El cambio climático y la ilusión de las bananas siberianas

En 2023, el permafrost se derritió 70 centímetros. Cerca del 80% de los edificios del Ártico presentan deformaciones. El sector agrícola podría ser uno de los "beneficiados", convirtiendo las regiones polares en el nuevo granero. Pero más allá de los eslóganes quedan muchas cuestiones sin resolver: inundaciones, degradación del suelo y cambios imprevisibles.

por Stefano Caprio

Dos tercios del territorio ruso están cubiertos por permafrost, el hielo perenne. Ciudades importantes como Vorkuta, Norilsk y Yakutsk se encuentran en esta zona, alrededor y por encima del círculo polar ártico, junto con miles de kilómetros de vías férreas, entre ellas la línea principal Baikal-Amur, una de las más largas del mundo. Alrededor del 75% del petróleo y el 80% del gas de Rusia se producen aquí, y el país planea aumentar la extracción. Sin embargo, los recursos energéticos no son lo único que atrae la atención. Algunos científicos, funcionarios y parlamentarios depositan sus esperanzas en una agricultura basada en el deshielo del permafrost. De ahí surge el mito de las bananas siberianas, de la posibilidad de cultivar trigo en el Ártico y de que Rusia, pese al riesgo de pérdidas millonarias, haya dejado de lado sus esfuerzos para adaptarse al deshielo.

El permafrost es un suelo que se mantiene permanentemente a 0°C o por debajo de esa temperatura. En 1996, la profundidad media del deshielo del permafrost en Rusia alcanzaba los 45 centímetros, y en 2023 ya había llegado a los 70 cm. Esto significa que están cambiando las características del suelo sobre el que se levantan edificios, carreteras e infraestructuras, lo que ya ha provocado la deformación de entre el 40% y el 80% de los edificios de las ciudades árticas y amenaza miles de kilómetros de oleoductos, como explica en Novaya Gazeta la periodista especializada en medio ambiente Rufina Garipova.

Ya se han producido varios episodios de deshielo con los consiguientes desastres, lo que hace necesario emprender una amplia investigación científica sobre el permafrost y adoptar medidas de adaptación, para lo cual era indispensable contar con una red de monitoreo, porque las características del hielo varían incluso de un edificio a otro. En Rusia se comenzó a debatir por primera vez la creación de una red de este tipo en 2021, con la intención de ponerla en marcha después de 2024. También se propuso una ley para proteger el permafrost, que incentivaría a las empresas gestoras, los propietarios de edificios y carreteras y las industrias a reducir su impacto sobre el suelo congelado para preservarlo. El problema es que el calentamiento global se ve agravado por las fugas que se producen en las redes urbanas de agua y alcantarillado, lo que es fácil de imaginar: el hielo común se derrite al entrar en contacto con el agua y el permafrost sigue un proceso similar.

La destrucción de edificios, carreteras e infraestructuras asentados sobre el permafrost ya se ha evaluado como una fuente potencial de pérdidas, y el Estado reconoce la necesidad de prevenir estos riesgos. Sin embargo, a diferencia de los sectores de la construcción y la minería, donde se requieren nuevas soluciones de diseño, la agricultura suele percibirse como un sector que se beneficia del cambio climático, y que podría aprovechar el aumento de las temperaturas en las regiones del norte.

Cuando comenzó en Rusia el debate sobre el cambio climático, hace 15 o 20 años,  nació la idea de que pronto sería posible cultivar bananas en Siberia. Algunos estudios científicos alimentaron el interés por el tema, así como las especulaciones sobre la posibilidad de que las regiones polares rusas se convirtieran en el granero del país. "El cambio climático podría facilitar la vida de las personas: los inviernos serán menos rigurosos y los suelos, al volverse más aptos para la agricultura, producirán mayores rendimientos. En consecuencia, las regiones de Siberia oriental, el Extremo Oriente, Alaska y el Ártico canadiense podrían convertirse en lugares más atractivos para vivir que el sur, donde predominará el calor y la sequía", escribieron los científicos del Instituto Forestal Sukachov de Krasnoyarsk, de la Academia Rusa de Ciencias, en sus previsiones climáticas para 2080. El hielo perenne está retrocediendo y el clima de las regiones árticas se asemejará al de la región del Volga, auguraron los expertos.

En 2020, científicos canadienses identificaron los posibles beneficios del calentamiento en las altas latitudes y calcularon que la superficie de tierras agrícolas del planeta podría aumentar casi un tercio en los próximos 50 a 100 años, gracias en parte a nuevas tierras prometedoras en el norte de Canadá y Rusia. Rusia se ha convertido así en un "beneficiario del cambio climático", y la idea de desarrollar la agricultura en Siberia y el Extremo Oriente fue retomada en el folleto de 2024 sobre los "Efectos económicos del cambio climático en Rusia", elaborado y publicado por el Centro de Política Climática y Economía de Rusia con el apoyo de la fundación benéfica del multimillonario Andréi Mélnichenko. Sus autores consideran que el PIB de Rusia podría aumentar en más de un billón de rublos (10.000 millones de euros) si la temperatura aumentara un grado; los principales beneficios procederían de la agricultura y la silvicultura, con un total de 567.000 millones de rublos.

Estos y otros ejemplos simplificados de interpretación de la investigación científica conducen a distorsiones en la percepción de la realidad, con una tendencia artificial al optimismo que presenta un panorama idílico, donde Siberia aparece como una "nueva región del Volga", mientras problemas como las inundaciones y la degradación del suelo no se plantean. Mucho depende de cómo se presenta la información: los medios y los reportajes privilegian imágenes vívidas de "bananas en Siberia" y de "Rusia la principal beneficiaria". Estos eslóganes son fáciles de recordar, mientras que los complejos detalles científicos, las advertencias y los cálculos de riesgo a menudo se pasan por alto. Por ejemplo, en febrero de 2026 la revista Argumenty i Fakty publicó un artículo titulado "Cómo se cultivan bananas en Siberia", que en realidad se refería al cultivo de una cantidad limitada de bananos en invernaderos. Poco antes, en 2025, Andréi Platonov, director de la organización sin fines de lucro Subtropics of Russia, había asegurado en el foro "Industria de los Invernaderos en Rusia" que en Siberia comenzaría un experimento para cultivar bananas y limones.

Cuando los rusos leen artículos de este tipo, los detalles pasan inadvertidos e instalan la idea de que el calentamiento global permitirá desarrollar la agricultura en el Ártico. Tal vez no bananas, pero sí trigo. Esta opinión es típica de quienes nunca han visitado las regiones polares ni han observado cómo son la vegetación y los paisajes árticos en un suelo congelado. La idea de que las zonas climáticas existentes simplemente se desplazarán hacia el norte presupone un calentamiento uniforme del planeta y consecuencias estables. En realidad, el aumento de la temperatura es desigual —el Ártico se está calentando cuatro veces más rápido que los trópicos— y sus consecuencias son imprevisibles, como señala el investigador británico especializado en cambio climático Ben Shread-Hewitt, por lo que cualquier nuevo clima en Siberia será intrínsecamente inestable.

La temperatura no es el único obstáculo para el desarrollo agrícola en Siberia. El aumento de la temperatura media anual no es suficiente para que Siberia se convierta en el centro agrícola de Rusia, explicó Igor Vakhrushev, doctor en investigación de la Facultad de Geografía, Geoecología y Turismo de la Universidad Vernadski de Crimea. Según el científico, las tierras liberadas del permafrost serán difíciles de explotar, porque están comenzando a saturarse de agua. Además, el suelo siberiano es mucho más pobre que las "tierras negras" del sur: carece de una capa fértil y de humus. "El desarrollo agrícola de las regiones polares requerirá crear nuevas infraestructuras y redes de carreteras, llevar a cabo campañas de sensibilización y otras medidas, con costos aún mayores que los necesarios para superar los problemas agrícolas del sur de Rusia derivados, por ejemplo, del calentamiento global", concluye Vakhrushev. Esta conclusión coincide con la de Mijaíl Yulkin, uno de los más reconocidos expertos rusos en política climática y regulación del carbono y director de CarbonLab, según el cual Rusia debe modernizar su sistema económico para poder beneficiarse del calentamiento global.

En 2024 se publicó la monografía "Monitoreo del permafrost", que completó la fase preparatoria para comenzar la instalación física de nuevos puntos de observación del "hielo eterno". El siguiente paso es crear mapas detallados del permafrost que proporcionen información útil para el diseño de infraestructuras e instalaciones mineras, pero los datos disponibles todavía son insuficientes para evaluar la capacidad de carga local de los suelos. La situación del permafrost, al igual que otros problemas relacionados con el cambio climático, pone de manifiesto la ineficacia del sistema de administración pública ruso: cada primer ministro, ministerio competente y organismo científico es responsable de áreas de trabajo específicas, mientras que la transformación del sistema natural requiere una cooperación interdisciplinaria e interministerial. Y si en Rusia se creara un grupo de trabajo interministerial para abordar una cuestión determinada, su única función sería, probablemente, obstaculizar la toma de decisiones con disputas burocráticas.

Desde los tiempos de Stalin, Rusia sueña con un "imperio bananero" en Siberia, como imagen del mundo entero dominado desde lo alto de los hielos que se están derritiendo, no para regar los jardines encantados del paraíso ruso, sino para disolver el futuro del país más grande del mundo, que desde siempre solo ha perseguido sus propias ilusiones.

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