No tiene sentido discutir seriamente sobre las “elecciones” que se están celebrando en Rusia. Todos saben cómo van a terminar. Los que están a favor y los que están en contra de participar en las “elecciones a la Duma Estatal” ya han expuesto todos sus argumentos, y el debate gira fundamentalmente en torno a quién obtendrá el mayor rédito propagandístico de los resultados electorales: la oposición, que ha intentado utilizar la plataforma preelectoral para hacer una campaña legal, o el gobierno, que ha demostrado ante el mundo entero “la unidad del pueblo ruso”.
La oposición, de todos modos, se ha fragmentado en diversas posiciones. El líder del partido liberal pacifista Yabloko, Nikolaj Rybakov, criticó la estrategia de voto para las elecciones a la Duma Estatal que propusieron Yulia Navalnaya y Maksim Katz. La estrategia de la oposición en el exilio consistía en votar por cualquier partido excepto Rusia Unida en las listas de partidos, y por los principales adversarios del partido de gobierno en las circunscripciones uninominales, siguiendo el principio del “voto inteligente” que proponía Alexéi Navalny, quien ya años atrás se había distanciado de Yabloko y sugería a los rusos participar en las elecciones únicamente como forma de protesta. También crearon un sitio web con información sobre todos los candidatos a la Duma Estatal.
Pero Yabloko, el único partido de Rusia que defiende la paz, no aceptó el llamamiento procedente del exterior. Rybakov considera que la táctica de Katz y Navalnaya implica, de todos modos, apoyar a diversos políticos implicados en la represión y la guerra. En el verano, después de que Yabloko fuera incluido en la lista federal, había quedado claro que en Rusia existían muchas voces contrarias a la guerra, pero el 10 de agosto la Corte Suprema rusa excluyó la lista federal de Yabloko de las elecciones, y los tribunales de varias regiones dejaron fuera a la mayoría de sus candidatos a las circunscripciones uninominales.
Según el periodista Aleksandr Podrabinek, las elecciones representan, de todos modos, una buena oportunidad para debatir sobre los comicios en general, las deficiencias del sistema electoral y las reformas deseables para esta institución democrática. Los expertos electorales identifican, sin duda, numerosas lagunas que es necesario abordar, mientras que Podrabinek prefiere concentrarse en un solo factor, “el más importante en el fracaso del sistema electoral en su forma actual: el secreto del voto”. El secreto del voto es un dogma intocable para todas las democracias modernas, así como para los déspotas que se autodefinen como tales. La lógica es sencilla: el secreto protege a los votantes de posibles presiones antes de las elecciones y de eventuales represalias posteriores, pero al mismo tiempo permite que autoridades sin escrúpulos manipulen los votos emitidos, distorsionando la voluntad popular. Un voto emitido se vuelve anónimo, imposible de rastrear y puede ser asignado a cualquier partido en cualquier momento del escrutinio, y eso es exactamente lo que ocurre en Rusia y en muchos otros países.
Por lo tanto, el secreto del voto garantizado al elector se convierte en un secreto para el propio elector: no puede verificar nada y se ve obligado a confiar en la integridad de la burocracia que supervisa las elecciones. Todo está bien si esa burocracia es honesta, como en las democracias respetables, pero ¿qué ocurre si no lo es? Parece haber una sola solución: el voto de cada elector debería estar estrechamente vinculado al resultado electoral, de modo que todos puedan ver su propio voto en el recuento general y comprobar que no se ha cometido ningún fraude. Con las tecnologías informáticas actuales, crear una base de datos pública de este tipo sería una operación sencilla. El secreto del voto dejaría de estar bajo el control del aparato estatal, lo que garantizaría considerablemente la equidad y transparencia de las elecciones. Para los votantes, el secreto del voto es más una cuestión de tradición que una necesidad imperiosa; la mayoría de las personas no oculta sus opiniones políticas y está dispuesta a manifestarlas en la calle o en los centros de votación.
La única manera de garantizar esta transparencia absoluta sería votar exclusivamente por vía electrónica: el elector accedería al sistema utilizando los datos de su pasaporte, que generarían un código único de un solo uso que le permitiría votar y visualizar de inmediato su código personal y el resultado de su voto en la base de datos general. Para evitar futuras controversias, el sistema permitiría al elector imprimir un “recibo de votación” con su código único y el voto emitido. Según el periodista y activista de derechos humanos, “obviamente, este es un concepto general, pero la idea central es la conexión entre un código único y el voto emitido, que nunca deberían separarse”. Todos deberían tener la posibilidad de encontrar su voto y comprobar la exactitud del escrutinio. Quienes no teman ocultar sus opiniones políticas podrían incluso añadir su nombre junto al código único.
En un país como Rusia, donde no es posible expresar públicamente de ninguna manera el desacuerdo, el voto puede ser una de las pocas herramientas para oponerse al poder. Incluso en Corea del Norte se siguen celebrando elecciones, ya que mantener el poder sin elecciones hoy se considera indecente. Por lo tanto, lo más importante no es el resultado, sino la transparencia de las elecciones y la posibilidad de verificar los resultados, de modo que los votantes tengan realmente la oportunidad de comprender su responsabilidad cívica y de comprobar el valor de su voto. También habría beneficios económicos directos: las elecciones ya no requerirían enormes gastos, y las numerosas comisiones electorales y el complicado sistema de centros de votación territoriales, con su correspondiente personal de apoyo, se volverían superfluos. Entre otras cosas, sería además un paso hacia la democracia directa: el recorrido entre la emisión del voto y el resultado político se acortaría considerablemente. A largo plazo, esto permitiría incluso aprobar leyes por ese mismo medio.
Los tiempos están cambiando y las elecciones en papel, los centros de votación y las urnas se están convirtiendo inevitablemente en un recuerdo del pasado. Romper con los estereotipos no es fácil, porque el secreto del voto se ha arraigado en la sociedad como una necesidad imprescindible del sistema electoral. Sin embargo, su historia no es particularmente larga: se remonta a tan solo 170 años, cuando el voto secreto apareció por primera vez en Australia en las elecciones de 1856 y se difundió rápidamente por todo el mundo. El principio del “secreto” resultaba atractivo para los votantes y muy conveniente para las autoridades y el aparato estatal. En realidad, el secreto del voto en su forma actual solo es una reliquia a la que políticos sin escrúpulos y usurpadores del poder se aferrarán hasta el final, y esta arma podría serles arrebatada mediante una simple solución técnica.
La propuesta de Podrabinek se corresponde con la irrefrenable expansión de tecnologías invasivas, que hacen casi imposible proteger la privacidad y afirmar una identidad propia si no se adoptan los parámetros impuestos por las plataformas artificiales. La “transparencia existencial”, por otra parte, puede convertirse en una nueva dimensión de la vida social, y no es casualidad que en los últimos dos años el régimen de Putin haya intentado por todos los medios reducir, controlar e impedir la comunicación digital: por mucho que se intente dominar también el espacio virtual, este se expande y transforma continuamente, lo que hace prácticamente imposible confinarlo dentro de las barreras tradicionales.
Putin representa cada vez más al hombre de un pasado oscuro, encerrado en su búnker y sin contacto directo con la realidad, como Hitler y Stalin en el siglo pasado. Tras 27 años en el poder, desde que Yeltsin lo nombró jefe de gobierno, y tras una sucesión cada vez más grotesca de elecciones, intercambios de cargos y modificaciones constitucionales, su ideología del “mundo ruso” en guerra con el resto del mundo ha demostrado su completa falta de contenido. No existe una Rusia capaz de difundir “valores tradicionales”, inspirada en una religión ortodoxa cuyas sagradas imágenes se descascaran, como la Trinidad de Rublev, exhibida para glorificar la unión rusa de los pueblos y hoy irremediablemente recluida en un laboratorio, como era fácil prever. Hay rusos que van a votar sabiendo que no tienen ninguna esperanza de influir en la composición del Parlamento, pero que a pesar de todo afirman ser ciudadanos de un mundo todavía por descubrir y por hacer cada vez más transparente.
“MUNDO RUSO” ES EL BOLETÍN DE ASIANEWS DEDICADO A RUSIA. ¿QUIERES RECIBIRLO TODOS LOS SÁBADOS EN TU CORREO ELECTRÓNICO? SUSCRÍBETE AL BOLETÍN EN ESTE ENLACE


















