Milán (AsiaNews) - Cada verano, Estados Unidos y Corea del Sur llevan a cabo durante once días un amplio ejercicio militar en el que participan miles de soldados y se simula un conflicto con Corea del Norte. Se llama «Ulchi Freedom Shield» y se prepara durante meses, con las unidades y las cadenas logísticas organizadas mucho antes del inicio de las maniobras. Se trata de la principal prueba de fuego de una alianza en virtud de la cual 28.500 soldados estadounidenses están destinados de forma permanente en territorio surcoreano. Este año, el ejercicio se interrumpió mientras estaba en curso, por decisión unilateral del presidente de Estados Unidos, un hecho sin precedentes.
La orden de Donald Trump se emitió el 16 de agosto, pocas horas después de que el presidente estadounidense publicara en Truth Social una antigua fotografía de su encuentro con Kim Jong-un en la frontera intercoreana en 2019. Trump pidió al Pentágono que redujera sustancialmente las maniobras, al considerar que su coste era excesivo y afirmar que enviaban a Pionyang «una señal totalmente inapropiada y hostil». Las maniobras comenzaron, no obstante, el día 17, pero dos días después el Estado Mayor Conjunto de Corea del Sur anunció que concluirían el día 21 en lugar del 27, con la cancelación de la segunda fase dedicada a la contraofensiva.
Al justificar la decisión, Trump citó dos aspectos paralelos que en Seúl se interpretaron como estrechamente relacionados. El primero es el comportamiento de Pionyang, que, según el presidente de EE. UU., se ha mostrado respetuoso y no amenazante a lo largo de todo su mandato. El segundo es la conducta de Seúl, que se ha negado a apoyar la guerra de Estados Unidos contra Irán y avanza con lentitud en la realización de las inversiones por valor de 350.000 millones de dólares previstas en el acuerdo comercial firmado con Washington en 2025. Dentro de la Administración, se considera que el Gobierno surcoreano es el interlocutor más lento entre aquellos con los que EE. UU. ha negociado acuerdos. La reducción de las maniobras ha asumido, por tanto, también la función de instrumento de presión frente a un aliado.
Sin embargo, el objetivo más ambicioso de Trump es lograr celebrar una cumbre con Corea del Norte el próximo otoño. La guerra contra Irán se ha convertido ya en un atolladero y es cada vez más impopular en EE. UU., por lo que un nuevo encuentro con Kim Jong-un ofrecería a Trump la oportunidad de escenificar un éxito diplomático de gran repercusión mediática, que podría aprovechar políticamente de forma inmediata.
El precio fijado por Pionyang
La respuesta norcoreana llegó de la mano de Kim Yo-jong, hermana del líder y una de las principales voces del régimen, quien calificó de irrelevante la reducción de las maniobras y negó que hubiera habido contactos recientes entre los dos líderes. Al día siguiente, se burló del Gobierno de Seúl, que ni siquiera se habría atrevido a protestar por la salida anticipada de los soldados estadounidenses. Por si fuera poco, el 20 de agosto Corea del Norte lanzó al mar una decena de misiles balísticos de corto alcance desde la zona de Pionyang.
Estas medidas encarecen el precio de un posible regreso a la mesa de negociaciones, sin cerrar la puerta al diálogo. Hace tres años, Pionyang incluyó en su Constitución el carácter permanente de su arsenal nuclear, excluyendo formalmente cualquier negociación sobre el desarme, y el otoño pasado el líder norcoreano se mostró dispuesto a dialogar con Washington solo a condición de que Estados Unidos abandonara la exigencia de desnuclearización. En comparación con 2018, el año de la primera cumbre entre Kim y Trump en Singapur, a la que siguió el fracaso de Hanoi en 2019, la posición negociadora del líder norcoreano es mucho más sólida. El envío de tropas y municiones a Rusia a cambio de apoyo económico y tecnológico ha atenuado el efecto de las sanciones occidentales, mientras que la reanudación del comercio con China ha reducido aún más el aislamiento del país. No obstante, una cumbre podría garantizarle algunos resultados concretos, como una declaración formal del fin del estado de guerra entre el Sur y el Norte o nuevas restricciones a las maniobras aliadas, sin poner en tela de juicio el arsenal nuclear. Además, Pionyang persigue desde hace tiempo, en paralelo, un objetivo estratégico más amplio: negociar directamente con Washington dejando a Seúl al margen, y la señal enviada por Trump apunta exactamente en esa dirección, precisamente en un momento en el que la alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur ya se ve afectada por tensiones económicas.
Las propuestas de Lee que no han obtenido respuesta
Los últimos acontecimientos sitúan al presidente surcoreano Lee Jae-myung en una posición cada vez más complicada. Desde que asumió el cargo en junio de 2025, ha dado un giro a la línea de su predecesor y ha ofrecido a Pionyang su disposición a entablar conversaciones sin condiciones previas. En julio, el Ministerio de Unificación de Corea del Sur declaró que se había puesto fin a la política de presión destinada al desmantelamiento del arsenal nuclear de Pionyang, señalando como objetivo inmediato la congelación de su expansión. El 15 de agosto, en el discurso pronunciado con motivo del aniversario de la liberación del dominio colonial japonés, Lee propuso al Norte la apertura de negociaciones entre las partes directamente implicadas para poner fin formalmente a la Guerra de Corea, suspendida en 1953 por un armisticio y que nunca se ha cerrado con un tratado de paz. Hasta ahora, ninguna de las propuestas de Lee ha recibido respuesta. Mientras tanto, Pionyang ha seguido reforzando sus relaciones militares con Moscú, y se espera que Kim visite Rusia antes de que termine el año.
Lee ha acogido con satisfacción la reducción de las maniobras. En un mensaje en X, ha agradecido a Trump por haber contribuido a abrir un espacio de diálogo, también mediante la reducción de las maniobras. Sin embargo, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Seúl aclaró de inmediato que la decisión la había tomado Washington de forma autónoma y no a petición de Corea del Sur. El Gobierno ha visto así cumplido uno de sus objetivos de larga data, como es la reducción de las maniobras, pero por iniciativa unilateral de Estados Unidos y sin haber participado en la decisión.
En el ámbito militar, la respuesta surcoreana ha sido de signo opuesto. Lee ha pedido que se acelere tanto el programa de submarinos de propulsión nuclear como la recuperación del control operativo en tiempo de guerra, es decir, el mando de las fuerzas surcoreanas que, en caso de conflicto, pasaría hoy en día a manos de un general estadounidense. Según su planteamiento, cuanto más capaz sea el país de defenderse por sí mismo, mayor será el valor de la alianza. El riesgo inherente a esta perspectiva lo ha destacado Yu Ji-hoon, investigador del Instituto Coreano de Análisis de Defensa, quien, en el Korea Herald, ha señalado que las reducciones repetidas de las maniobras conjuntas acabarían por debilitar el entrenamiento coordinado y la coherencia del mensaje de disuasión hacia el Norte.
El asunto también se ha seguido con atención fuera de la península coreana. En Tokio, el Gobierno de Sanae Takaichi se ha visto obligado a cuestionarse de nuevo la fiabilidad de las garantías estadounidenses en Asia, mientras que en Taipéi y Manila el caso se ha interpretado como una señal de la rapidez con la que Washington puede redefinir unilateralmente sus compromisos. Pekín, por su parte, ha reaccionado rápidamente. El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, llegó el 20 de agosto a Seúl, donde se reunió con Lee e invitó a Corea del Sur a mantener una posición neutral respecto a la rivalidad entre China y Estados Unidos, calificando la política hostil de Washington hacia el Norte como una de las principales causas de las tensiones actuales.
Las fuerzas militares estadounidenses siguen estacionadas en Corea del Sur y ninguna de las dos partes pone en duda la alianza, pero las maniobras, concebidas para comprobar la capacidad operativa de las fuerzas conjuntas, se han convertido ya en parte del juego político entre Washington y Pionyang. En este contexto, cualquier posible reanudación del diálogo con el Norte corre el riesgo de depender sobre todo de las decisiones de Estados Unidos y Corea del Norte, lo que deja a Seúl un margen de maniobra cada vez más reducido.


















