Obispos indonesios: «La Iglesia y la crisis de nuestra nación»

Con motivo del aniversario de la independencia, la Conferencia Episcopal de Indonesia ha publicado su nota pastoral de este año, en la que se esbozan los pasos para «un camino de esperanza». Preocupación por la centralización del poder y la reducción del espacio para la sociedad civil: «La Iglesia no es partidista, pero tampoco es apolítica».

por Mathias Hariyadi

Yakarta (AsiaNews) - El 17 de agosto, coincidiendo con el 81.º aniversario de la independencia de Indonesia, la Conferencia Episcopal de Indonesia (KWI) publicó su Nota Pastoral 2026. El documento lleva las firmas de monseñor Antonius Subianto Bunjamin, obispo de Bandung, y de monseñor Adrianus Sunarko, obispo de Palkanpinang, presidente y secretario general de la KWI, respectivamente.

El documento —de 81 páginas— se titula «El camino de la esperanza en medio de la dinámica de la nación: una Iglesia sinodal para salvaguardar la ética pública y reforzar la solidaridad humana en Indonesia» y se divide en tres partes principales.

La primera expresa gratitud por la obra de Dios en la vida de la nación y de la Iglesia indonesia. La segunda analiza las crisis multidimensionales que afectan actualmente a Indonesia. La tercera presenta la respuesta de la Iglesia: caminar juntos como parte integrante de la nación para alimentar la esperanza, reforzar la virtud cívica y promover la solidaridad humana. A continuación, ofrecemos algunos mensajes clave.

Crisis interrelacionadas

Indonesia es una gran nación bendecida con abundantes recursos naturales, riqueza cultural y una extraordinaria diversidad. Sin embargo, tras estas fortalezas, el país se enfrenta a crisis sociales, económicas, políticas, tecnológicas, ecológicas y morales que están interrelacionadas.

El problema no es simplemente el crecimiento económico desigual o el declive democrático. A un nivel más profundo, lo que está en juego es la dignidad humana y el bien común.

Los colectivos vulnerables son los que soportan la carga más pesada. Los jóvenes se enfrentan a problemas de salud mental y a la alienación en el mundo digital. Las mujeres siguen sufriendo discriminación y violencia. Los pueblos indígenas, las personas con discapacidad, las personas mayores, los niños y los pobres aún no gozan de una protección adecuada.

En tales circunstancias, la Iglesia católica no puede quedarse al margen.

Convertirse en una Iglesia que camina unida

El Concilio Vaticano II subraya que la Iglesia está llamada a estar presente en el mundo y a compartir las alegrías, las esperanzas, los dolores y las angustias de la humanidad.

La fe cristiana, por lo tanto, no puede quedarse confinada al altar. Debe encontrar una expresión concreta en la vida social. Este es el núcleo de lo que significa ser una Iglesia sinodal: una Iglesia que camina unida.

La sinodalidad se basa en la comunión, la participación y la misión. La Iglesia debe crear más espacio para los laicos, las mujeres, los jóvenes y aquellos cuyas voces a menudo han quedado sin ser escuchadas.

Al mismo tiempo, la Iglesia está llamada a caminar junto a la sociedad en su conjunto, más allá de las fronteras religiosas y culturales, promoviendo el bienestar humano y la integridad de la creación.

Estar junto a los vulnerables

Estar junto a los pobres y los marginados no es un complemento opcional de la misión de la Iglesia. Forma parte de su propia identidad. La obra caritativa debe, por tanto, ir de la mano de la promoción de los derechos y la defensa de los más débiles. La Iglesia debe acompañar a los agricultores, los pescadores, los trabajadores, los trabajadores migrantes, las mujeres, las familias pobres, las comunidades indígenas y otros grupos vulnerables.

Las instituciones educativas y sanitarias católicas deben, asimismo, reafirmar su identidad como obras misioneras, más que como simples instituciones que compiten según la lógica del mercado.

Las escuelas, universidades, clínicas y hospitales católicos deben seguir siendo «un hogar para todos», especialmente para los pobres y los vulnerables.

Humanizar la tecnología

La Nota Pastoral aborda también el rápido desarrollo de la tecnología digital y la inteligencia artificial. La IA genera oportunidades significativas, pero también conlleva riesgos: desinformación, deepfakes, discurso de odio, ciberacoso, explotación sexual en línea, manipulación algorítmica y amenazas a la privacidad.

Por ello, la Iglesia aboga por una alfabetización digital que vaya más allá de la competencia técnica. Las personas deben aprender a evaluar la información, identificar la desinformación, comprender cómo funcionan los algoritmos y utilizar la tecnología de forma responsable.

La tecnología debe estar al servicio de la humanidad, no sustituir nuestra humanidad. En la educación, por ejemplo, la IA debería apoyar el aprendizaje sin debilitar la capacidad humana de pensar, reflexionar y tomar decisiones responsables.

En un mundo digital que puede fomentar la soledad y la alienación, la Iglesia está llamada a convertirse en un lugar de auténtico encuentro humano.

Escuchar el clamor de la Tierra

La crisis humana no puede separarse de la crisis ecológica. La deforestación, la actividad minera y las plantaciones intensivas, los conflictos agrarios, la contaminación, la mala gestión de los residuos y el cambio climático amenazan cada vez más la vida humana. Sus consecuencias más duras suelen recaer sobre las comunidades indígenas, los agricultores, los pescadores, las mujeres, los niños y los pobres.

Por lo tanto, el grito de la Tierra no puede separarse del grito de los pobres. La conversión ecológica debe reflejarse en cambios en la vida cotidiana: reducir el desperdicio de alimentos y de plástico, ahorrar energía, proteger los recursos hídricos, plantar árboles y desarrollar modelos de consumo más responsables.

Sin embargo, la acción individual por sí sola no basta. La Iglesia debe también defender los derechos de los pueblos indígenas, acompañar a las comunidades afectadas por conflictos agrarios, examinar críticamente los proyectos de desarrollo que dañan el medio ambiente y apoyar políticas más justas y sostenibles.

Las propias instituciones eclesiásticas deben dar ejemplo. El compromiso ecológico debería reflejarse en la gestión de las parroquias, las escuelas, las universidades, los seminarios, las casas religiosas, los hospitales y también en la gestión de las inversiones.

No partidista, pero tampoco apolítica

Otra gran preocupación es el estado de la democracia. La centralización del poder, el debilitamiento de la oposición política, la reducción del espacio para la sociedad civil y la presión sobre las voces críticas pueden alejar a la democracia de su verdadero propósito.

La democracia no puede reducirse a las elecciones. Requiere la participación de los ciudadanos, las libertades civiles, el Estado de derecho, la transparencia y líderes que antepongan el bienestar del pueblo a los intereses partidistas particulares.

La postura de la Iglesia al respecto es clara: no debe ser partidista, pero tampoco puede ser apolítica. Los laicos católicos están llamados a participar en la política, en el gobierno y en la elaboración de las políticas públicas. Los obispos, sacerdotes y religiosos, por su parte, tienen una responsabilidad diferente: formar las conciencias, educar en la ética de la política, acompañar a los fieles y alzar la voz cuando la dignidad humana y el bien común se vean amenazados.

Desde una perspectiva cristiana, la política no consiste principalmente en conquistar el poder. La política es servicio. Por lo tanto, la Iglesia debe reforzar la educación política, la difusión de la Doctrina Social de la Iglesia y la formación cívica, preparando al mismo tiempo a los jóvenes católicos con integridad, competencia, espiritualidad y valor moral para participar en la vida pública.

Vuelta a los valores fundamentales

Detrás de estas diversas crisis se esconde un problema aún más profundo: una crisis de valores.

La doctrina de la Pancasila encarna los nobles valores sobre los que los indonesios han tratado de construir su vida en común. La Iglesia considera que estos valores pueden converger con los valores del Evangelio en la búsqueda común de una sociedad justa, humana, pacífica e inclusiva.

La fe cristiana y el compromiso con la nación no son, por tanto, contradictorios. La formación en los valores comienza en la familia. Es allí donde los niños aprenden por primera vez que la vida es un don, que los demás son sus hermanos y hermanas y que hay que respetar las diferencias.

Las escuelas católicas continúan esta formación educando no solo a alumnos con buenas capacidades académicas, sino también a personas abiertas, compasivas, sensibles a la injusticia y capaces de convivir con quienes tienen religiones y culturas diferentes.

La Eucaristía tampoco debería terminar cuando los fieles abandonan el templo. La celebración de la fe debe dar frutos de fraternidad, paz, solidaridad y compromiso con quienes sufren.

Convertirnos en constructores de puentes

En definitiva, la sinodalidad no es simplemente un método para celebrar reuniones, llevar a cabo consultas o gobernar la Iglesia. La sinodalidad exige una conversión en la forma en que la Iglesia está presente en el mundo.

La Iglesia está llamada a tender puentes: entre la humanidad y Dios, entre las personas, entre las distintas comunidades sociales y religiosas, y entre la humanidad y la creación en su conjunto.

No basta con limitarse a escuchar a los pequeños, a los heridos o a los marginados. Sus voces también deben contribuir a dar forma a las prioridades de la Iglesia y a la manera en que esta lleva a cabo su misión.

Las crisis multidimensionales de Indonesia pueden generar fácilmente pesimismo. Sin embargo, es precisamente en tales circunstancias cuando la Iglesia está llamada a convertirse en una comunidad de esperanza.

La esperanza cristiana no es un optimismo vacío. Adquiere forma concreta cuando caminamos junto a quienes sufren, defendemos a aquellos cuyas voces no son escuchadas, cuidamos de la creación, perseguimos la justicia y restablecemos las relaciones rotas.

En definitiva, en medio de las crisis de la nación, la Iglesia católica en Indonesia está llamada a defender la dignidad de la persona humana, a tender puentes entre civilizaciones, a custodiar nuestra casa común y a ser una comunidad que siga alimentando la esperanza.


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