Moscú (AsiaNews) - El 15 de agosto de 2021, los talibanes asumieron el control total de Afganistán. Tras la retirada de las tropas estadounidenses, los militantes del grupo entraron en Kabul sin encontrar una resistencia significativa, el presidente Ashraf Ghani huyó del país y la República Islámica, que contaba con veinte años de historia, dejó de existir de hecho. Cinco años después, los talibanes siguen en el poder y están reconstruyendo el Estado según su interpretación de la ley islámica, la sharia.
Durante este periodo, las relaciones entre los países de Asia Central y Rusia con el nuevo Gobierno de Kabul han evolucionado, pasando de la hostilidad política y de graves preocupaciones en materia de seguridad a una cooperación económica concreta. Al mismo tiempo, también ha cambiado el enfoque de los talibanes hacia los países vecinos de Asia Central. En 2024, Kazajistán retiró a los talibanes de su lista de organizaciones ilegales, y Kirguistán también dio un paso similar. En abril de 2025, el Tribunal Supremo ruso suspendió la prohibición de larga data sobre el «movimiento terrorista», y en julio de ese mismo año Moscú recibió al embajador del nuevo Gobierno afgano.
Sin embargo, el escaño de Afganistán en la ONU aún no se ha concedido a ningún representante talibán y, salvo Rusia, ningún país del mundo reconoce oficialmente a su Gobierno. Para Rustam Azizi, experto en la lucha contra el extremismo, todos estos cambios vienen dictados por la aceptación de la realidad política, más que por la confianza en los talibanes: «Este grupo —afirma— lleva ya cinco años consolidando su poder y su control en Afganistán, y a corto plazo no se vislumbra una alternativa real y sólida a su autoridad y a su gobierno».
Las amenazas que plantean el ISIS-Khorasan y otros grupos terroristas, el tráfico de drogas, la migración, los intereses comerciales y de tránsito, y el declive de la presencia occidental han obligado a los países de la región y a Rusia a optar por una cooperación pragmática. No obstante, el reconocimiento y la cooperación no significan la desaparición de la desconfianza y las amenazas.
Rakhmatullo Abdulloev, experto tayiko en Afganistán, considera que el acercamiento de los últimos años es principalmente de carácter económico y no va más allá de este ámbito: «Es cierto que en los últimos dos años hemos asistido a una mejora de las relaciones entre el Gobierno talibán y países como Rusia, Uzbekistán, Kazajistán y otros, basada en intereses económicos y comerciales, pero estas acciones, independientemente de su alcance e intensidad, siguen llevándose a cabo con gran atención y cautela». En sus relaciones con Kabul, los países de la región han adoptado dos enfoques: el pragmatismo comercial activo de Uzbekistán, Turkmenistán y Kazajistán, y el mucho más cauteloso de Tayikistán, el país más vinculado a los afganos desde el punto de vista étnico.
Taskent ha mantenido desde el principio la ruta Termez-Mazar-i-Sharif como puerta de acceso comercial al sur de Asia; Ashgabat ha reanudado las obras en el tramo afgano del gasoducto TAPI (Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India); Astana se ha convertido en uno de los principales proveedores de cereales de Kabul. Los países de la región consideran a Afganistán principalmente como un mercado para sus propios productos. Según Azizi, «estas diferencias, en cierta medida, dificultan la formación de una posición regional unitaria, pero la cautela de Dusambé no debería verse como un obstáculo para la cooperación».
La postura de Tayikistán no se ha mantenido igual en los últimos cinco años, pero su enfoque general —la cautela— se ha mantenido inalterado. «Tayikistán ha pasado de la crítica abierta y del énfasis en la necesidad de crear un gobierno inclusivo a una política de contactos cautelosos y cooperación práctica. Las relaciones diplomáticas, las cuestiones fronterizas, el comercio y los corredores de tránsito se han intensificado gradualmente, pero eso no significa confianza plena ni que se hayan abandonado las líneas rojas», afirma Azizi. Según él, los recientes enfrentamientos en Badakhshán, en Afganistán, y en otras zonas entre los talibanes y las fuerzas de resistencia, así como los disturbios localizados, demuestran que el norte de Afganistán no puede considerarse completamente tranquilo y controlable.
Según Abdulloev, la construcción del canal de Koštepa (en la foto) podría convertirse en el principal problema en las relaciones de Afganistán con los países de Asia Central en el futuro: una vez que este proyecto esté plenamente operativo, se planteará el problema de la distribución del agua del río Amu Darya, y sus implicaciones políticas, sociales y de seguridad podrían tener un grave impacto en la región. El posible reconocimiento, incluso por parte de los Estados de Asia Central, no significaría necesariamente la adquisición de legitimidad internacional, y Azizi señala que «preservar las costumbres, los hábitos y las tradiciones medievales impedirá a los talibanes obtener la aprobación internacional; el atraso de sus ideas y sus métodos de gobierno no se ajusta a los estándares del mundo moderno».

















