ofrece la oportunidad de reafirmar una visión diferente: una visión en la que la paz sustituya al odio, la legalidad sustituya a la violencia y se garanticen la justicia y la dignidad humana para todos.

(En la foto, un familiar de las víctimas en las horas posteriores al atentado)


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