Milán (AsiaNews) - Las Misioneras de la Caridad que permanecen en Yemen a pesar de la guerra en el Golfo y las persecuciones que sufrieron en el pasado son un "signo de esperanza en un contexto marcado por el conflicto", afirmó anoche Mons. Paolo Martinelli, vicario apostólico de Arabia del Sur (Emiratos Árabes Unidos, Omán y Yemen), durante un encuentro organizado por el Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras (PIME) en Milán, como parte de las iniciativas de octubre, el mes misionero. Las religiosas de la Madre Teresa, prosiguió el prelado, se encuentran actualmente en Hodeida y Saná, dos ciudades del norte del país, ambas bajo el control de los rebeldes hutíes proiraníes, que combaten contra el ejército del gobierno respaldado por Arabia Saudita.
"Trabajan allí desde 1973 y han pagado con su sangre el precio de la misión", relató. A lo largo de los años, añadió, han conseguido establecer casas de acogida, entre ellas la de Adén, que fue blanco de un ataque perpetrado por un comando extremista el 4 de marzo de 2016. En el ataque, recordó el prelado, también murieron colaboradores musulmanes que trabajaban en el centro, además de cuatro religiosas, y fue secuestrado un sacerdote salesiano indio, a quien retuvieron durante 18 meses antes de liberarlo. En 1998, tres Misioneras de la Caridad habían sido asesinadas en Hodeida en un atentado: un solo atacante abrió fuego frente a una iglesia y mató a tres religiosas. Pese a todo, las Misioneras de la Caridad "permanecieron allí y desarrollan una intensa actividad", continuó Mons. Martinelli, acompañadas por un sacerdote que las asiste espiritualmente. El vicario también mantiene un contacto regular con ellas y con el sacerdote.
Religiosas, símbolo de acogida
"La situación era realmente difícil para los sacerdotes y las religiosas, pero ellas decidieron quedarse", recordó el vicario de Arabia del Sur. "Resulta muy impresionante la serenidad y la firmeza con la que tomaron esa decisión". Actualmente, las religiosas siguen trabajando en el norte del país, bajo el control de los hutíes, "en una realidad misionera especialmente difícil". Mons. Martinelli explicó que "tienen dos casas de acogida donde viven más de 100 personas. Ofrecen atención médica y apoyo, cuidan de los ancianos y de quienes no tienen dónde refugiarse. Su labor es esencial y muy apreciada por la población local".
Las religiosas "dan la bienvenida a todos, a pesar de que trabajan en un contexto de guerra. Se mantienen firmes, sostenidas por la fe, la esperanza y una profunda serenidad que —afirma el prelado— las hace felices, a pesar de todo". El vicariato procura apoyarlas y respaldar su presencia y su labor por todos los medios posibles, aunque "es muy difícil enviar artículos de primera necesidad y otros recursos". Los líderes hutíes muestran respeto por ellas debido al testimonio de atención y caridad que ofrecen, aunque "el clima sigue siendo duro, porque no dejan de ser militares".
El encuentro organizado por el PIME, titulado "Los cristianos en el Golfo, profecía de paz en Oriente Medio", se proponía dar a conocer la vida de los cristianos en el golfo Pérsico, región actualmente inmersa en el conflicto entre Estados Unidos e Irán. Mons. Martinelli habló del desafío cotidiano de vivir la fraternidad en una Iglesia integrada enteramente por migrantes y en países de abrumadora mayoría musulmana. La guerra ha complicado aún más esta realidad. Sus efectos resultan evidentes no solo en el bloqueo del comercio en el estrecho de Ormuz y las dificultades en el mar Rojo, sino también en el recrudecimiento de la violencia entre los hutíes y Arabia Saudita. En la última semana, el reino saudita, que durante mucho tiempo fue un factor de estabilidad y desarrollo, ha sido blanco de ataques con drones y misiles balísticos de los rebeldes proiraníes, que causaron al menos 14 muertos y cientos de heridos.
Tragedia humanitaria
La guerra en Yemen estalló en 2014 como un conflicto interno entre las fuerzas gubernamentales prosaudíes y los rebeldes chiitas hutíes, cercanos a Irán. Los enfrentamientos se intensificaron en marzo de 2015, cuando intervino una coalición árabe encabezada por Riad, en una guerra que ha dejado más de 10.000 muertos y 55.000 heridos. Organismos independientes estiman que entre enero de 2016 y finales de julio de 2018 murieron unas 57.000 personas. Según las Naciones Unidas, el conflicto provocó la peor crisis humanitaria del mundo, agravada por la pandemia de COVID-19 y la emergencia alimentaria, con efectos "devastadores" para la población civil. Millones de personas se encuentran al borde de la hambruna, y los niños sufrirán sus consecuencias durante décadas.
En un contexto ya frágil, la intensificación de los combates entre las fuerzas gubernamentales y los hutíes por el control de Bab el-Mandeb y el acceso al mar Rojo, sumada a la extensión del conflicto a Arabia Saudita, amenaza con agravar la tragedia humanitaria y aumentar la presión sobre un sistema sanitario que ya es precario. En Adén, sede del gobierno reconocido internacionalmente, los trabajadores humanitarios, médicos y enfermeros, describen la situación como "desastrosa". A los efectos de la guerra se suman las graves repercusiones de los recortes de la ayuda internacional por parte de Estados Unidos, el Reino Unido y otros donantes. La respuesta humanitaria también se ha visto gravemente afectada por la falta de financiación. En 2026, la financiación de la respuesta humanitaria no llegó al 20% de los 2.160 millones de dólares solicitados por las Naciones Unidas. Esta escasez ha obligado a las organizaciones humanitarias a reducir sus servicios y ha dejado a los centros con menos recursos precisamente cuando Washington e Israel iniciaron, en febrero pasado, una guerra contra Irán que luego se transformó en un conflicto regional más amplio.
La escalada continúa
Mientras tanto, los hutíes amenazan con lanzar nuevos ataques contra Arabia Saudita, pocas horas después de una incursión que habría causado graves daños en la sede del gigante petrolero saudí Aramco, en la ciudad oriental de Dhahran, aunque no hay confirmación oficial. Los lugares atacados —desde aeropuertos hasta instalaciones energéticas— serían "objetivos legítimos" y los ataques constituirían una represalia por los bombardeos sauditas en Yemen, con la perspectiva concreta de que se intensifique aún más la escalada militar en el contexto de la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán. También se han registrado nuevos intercambios de fuego entre las fuerzas yemeníes y los rebeldes cerca de la ciudad de Taiz, sometida ya a un auténtico asedio, mientras las fuerzas gubernamentales intentan avanzar a lo largo de la costa.
En el sur de Yemen, bajo el control del ejército del gobierno reconocido por la comunidad internacional, la situación sigue siendo "complicada y dura", explicó Mons. Martinelli. En el norte, en cambio, los hutíes "consiguen mantener un control más firme del territorio". Esta realidad también refleja las dificultades que afrontan los trabajadores humanitarios cuando intentan llevar ayuda y alivio a la población. "En el norte, el interlocutor está claro; en el sur, en cambio, el panorama está más fragmentado y resulta más difícil relacionarse con los líderes y responsables", prosiguió el prelado. "Contamos con interlocutores entre las agencias internacionales que operan sobre el terreno y gracias a su colaboración podemos apoyar más a las religiosas", explicó.
"En el vicariato somos una sola Iglesia, aunque vivimos situaciones muy diferentes. Todos rezamos unos por otros, tanto en Omán como en los Emiratos y en Yemen. En la medida de lo posible nos prestamos una ayuda concreta, y formamos un solo cuerpo", concluyó Mons. Martinelli. "Sin embargo, quiero destacar, por último, un aspecto que no es menos importante: me impresiona el aprecio que despiertan las religiosas que trabajan en Yemen y el reconocimiento del bien concreto que hacen por todos, sin distinciones".



















